Purificación García, diseñadora: «Soy muy libre, podría seguir siendo hippy»

«Las mujeres que hemos hecho cosas y hemos dicho cosas estamos casi todas solas», afirma la modista gallega

ARANTZA FURUNDARENA
Desenfadada. «No estoy hecha para joyas, pieles ni bolsos demasiado puestos», asegura. ::                             J. HERRANZ/
Desenfadada. «No estoy hecha para joyas, pieles ni bolsos demasiado puestos», asegura. :: J. HERRANZ

Tiene tiendas en España, México, Portugal... Pocas diseñadoras han logrado su expansión. Purificación García (Orense, 1952), 'Puchi' para los amigos, es en realidad muy tímida. «Me gusta que me conozca la gente que yo quiero. Y la que no, que me mire como marca», reconoce.

-Su nombre me sabe... a tienda.

-Y eso que ha costado. Empecé a exportar en el 75, y los americanos me decían 'purifiqueishion'. Pero hace doce años tuve este empuje industrial, gracias al grupo gallego STL, y me siento privilegiada. Yo pongo el nombre y toda una filosofía de colección y ellos ponen la producción y las tiendas.

-Es gallega y ha posado en una escalera. ¿Sube o baja?

-No soy nada ambigua. Tengo las ideas muy claras y soy muy consecuente con mi trabajo y con mi filosofía de vida.

«Demasiado sincera»

-¿En qué consiste esa filosofía?

-En ser limpia en mis decisiones, muy honesta. A menudo, hasta demasiado sincera. Tengo esos prontos en los que digo verdades que a veces molestan y duelen. Pero nunca me he arrepentido. La gente que me conoce ya sabe por dónde voy.

-Nunca ha ocultado sus orígenes humildes.

-Nací en Castrelo do Valle, un pueblecito de Orense. Mi padre era leñador, y yo me crié a la orilla de un río, en una casa modesta de piedra. Vivíamos cerca del mar y, aunque siendo muy niña emigramos a Uruguay, me acuerdo del olor de la tierra mojada y del ruido del río. Me dormía con ese ruido.

-¿Eran muchos hermanos?

-Hubo una hermana mayor, pero murió de pulmonía antes de nacer yo.

-¿Cuándo emigraron?

-Yo tendría tres o cuatro años. Mis padres entraron a trabajar en la estancia de un terrateniente en Uruguay. Más tarde, pasaron a la ciudad y llevaron todo un edificio, como porteros. Ellos querían que fuera abogada, médico... La moda estaba muy mal vista entonces. Me matriculé en Medicina. Pero ya en el primer trimestre vi que no era lo mío. Desde niña me volcaba en vestir a mis muñecas. Soy autodidacta por completo, aunque más tarde estudié Ingeniería Textil.

El lujo

-¿Viven sus padres?

-No. Pero hasta el final siguieron siendo muy ellos. Mi padre iba con la boina, hacía sus chorizos... Mi madre cultivaba el huerto en Galicia. Porque, claro, con la morriña, volvieron. Yo había hecho ya tres colecciones aquí y me los traje.

-¿Cómo ve desde esa perspectiva el mundo del lujo?

-No vivo instalada en ese lujo que ahora tanto se lleva. Mi lujo es tener una máquina de correr en la terraza o comprar flores cada semana. Soy muy aventurera, muy libre. Podría seguir siendo hippy, como cuando vivía en Mallorca y cada mañana vendía en la playa los sombreros y pareos que había pintado y teñido por la noche. Todavía hoy, cuando viajo, voy de mochila y alpargatas.

-Pero tiene una casa en Bali.

-Apenas la disfruto. El que va mucho es mi hijo pequeño, Marc, de 19 años, con sus amigos surfistas. Mi hija mayor, María Ximena, de 29, vive en Londres y trabaja en la banca. Y Soledad, de 27, que hasta hace poco trabajaba con Josep Carreras, acaba de montar las tiendas Sayán en Barcelona.

-¿Es su sucesora?

-A las hijas, cuando las madres triunfan les cuesta... Yo no puedo trabajar con ella. No quiere influencias, y es normal.

-¿Viste como diseña?

-Soy una persona 'décontractée' y visto desenfadada. No estoy hecha para joyas, pieles ni bolsos demasiado puestos.

-Carmen Chacón dio la campanada con un esmoquin de su firma en la Pascua Militar.

-Yo no sabía nada. Se organizó ella misma. Pero a mi juicio acertó. Esa prenda transmite una fuerza y un respeto que no transmite un vestidito, y ella es la ministra de Defensa.

-Vivió en Canadá con su primera pareja. En Barcelona, con la segunda... Y ahora, ¿está sola?

-Sí. La convivencia es tan difícil... Al hombre no le gusta estar en segundo plano. Les cuesta entender el triunfo femenino y vivir con él. Las mujeres que hemos hecho cosas y hemos dicho cosas estamos casi todas solas.

-Eso no les suele pasar a los hombres.

-Quizá porque ellos tienen una esposa que está en casa y dice a todo 'Sí, buana'. Pero la mujer tiene una fuerza y un empuje que ya no hay quien lo pare. Yo estoy encantada. Muchas veces se acaba sola por elección propia.

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