¿Cuándo finalizó la sórdida forma de enterrar a los protestantes en Málaga de noche, en posición vertical y con la cabeza al descubierto en la orilla de la playa?

Interior del Cementerio Inglés. /
Interior del Cementerio Inglés.

Esta situación terminó cuando el cónsul británico en Málaga consiguió terrenos y financiación para construir el Cementerio Inglés en 1830

Pilar R. Quirós
PILAR R. QUIRÓSMálaga

«A más de un lord inglés se le atragantaría el té con pastas junto al fuego de la chimenea al oír la noticia de que Mr. Hole, el mismísimo secretario del embajador de Gran Bretaña había fallecido y que su cuerpo había sido arrojado al mar en un ataud». Así empiezan este terrible historia, real como la vida misma, que cuentan los miembros del instituto Vicente Espinel, Enrique Girón y Andrés Arenas, para explicar el triste final de los protestantes de todos los colores, herejes para los malagueños, herejes en la España de 1622. La paradoja, perdónennos los británicos, es que el mr Hole, o señor Agujero en su traducción más aséptica no pudiera ser enterrado en un agujero cavado en la tierra como todo hijo de vecino en esa Málaga en la que el Renacimiento, corriente excelsa unida al humanismo, es obvio que aún no habría llegado en aquella época.

Lo más grave es que, como bien explica la hispanista Marjorice Grice-Hutchison en un delicioso librito editado por la Fundación Cementerio Inglés de Málaga, es que los pescadores, temiendo que sus capturas aminorasen mientras el féretro del hereje yaciese en las aguas del Alborán, lo arrojaron de nuevo a tierra tan pronto como el embajador terminó el funeral marino y se marchó. Piensen en la grotesca escena. Lo cierto es que estas situaciones no sólo ocurrían en Málaga, sino en el resto del país, con otras peculiaridades a la hora de que los finados iniciaran el viaje al más allá, pero con un común denominador: nadie sabía qué hacer con los cuerpos de los no católicos que, obviamente, para la España de la época, no podían reposar junto a los de los apostólicos y romanos en el mismo camposanto.

El enterramiento del secretario del embajador, ataúd mediante, era todo un dispendio para como de verdad sepultaban a los ingleses y hijos de otras religiones en la muy hospitalaria Málaga (como reza en el escudo de la ciudad). Como cuenta Grice-Hutchinson, el enterramiento era horrendo: al no permitirse el funeral a la luz del día -válgame Dios- habían de llevar los cadáveres de noche a la orilla de la playa, donde los depositaban en posición vertical, y con la cabeza al descubierto. Allí quedaban los cuerpos, a libre albedrío de las olas, que podían llevarlo mar adentro, en el mejor de los casos, y ser devorados por los perros, en el peor. Es más que obvio que las playas como recreo es un concepto moderno, y que antaño más bien servían como lugar donde se depositaban basuras y se abandonaban enseres. El panorama era desolador.

Como hubo varios ilustres a lo largo del país afectados por su no adscripción a la fe católica cuando se iban al otro mundo, Oliver Cromwell, que como recordarán era un importante político a las órdenes de Carlos I de Inglaterra, exigió que se firmase un tratado con España para terminar con esta lamentable tesitura. El llamado Tratado de Amistad y Comercio entre España y Inglaterra, en su artículo 35 establecía que «debe designarse un lugar decente y apropiado para enterrar a los súbditos del Rey de Gran Bretaña que muriesen en los dominios del Rey de España». Más claro, agua. Era España la que debía ceder espacio para estos camposantos en las ciudades donde tenía colonias inglesas, por tanto una obligación. Por aquel entonces, los ingleses se prodigaban por Sevilla, San Lúcar, Cádiz y Málaga. Pero centrémonos sobre qué pasó en la que entonces no era la capital de la Costa del Sol porque tal cosa ni existía. Tuvo que llegar a Málaga un nuevo cónsul inglés William Mark en 1816, fíjense casi dos siglos después del enterramiento del secretario del embajador británico para que empezase a ponerse remedio a estas escenas sórdidas de los súbditos británicos antes de marchar al más allá. Desde el principio, a Mark, le horrorizaba esta cuestión, que veía con sus propios ojos cuando paseaba con su familia habitualmente por la orilla de la playa y observaba cómo se daba sepultura «a los cuerpos, con los pies primeros, de modo que estuviesen derechos con la cara hacia el mar y siempre a la mortecina hora de la medianoche», explica Grice-Hutchinson.

Mark decidió poner fin a este temible Halloween en pequeña escala y con difuntos de verdad e inició múltiples contactos oficiales para obtener un terreno dónde realizar un cementerio inglés en Málaga. Primero, consiguió enterrar a la luz del día a uno de los integrantes del Consulado, todo un récord para la época, y después involucró a las autoridades locales en una Junta de Sanidad, donde realizó un brillante discurso a favor de sus compatriotas y de su hora del deceso. Cuenta, de forma desternillante Grice-Hutchinson, con ese toque británico irónico al estilo de Gerald Brenan, que cuando Mark terminó su parlamento, y debido a su grandilocuencia «los irreventes malagueños ya hacía tiempo que le habían apodado El Pomposo», el gobernador dispuso un espacio en la carretera de Vélez para construir el ansiado camposanto. Es el lugar que hoy conocemos, el Cementerio Inglés de Málaga, el más antiguo de todo el país, que fue una realidad en 1830. El primer enterramiento fue el de George Stephens, que se ahogó en la bahía. Pero, no habría de ser el primer sepelio en el cementerio amurrallado, ya que más tarde quedaría fuera cuando levantaron el perímetro y el cónsul se desvió del trazado original. Así pues el primer finado intramuros fue el malogrado Robert Boyd, inglés que acompañaba al libertador José María Torrijos, que venía a Málaga a librar al país del absolutista Fernando VII, el príncipe deseado y el rey odiado. Boyd murió fusilado por las tropas afines al rey en las playas de Huelin así como el resto de la expedición, a la cabeza el propio Torrijos. Nadie mejor que Gisbert lo recrea en una inmensa pintura mural, que se puede observar en el Museo del Prado, y de la que reside hoy una copia en Antealcaldía del Ayuntamiento de Málaga.

El cónsul se llevó el cuerpo de Boyd a su casa y al día siguiente lo trasladó hasta el Cementerio Inglés, donde el sepelio se celebró a las diez de la mañana. Al funeral no se le permitió asistir nada más que a un reducido grupo: las autoridades no querían que hubiese muestras de adhesión habida cuenta del mosqueo generalizado de la población por la carnicería del día anterior. Hoy no se sabe exactamente dónde quedó enterrado el valiente inglés, pero se presume que su tumba sea la última a mano derecha en la fila del fondo, justo de la zona superior del cementerio, en los enterramientos más antiguos. La historia inglesa y la española unidas en un nefasto acontecimiento. Lo único positivo del mal trance fue que Boyd, por fin, descansó con dignidad, en un camposanto y bajo tierra.

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