Tribuna de la Historia

Aquel hallazgo histórico en calle Gaona: el barco que nunca navegó

Aquel hallazgo histórico en calle Gaona: el barco que nunca navegó

El 20 de diciembre de 1981 en la portada del Diario Sur se anunciaba «un importante hallazgo histórico en calle Gaona». Un grupo de alumnas del Instituto de Bachillerato «Vicente Espinel» descubrió una corbeta que había pertenecido al Colegio Naval de San Telmo

VÍCTOR HEREDIA

El 20 de diciembre de 1981 en la portada del Diario Sur se anunciaba «un importante hallazgo histórico en calle Gaona». En páginas interiores se explicaba que un grupo de alumnas del Instituto de Bachillerato «Vicente Espinel» (por entonces exclusivamente femenino) había encontrado una corbeta que había pertenecido al Colegio Naval de San Telmo. De esta manera volvía a las páginas de los periódicos un modelo de barco muy especial que ya había aparecido fotografiado, en un estado mucho más lucido, en el semanario «La Unión Ilustrada» setenta años antes con motivo de una de las reorganizaciones de la enseñanza náutica en nuestra ciudad.

Gracias a la travesura de unas adolescentes, Mª. Carmen y Lourdes, y al trabajo que un grupo de compañeras -Olga, Maribel, Concha, Mónica, Inmaculada y Luisa- estaba realizando con el profesor Martín Merino, el viejo navío volvió a flote en uno de los sótanos del edificio del veterano Instituto malagueño. Inmediatamente el hallazgo se puso en conocimiento de Manuel Campos, delegado provincial de la Liga Naval Española, y el descubrimiento se hizo público a través de los medios de comunicación.

A partir de entonces el modelo, identificado como una corbeta de pozo de 28 cañones, con una eslora de 3,35 metros (si incluimos el bauprés) y una manga de 1,25, fue noticia en varias ocasiones, a veces con implicaciones sorprendentes, como cuando la Cofradía de la Pollinica reclamó, sin ningún efecto, la propiedad del barco puesto que durante muchos años había usado ese espacio como almacén de sus enseres procesionales. La Liga Naval asumió las labores de recuperación y se recabaron fondos mediante la suscripción de una tripulación honorífica de la «San Telmo» a través de aportaciones de 5.000 pesetas. Así se inició la restauración, que no pudo ser completada, hasta que, gracias a un acuerdo suscrito en 1998 entre el Ayuntamiento y el centro educativo, se efectuó una intervención a cargo del equipo de Quibla Restaura, dirigido por Joaquín Gallego y asesorado por Ángel Cilveti. El objetivo era que el barco fuera expuesto por un periodo determinado en el centro de interpretación del Castillo de Gibralfaro.

¿Cómo había llegado este modelo naval, vieja gloria de la enseñanza marítima española, hasta el sótano de un instituto público?

Para buscar una explicación tenemos que irnos doscientos años atrás, a finales del siglo XVIII, cuando el puerto malagueño se había abierto al comercio con las colonias americanas y la presencia de un malagueño, el macharatungo José de Gálvez, en la corte de Carlos III como ministro de Indias, habían propiciado un fuerte desarrollo del comercio y la creación de instituciones como el Consulado y el Montepío de Cosecheros. El espíritu ilustrado y la aspiración de renovar el poderío naval español estaban fomentando igualmente la formación de personal especializado destinado tanto a la Armada como a la Marina mercante. Y en ese empeño destacó la creación del Colegio de San Telmo en 1787, establecido en Málaga a imitación del centro del mismo nombre que existía en Sevilla desde el siglo anterior.

La principal misión del nuevo Colegio era la de formar pilotos para los buques que ya navegaban bajo la enseña roja y gualda, que había sido aprobada por el monarca para distinguir los navíos de la flota real apenas dos años antes, en 1785. Los pilotos se encargaban de dirigir la navegación y necesitaban de una formación muy compleja, en un momento en el que se habían incorporado numerosos avances científicos y tecnológicos al arte de navegar y en el que se había resuelto el problema del cálculo de la longitud en el mar.

Las ordenanzas del colegio malagueño establecían un programa de estudios que contemplaban diversas materias teóricas y prácticas y el uso de materiales didácticos adaptados a los tiempos. Además de lectura, escritura, doctrina cristiana, compendio de la Historia de España y francés, los colegiales cursaban asignaturas relacionadas con la ciencia náutica: dibujo, matemáticas, navegación, artillería y maniobra. Se establecieron inicialmente cien plazas para alumnos varones que debían ser de familias pobres pero que acreditaran limpieza de sangre y que sus ascendientes no habían ejercido oficios viles.

Tenían preferencia los procedentes de los obispados de Málaga, Almería, Cartagena y arzobispado de Granada y los que fueran huérfanos de gente de mar. Durante varios años también se admitieron los llamados porcionistas, alumnos de pago que pertenecían a familias adineradas y aristocráticas y que contaban con asignaturas y profesores propios. Los colegiales podían permanecer en el centro hasta nueve años y sus estudios finalizaban con uno o dos viajes a las Indias, requisito imprescindible para obtener los títulos de pilotos y pilotines.

Para las clases de la asignatura de Maniobra tenía que existir un modelo de navío con todo su velamen, aparejo y enseres, con las dimensiones suficientes para que los inexpertos aspirantes a marinos pudieran manipularlo y practicar en él las maniobras que después realizarían en los buques reales. Y en uno de los libros de contabilidad del Colegio encontramos la primera referencia al modelo, cuando constan varios pagos hechos al profesor Antonio Ocaña en 1792 por el «mandado del navío». El modelo fue construido entonces por este docente, o bien bajo su dirección.

En las siguientes décadas el navío sirvió a su función en el antiguo edificio de la Compañía de Jesús de la Plaza Mayor, que era el que se había destinado a sede del Colegio Naval después de la expulsión de los jesuitas. En aquella época el santo dominico Pedro González Telmo, San Telmo, era reconocido generalmente como patrono y protector de marinos y pescadores. Por las aulas del centro pasaron cerca de 600 alumnos, y muchos de ellos se dedicaron al mar o terminaron sus días en lejanas tierras. Hubo quien incluso participó en la batalla de Trafalgar, como José Ureta. Tenemos los nombres de José Martín Espinosa, quien sirvió largos años en la carrera de Indias y acabó como matemático en Yucatán, o el de Pedro Blanco, el mayor traficante español de esclavos del siglo XIX, cuya truculenta biografía ha inspirado varias novelas.

Los proyectos de reorganización de la enseñanza náutica militar de mediados del siglo XIX coincidieron con la supresión del Cuerpo de Pilotos en 1846. Los Colegios de Sevilla y Málaga no tenían ya sentido para la Armada, que dispuso su extinción en 1847, entendiendo que ya existían escuelas civiles de náutica en varios puertos del país. En el caso de Málaga las enseñanzas y los bienes del Colegio –que incluían la propiedad y administración del Acueducto de San Telmo- se integraron en el recién creado Instituto Provincial de Segunda Enseñanza. La decisión generó una amplia polémica, ya que los comerciantes aspiraban a la continuidad del Colegio con el fin de garantizarse la formación de marinos para sus barcos mercantes.

La enseñanza de náutica se mantuvo integrada en los estudios profesionales anexos al Instituto, salvo dos etapas en las que funcionó como Escuela Profesional de Náutica: una primera entre 1858 y 1869 y la última, ya entre 1914 y 1924, cuando los estudios oficiales de esta materia fueron suprimidos definitivamente en Málaga. Durante todo ese tiempo la vieja corbeta continuó siendo utilizada como instrumento didáctico principal, siendo sometida a varias reformas para adaptarla a los progresos del arte de navegar. Aunque los barcos de vapor iban sustituyendo progresivamente a los de vela, la formación en este tipo de navegación se seguía considerando fundamental para cualquier marino. El modelo contaba con multitud de detalles operativos y su aspecto apenas cuidaba la estética, ya que se trataba de que fuera funcional y resistente para ser manejado por manos inexpertas. Las fuentes documentales aportan ciertas informaciones sobre las transformaciones que se aplicaron a la corbeta, como las realizadas en 1876 –cuando se modificó la arboladura- y en 1911, año en el que se le realizó una completa puesta a punto.

La supresión de la Escuela de Náutica condenó al ostracismo al viejo navío didáctico, último ejemplar de su especie, ya que el que poseía el Colegio de San Telmo de Sevilla, más antiguo, desapareció sin dejar rastro. Una vez perdida su utilidad al no tener alumnos que lo manejaran, el modelo quedó abandonado en un apartado almacén junto a otros muchos objetos de estudios ya desaparecidos, como la maquinaria agrícola que se había empleado en la asignatura de agricultura. Allí lo encontraron décadas después las alumnas del Instituto Femenino.

Pero retomemos la historia reciente de nuestro barco. Después de la caducidad del acuerdo entre el Ayuntamiento y el Instituto, en el año 2015 éste recuperó la maqueta y asumió una nueva intervención que permitió recuperar la imagen original del navío con su arboladura montada. Fue la pieza principal de la exposición «Gaona y el mar. El Real Colegio de San Telmo y las enseñanzas de Náutica en el Instituto de Málaga». Desde entonces permanece en un espacio propio y puede ser visitada bajo demanda.

Una leyenda urbana afirma que el modelo fue llevado varias veces al puerto y echado al agua por parte de atrevidos estudiantes. No parece creíble, pero lo que sin duda es cierto es que ayudó a que muchos jóvenes aprendieran a navegar y aplicaran en sus carreras profesionales los conocimientos adquiridos sobre la veterana maqueta. Y es que, como dice el profesor Rafael Maldonado, «nos encontramos ante uno de los objetos más valiosos que Málaga posee en su relación con el mar».

Para saber más

Enlace al número de Cuadernos del Rebalaje titulado «Gaona y el mar»

Artículo de Rafael Maldonado sobre el navío didáctico de San Telmo