Moribundas del asbesto

Vista general de la mina a cielo abierto en la región rusa de los Urales. /RC
Vista general de la mina a cielo abierto en la región rusa de los Urales. / RC

El rechazo del amianto deja al borde de la desaparición a las ciudades que nacieron para explotar el mineral a cielo abierto. Dos de ellas, en Rusia y Canadá, llevan su nombre y están igualmente marcadas

ANTONIO CORBILLÓN

Asbesto es sinóni-mo de cáncer de pulmón. De asesino en serie. La Organización Mundial de la Salud (OMS) atribuye a este mineral de silicato, del que se extrae el amianto y que hace cien años se consideraba casi mágico, la muerte de 107.000 personas al año. Sus propiedades ignífugas llenaron edificios de todo el mundo, sobre todo paredes y techumbres, de esta especie de malla filamentosa que en sus lugares de producción bautizan como 'lino de la montaña'. Tan importante fue que permitió fundar dos ciudades, una en Rusia y otra en Canadá, que se llaman simplemente como el mineral que les dio vida.

Hoy son dos agujeros negros sobre la faz de la Tierra, dos minas a cielo abierto de tamaño descomunal. La canadiense, con seis kilómetros cuadrados, fue la más grande del planeta hasta 2012. Su clausura, después de que el país se sumara a la prohibición global el pasado mes de octubre, ha convertido la pequeña Asbest en un lugar de peregrinación del turismo de decadencia. Se publicita como 'la ciudad más peligrosa de Canadá'. En realidad, fue un pequeño pueblo que nunca superó los 10.000 habitantes en la región francófona de Quebec. Su mina 'Jeffrey' proporcionaba en los años 70 del siglo pasado la mitad del asbesto que se consumía en el mundo. Ahora, tras varios éxodos, 7.000 personas se inventan su futuro día a día.

En la Asbest rusa las expectativas son bien distintas. Está situada a 900 kilómetros al este de Moscú, en plenos montes Urales. Los 11 kilómetros cuadrados de su enorme cicatriz negra todavía aspiran a crecer y mantener con vida a una urbe cuyos 85.000 habitantes no quieren jugar a lanzar la moneda al aire que supone tener que elegir entre un cielo más saneado o su supervivencia industrial. Los lugareños rara vez se cuestionan el coste humano de extraer el amianto con voladuras controladas que levantan espesas nubes de polvo saturadas con fibras de asbesto.

Saben que este material está demonizado en el mundo. Que es el responsable de que la zona tenga, con mucho, las mayores tasas de tumores de pulmón de Rusia. Un estudio científico acreditó en 2016 la elevada incidencia de este tipo de cáncer, así como del de estómago y colon. El director del complejo hospitalario de Asbest, Igor Bragin, dijo entonces que esos datos «no se corresponden con la realidad». Aunque no ofreció los registros de su realidad 'alternativa'.

El caso es que la lista de países que prohíben este material no deja de crecer. El último registro cuantifica 65, y las sucesivas renuncias están dejando a los rusos casi un monopolio. Tras años de caída libre, en 2017 han logrado superar las 300.000 toneladas extraídas. Quedan lejos de los picos que se acercaban al millón hace cuatro décadas, pero las chimeneas de Asbest siguen escupiendo su dudosa prosperidad.

Trump al rescate

Estados Unidos apenas lo consume ya. Pero no está entre los prohibicionistas y es la gran esperanza rusa. «Trump está de nuestro lado», insiste Vladimir V. Kochelayev, el dueño de Uralasbest, la gran fábrica que da de comer a toda la ciudad. El presidente norteamericano, familiarizado con este material en sus años de febril construcción inmobiliaria, intenta minimizar la prevención que se ha extendido también en su país, donde 40.000 personas mueren al año por enfermedades asociadas. Ciertos usos del asbesto, como el fieltro para pisos, están prohibidos, aunque aún es legal en los techos e incluso en la confección de ropa.

En una oportunista campaña publicitaria, Uralasbest publicó en sus redes sociales hace unos meses fotos con torres de palets de asbesto empaquetados y sellados con el rostro del inquilino de la Casa Blanca y la siguiente leyenda: 'Aprobado por Donald Trump. 45º presidente de Estados Unidos'. Un truco que no les reportó incrementos de ventas. En 2018, apenas coparon 67 de las 750 toneladas que la primera potencia importó. Muy lejos de las 80.000 que necesitaba su industria hace medio siglo. Ante las crecientes presiones, los rusos han proscrito el término asbesto, aunque le dé nombre a su ciudad, para usar el más científico de crisotilo.

Trump tiene un largo historial como defensor de las bondades del amianto. En su libro 'El arte del regreso' (1977), admitió que el asbesto tenía «mala reputación», pero aseguró que los esfuerzos por descartar su uso en escuelas y otros edificios públicos habían sido «dirigidos por la mafia» en lugar de estar motivados por inquietudes sanitarias. También aprovechó los atentados contra las Torres Gemelas (11 de septiembre de 2001) y escribió en 2012 que, «si no hubiera sido reemplazado por basura que no funciona, el World Trade Center no se hubiera quemado».

Así que dos líderes como Vladímir Putin y Donald Trump, amantes de buscar chivos expiatorios, coinciden en que esta industria es víctima de una conspiración. Sus argumentos solo encuentran unanimidad, precisamente, en la Asbest rusa. Sus vecinos creen que hay muchas otras cosas de qué preocuparse, empezando por la central nuclear que tienen a pocos kilómetros de su casco urbano.

El agujero negro de varios kilómetros de diámetro que llena sus neveras pero achica sus pulmones también es el mayor atractivo turístico de las visitas. Victor Stepanov, un jubilado de 88 años, suele hacer de cicerone con las suyas. Trabajó toda la vida en la planta, que ya ha cumplido 130 años de actividad. Entrevistado un día por un periodista norteamericano, se quejó de la «histeria falsa» que aprecia sobre el asbesto. Su longevidad, sostiene, es su mejor aval. «Todo es peligroso hasta cierto punto –relativiza Victor–. No se puede garantizar al cien por cien que algo no sea dañino».

España, capital de «minas especulativas»

La población está muy dividida entre la creación de empleo y los riesgos». El balance que realiza José Ramón Barrueco, portavoz de la Plataforma Stop Uranio, que aglutina al frente contra la mina de uranio de Retortillo, Salamanca, podría valer para casi todos los proyectos de abrir en España minas a cielo abierto de materiales todavía estratégicos pero de dudoso futuro ambiental. En esta comarca salmantina, la empresa Berkeley Minera movió todos los hilos a su alcance para conseguir los permisos de explotación de la veta de este mineral radiactivo. «Llevan quince años gastando dinero, pero en unos meses les caducan las licencias. Es incomprensible», admite Barrueco. Desde hace años, colectivos vecinales de la comarca se han movilizado, incluso ante los tribunales, para hacer decaer un proyecto que consideran acabaría con el resto de recursos naturales de la zona. La mina supondría oradar 230 hectáreas.

España es uno de los países europeos con más planes de explotación a cielo abierto. No muy lejos de Retortillo, los habitantes de la localidad cacereña de Valdeflores, en plena montaña extremeña, luchan contra la empresa Valoriza Minería para impedir la apertura de otra explotación de litio. Ni residentes ni ayuntamientos están de acuerdo con los argumentos del Gobierno regional, que justificó los permisos por la creación de empleo.

Pero es Castilla-La Mancha la que más proyectos acumula. Entre Almodóvar del Campo y Abenójar (Ciudad Real), Minning Hill's planifica la mayor explotación de wolframio de Europa, con una estimación de medio millón de toneladas al año. Las expropiaciones quedaron paralizadas por los jueces. A 70 kilómetros de allí también se proyecta una mina de fosfatos. Ocuparía 1.200 hectáreas y sería la única del continente. Una tercera mina de titanio, zircón y turilo en Puebla de don Rodrigo convertiría a Ciudad Real en un 'queso gruyere'. Pero todas están paradas. Las plataformas ciudadanas hablan de «una oleada de minería especulativa».