El poder de la víctima

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Sin duda hay otras víctimas, y en ciertos casos más numerosas, como las víctimas de los accidentes de tráfico o aéreos, de un robo, de una violación, o las víctimas de la crisis, pero lo que aparece en el primer plano de nuestra conciencia cuando escuchamos la palabra víctimas en España son, sin duda, las víctimas de ETA. La prolongación, durante décadas, de los asesinatos, el carácter contingente de los mismos, tan injusto y arbitrario, hizo comprender muy bien a la sociedad española qué es una víctima en el sentido más estricto del término.

También la ideología victimista, por llamarla de alguna manera, nace asociada en nuestro país a las víctimas de ETA, pero se extiende a todo tipo de víctimas. Ser conscientes de nuestra ideología es la mejor forma de no ser víctimas de ella. Y ser víctimas, incluso de nosotros mismos, no debería ser algo deseable.

En un librito luminoso, titulado 'Crítica de la víctima', el profesor italiano Daniele Gligioli hace el mejor análisis de la ideología victimista que he leído nunca. Nada más comenzar nuestro autor escribe: «la víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable». Por eso «la posibilidad de declararse tal es una casamata, un fortín, una posición estratégica para ser ocupada a toda costa. La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder».

La señora Colau, compareciendo en 2013 en el Congreso, como representante de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, hablaba en nombre de personas en una situación menesterosa, pero no hablaba como lo harían esas personas, sino como alguien muy poderoso. Y es que hablar en nombre de las víctimas, verdaderas o falsas, se sea o no una víctima, da un enorme poder a quien lo hace.

Una parte de la derecha española descubrió en los albores de nuestra democracia, que podía aprovechar los funerales de las víctimas de ETA para debilitar al presidente Suárez. Y ETA, consciente de ello, les proporcionó cada vez más funerales. Luego esa derecha usó a las víctimas contra los gobiernos socialistas, en especial contra los del presidente Rodríguez Zapatero. Y ya lo hace contra el presidente Sánchez. No son los únicos.

Nuestra propia ideología es transparente para nosotros mismos, nos parece puro sentido común, solo vemos como falsa conciencia la ideología de los demás. El víctimismo es siempre el del otro, sea el de las víctimas de ETA, el de las víctimas de los desahucios, o el de quienes llevan lazos amarillos. Cada víctima es única e incomparable, por eso no se deben contar, cada una de ellas es una catástrofe para la Humanidad, pero todos los victimismos tienen la misma lógica: hacerse con el inmenso poder de las víctimas. Cuantas más víctimas te hacen, más poderoso te vuelves, salvo que tú mismo seas la víctima, claro está.

 

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