Muere el popular vendedor de almendras de calle Nueva que despachaba al grito de 'Ayyy qué ricas'

Pedro Hernández en su puesto, en una foto tomada en el año 2002. /
Pedro Hernández en su puesto, en una foto tomada en el año 2002.

Pedro Hernández estuvo durante 22 años vendiendo de manera original estos frutos secos en el Centro de Málaga

ISABEL MÉNDEZ y REGINA SOTORRÍOMálaga

El lema era inconfundible. Durante décadas fue la 'banda sonora' de la céntrica calle Nueva, y aún resulta extraño pasar por esta vía sin recordar su popular lema. Eran sólo tres palabras, pero inolvidables: 'Ayyy qué ricas' , acompañadas de unas fuertes palmadas.

Después de 22 años vendiendo almendras en el Centro de Málaga con esa original proclama, Pedro Hernández se jubiló en 2004, y ahora, 15 años después, se ha conocido la noticia triste de su fallecimiento.Tras su retirada, el negocio ha continuado en otros puntos de la capital, pero ya no es lo mismo.

Un aparatoso accidente de tráfico en 1979 camino de Bilbao, su ciudad natal, le cambió la vida. Por recomendación médica abandonó su tierra y se instaló en Málaga, donde se dedicó a la hostelería.

Siempre tuvo buena vista empresarial. Según señaló a SUR en noviembre de 2004, cuando se jubiló, recordaba que en sus comienzos como vendedor «cuando aún no tenía permiso, me puse para probar en la calle Liborio García -junto a Zara-, medio asustado por si venían los guardias. Cuando vi que no pasaba nada, me cambié a la calle Nueva». Después, cuando ya logró la licencia, no eligió cualquier sitio: su pequeño puesto de almendras estaba entre una tienda de ropa para niños y una zapatería infantil, hoy ya desaparecidas. «Así tenían que venir y verme los pequeños a la fuerza», ironizaba.

En cuanto a su popular lema, Hernández señalaba que «surgió de la manera más tonta: la gente ni me miraba al principio, pero entonces llegó un crío que nunca había probado mis almendras y cuando las tomó dijo '¿ay qué ricas!'». Aquello se le quedó grabado y decidió convertirlo en su grito de guerra. «Algo tenía que decir para llamar la atención».

Desde entonces, las almendras cambiaron de nombre para pequeños y extranjeros. «Los niños se acercaban y decían: 'Mamá ¿quiero un paquete de ay qué ricas!'». Su frase le ha valido más de una anécdota. «La esposa de un comerciante se escaqueó un día de su trabajo y cuando llamó a su jefe para excusarse la descubrió porque me escuchó gritar: '¿Tú estás en calle Nueva!', le dijo. No veas la que me cayó después», relataba.

Su fama fue tal que llegó incluso al extranjero. «He mandado almendras a Liverpool y hay un bar en Lion que tiene un centenar de fotos mías, algunos franceses hasta me reconocen cuando me ven»

Su impecable presentación jugaba a su favor. «A la gente le llamaba la atención mi vestimenta de hostelería para vender almendras: siempre iba muy bien arreglado con camisa y pantalones negros. Era más barato, no me manchaba y, además, no pasaba inadvertido». El gorro era, sin duda, la pieza clave: «Con él me veían desde la otra esquina». Su visibilidad tenía, además, un valor añadido. «Hace años, en esta calle se perdían cada día siete u ocho niños y siempre buscaban al 'hombre de las almendras'; así que los sentaba a mi lado, les daba un paquete y no se movían hasta que llegaba su madre».

Guardián de la calle

Pero no todo fueron risas en los 22 años que estuvo vendiendo almendras. Hubo un tiempo en que Pedro se convirtió, inevitablemente, en guardián de la calle. «A finales de los 80, cuando estaba en auge el tema de la droga, había tirones todos los días; yo he cogido a más de un ladrón que venía corriendo calle abajo y le hacía la zancadilla. Hoy, la propia droga se ha encargado de ellos», recordaba.

Fritas en la sartén de su casa

Cada día -salvo los domingos, porque cerraban los comercios-, Pedro se levantaba a las siete menos veinte de la mañana para preparar en casa las almendras que compraba crudas a la almendrera de Cártama. En una sartén grande, nada menos que con 20 centímetros de fondo -«para que no se tuesten por abajo»-, Pedro freía durante unos 12 minutos y sin dejar de remover los tres o cuatro kilos de almendras que vendía cada jornada. Pero había jornadas mejores. «En los buenos días de feria, hace ya unos años, he llegado a colocar hasta 12 kilos», recordaba antes de retirarse.

El equipo

Su género no era el único producto casero que acompañaba cada jornada a Pedro. El característico puestecillo blanco en el que colocaba ordenadamente los cartuchos no era más que un maletín de madera encajado sobre dos patas de tijera. «Cada año me hacía uno nuevo y lo pintaba todos los meses para que estuviera bien presentado», explica.

Con todo el equipo preparado, montaba en su moto y llegaba a la calle Nueva justo diez minutos antes de la apertura de los comercios. Como un reloj, su labor terminaba diez minutos antes de que cerraran las tiendas.

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