El milagro del padre Arnaiz

El Vaticano beatifica este sábado al sacerdote por la recuperación de Manuel Lucena tras un grave infarto. Los médicos le daban horas e incluso le impartieron dos veces la extremaunción, pero un mes y medio más tarde salía del hospital por su propio pie y sin secuelas

Manuel Lucena. / FOTO: SALVADOR SALAS / VÍDEO: PEDRO J. QUERO
Ester Requena
ESTER REQUENA

«Me dieron dos veces la extremaunción, la cosa estaba muy negra y nadie apostaba nada por mí». Casi 25 años después, Manuel Lucena presume de buena salud a sus 65 años. Lo mismo se va a andar con paso ligero durante una hora al puerto de Málaga que baja a pasear al Centro con su mujer Encarna. No le queda ninguna secuela física ni psíquica que le recuerde aquel fatídico 7 de junio de 1994: un infarto de miocardio le tuvo más de diez minutos sin oxígeno. Los médicos le daban horas. Pero sólo un mes y medio más tarde estaba saliendo del hospital por su propio pie. Él protagonizó el milagro que llevará este sábado al padre Arnaiz a los altares, «aunque para mí es santo desde entonces», apunta Manuel con los ojos enjugados en lágrimas junto a la tumba del sacerdote jesuita en la iglesia del Sagrado Corazón.

Los médicos no encontraron ninguna explicación entonces. Todo apuntaba a daños cerebrales que, si lograba salir adelante, quizás lo mantendrían postrado en una cama. Pero su hermana Antonia encomendó su recuperación al padre Arnaiz, del que era muy devota. «Cuando me dieron el alta, nadie se lo esperaba. ¡Si hasta salí con el pijama porque no tenía ropa en el hospital!», rememora este malagueño.

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A Manuel le dio el infarto con 41 años en las pistas deportivas junto al colegio del Padre Mondéjar. Casado y con tres hijas pequeñas, cada martes jugaba un partidillo de fútbol sala con sus amigos para rebajar el estrés acumulado por su trabajo sedentario entre cuentas y números. «Si le digo la verdad, yo no sé qué es un infarto: no me acuerdo de nada, ni siquiera de haber tenido algún síntoma», explica. No lo recuerda, pero sí le comentó a sus amigos que no se sentía del todo bien, por eso lo situaron en la portería. «Empezaron a jugar y cuando se dieron cuenta estaba tirado en la grada, había vomitado... No sé cuánto tiempo estuve así», comenta Manuel de un día en el que justo faltó a la cita semanal un amigo que ejercía como médico en urgencias.

Como pudieron metieron su cuerpo desplomado de más de 95 kilos (ahora pesa casi 15 menos) en la parte trasera del coche: «Siempre me recuerdan que mi cara era del color de la tapicería: negra». Pero ahí no terminó la cosa: era hora punta de atascos de tráfico en la zona. Incluso tuvieron que circular con el coche marcha atrás para intentar llegar lo antes posible. Tardaron unos diez minutos hasta que Manuel recibió la primera asistencia médica, según determinó la reconstrucción que se hizo para aportar todos los datos posibles a la comisión de médicos de la Congregación para la Causa de los Santos.

Manuel Lucena, en la tumba del padre Arnaiz.
Manuel Lucena, en la tumba del padre Arnaiz. / Salvador Salas

«No me lo pusieron negro, sino mucho peor», rememora Encarna, su mujer, que entonces contaba con 39 años. Pero el malagueño superó la primera noche. Después la segunda, la tercera, la cuarta… Ella siguió a rajatabla lo que le pedían los médicos: le hablaba a Manuel sin parar de todo lo que se le ocurría, le leía el libro 'El nombre de la rosa' y lo acariciaba. Nueve días después, su marido se despertaba en cuidados intensivos lleno de cables, tubos.... y muy confuso. «Lo primero que me cuentan es que Miguel Induráin ha ganado», recuerda de ese momento en el que aún no podía hablar (tenía el tubo de la traqueotomía).

¿Y llegó a ver la luz blanca resplandeciente en algún momento?

– He visto muchas cosas, pero no sé si podría ser por efecto de las fuertes medicaciones que me suministraban en la UCI. Mi mujer sí recuerda que yo hablaba de que veía cosas blancas y doradas.

Tras superar varias complicaciones y alguna que otra infección, 21 días después dejaba la UCI para subir a planta. Tuvo que aprender a vocalizar e incluso a andar tras la pérdida de masa muscular que sufrió mientras estaba encamado. «Sus piernas eran como trapos», puntualiza Encarna. Pero llegó el día: el 17 de julio abandonaba andando Carlos Haya. «No salí corriendo, pero sí por mis propios medios», desvela con una media sonrisa. Por delante aún le quedaba un proceso lento de recuperación y un talón con escaras que tardó más de un año en curarse. «Cuando el cardiólogo me dio el alta me dijo: 'Usted lo que tenía que trabajar, ya lo ha trabajado'».

Una capilla en su cuarto

Cuando estuvo un poco más recuperado, su hermana Antonia, que ejercía como matriarca de la familia al ser la mayor, le contó que lo había encomendado al padre Arnaiz. Todos los días, antes o después de visitarlo en el hospital, Antonia pasaba por la tumba del padre jesuita a rezarle. Por supuesto, desde el primer día sobre su cama no faltó una estampa de él. Esa misma lo acompaña desde entonces en su cartera junto a las fotos de sus cinco nietos (viene un sexto en camino). Y eso que hasta ese momento no conocía nada de la importante labor que el sacerdote vallisoletano llevó a cabo tanto en Málaga capital como en la provincia, además de la fundación de las Doctrinas Rurales.

Hoy cuenta con una capillita en su dormitorio que preside un cuadro del que será el décimo beato malagueño. No sale de su casa sin despedirse de él. En alguna ocasión incluso se ha vuelto desde la puerta de la calle para decirle adiós. «Antes que sacerdote era un buen hombre que hizo mucho por las clases más humildes y por los pueblos de entonces», puntualiza Manuel. Por eso desde el primer momento colaboró con el Patronato del padre Arnaiz. Empezó así entonces un largo proceso que ha incluido médicos, pruebas, informes, testigos, un tribunal eclesiástico.... durante más de dos décadas y que concluirá mañana en la Catedral de Málaga cuando el cardenal Giovanni Angelo Becciu, actual prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en representación del Papa Francisco, lo nombre beato.

¿Pensaba que llegaría a ver la beatificación del padre Arnaiz gracias a su milagro?

– Yo he puesto todo de mi parte y me lo esperaba tarde o temprano. Además, cuando salió elegido el Papa Francisco, al ver que estaba que por la labor de aprobar nuevas beatificaciones y santos, tenía la intuición de que estábamos mucho más cerca. Y por fin llegó la ratificación del milagro a finales del año pasado.

Recordando todo se le escapa alguna lagrimita, ¿cree que va a llorar durante la ceremonia (en la que estará acompañado por dos de sus hijas y nietos)?

– Soy imprevisible. A veces aguanto el tipo pero luego rompo a llorar cuando estoy solo con mi mujer. Va a ser un día muy especial para toda mi familia, pero también para todos los malagueños. Eso sí, mañana echaré mucho en falta a mi hermana Antonia que no ha podido ver todo esto (falleció hace cuatro años), además del doctor Alejandro Guillén, el cardiólogo que me realizó el seguimiento de mi recuperación durante años.

Tras la ceremonia de beatificación, que será retransmitida en directo a través de 101TV, Manuel Lucena ya piensa en Roma y en que finalmente Tiburcio Arnaiz sea declarado santo en el Vaticano por el Papa Francisco. «Espero que pronto se le reconozca otro nuevo milagro al ya nuevo beato, porque el mío ya no valdría. Sí espero que el proceso fuese mucho más rápido y que lo podamos ver… o que al menos lo puedan ver mis hijas», concluye.

CARTA APOSTÓLICA

Nos, acogiendo el deseo de Nuestro Hermano Jesús Esteban Catalá Ibáñez, Obispo de Málaga, así como de otros muchos hermanos en el Episcopado y de numerosos fieles, después de haber consultado el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, con Nuestra Autoridad Apostólica concedemos que, el Venerable Siervo de Dios TIBURCIO ARNAIZ MUÑOZ, Religioso de la Compañía de Jesús y Fundador de la Obra de las Doctrinas Rurales, que, movido por su gran amor al Corazón de Jesús, con incansable celo apostólico, elevó notablemente el nivel espiritual de la sociedad malagueña y logró implicar a muchos seglares en apostolados heroicos, realizando una labor catequética, caritativa y cultural en los barrios y los campos más abandonados, de ahora en adelante pueda ser llamado BEATO y se pueda celebrar su fiesta en los lugares y, según las normas establecidas por el Derecho, el día 18 de julio de cada año, día de su nacimiento para el cielo.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Dado en Roma, junto a San Pedro en octubre del año del Señor 2018 sexto de Nuestro Pontificado Francisco PP.

 

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