José Luis Sánchez Domínguez, un triunfador discreto con mono de encargado

José Luis Sánchez Domínguez, en su despacho./Migue Fernández
José Luis Sánchez Domínguez, en su despacho. / Migue Fernández

Una vespa fue la entrada –250 pesetas– para el motocarro con el que se puso a llevar a paso de gallina botellas de oxígeno para consultas, talleres y obras. El boom de los 60 le señaló el volantazo de su vida y en el negocio de materiales y construcción cogería altura de halcón. Sánchez Domínguez, el fundador de Sando , dejó con 13 años la escuela porque no veía bien, pero tenía clara la visión de su proyecto, en el que sigue a pie de obra

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Sabe lo que es el riesgo, incluso el de la propia vida cuesta abajo y sin frenos. Cuando se rodaba en los negocios siendo quinceañero sobrevivió a un aparatoso accidente. El camión con hortalizas del almacén de aquel tío suyo sin hijos de Lucena con el que se había ido a trabajar acabó estrellado cerca de la cárcel de Antequera. Siete décadas después, a la vejez, se daría de bruces con un desgaste injusto en los casos Mercasevilla y los papeles de Bárcenas. En los dos casos fue finalmente absuelto tras años de instrucción, diez en el primero. En él se vio ante la jueza Alaya, «que daba por ciertas cosas sin prueba ninguna, que ella se imaginaba o que le habían contado. Una canallada. El calvario ha sido muy doloroso», sentencia para reclamar más medios para la Justicia «por que si no, no seremos un país de progreso». Las heridas recientes han sido mucho más profundas que las del accidente de primera juventud. «La chaquetilla que llevaba puesta se quedó inservible por el ácido de la batería y el gasóil, que me cayeron encima, pero sólo tuve rasguños», refresca un milagro con autor: «Aquel chófer tuvo la pericia de enfilar un terraplén para que no acabáramos estrellándonos contra las casas». La empresa Sando también ha vivido situaciones difíciles en la última década, encajando los golpes de la peor crisis con activos devaluados y la caída de la carga de trabajo. La empresa camina del medio siglo, con 2.300 familias detrás. «El éxito no me transformó, no me escondo de nada ni presumo de nada, pero por supuesto que no me hunde ningún fracaso», asegura este octogenario que va cada día a la oficina en un utilitario eléctrico y que no suele perderse acto donde se hable de futuro de Málaga, y sobre todo, de infraestructuras. Le gustan más las que plantean los mayores retos técnicos, y algunas dejó pasar. Otros tiempos. «A principios de los 90 teníamos 3.000 trabajadores, pero había obras que no podíamos asumir. Una obra habla por nosotros, y yo nunca he cogido una si no tenía los mimbres», resume la política para llegar a ser líder en Andalucía y la primera constructora no cotizada del país. Practica últimamente pilates –«cosas de Paqui, y me está gustando»–, agradece la receta de su mujer para mantenerse ágil. No deja de ser una elección personal, nada que ver con la dieta severa acordada por el grupo con 18 entidades financieras desde 2017. Desde ese año aligera el peso de activos, hace caja con participaciones empresariales –metro incluido– y diversifica su negocio para añadir a su oferta como concesionaria de parkings, hospitales o autopistas negocios como la recogida de basuras de Rabat y Tánger.

La empresa creada en 1974 factura ahora 200 millones, aunque los mil fue una cifra que encadenaba año tras año en los buenos tiempos. La constructora sigue dejando su sello en alta velocidad, autovías, aeropuertos dentro y fuera de Andalucía, Portugal, Marruecos y Polonia incluidos. En 2017 fue la tercera con más proyectos del Ministerio de Fomento. «Nuestra intención es no tirar la toalla nunca. A mis hijos Luis y Esther, lo mismo que a mí, nos podrán quitar la toalla pero no la vamos a tirar. Los bancos nos han respetado y vamos a seguir luchando hasta que ellos quieran, cumpliendo los compromisos. Teníamos una deuda de más de 1.500 y hoy está alrededor de los 500», explica este empresario sin 'hobbies' más allá del proyecto que hoy dirige su hijo Luis, consejero delegado. «Todos los meses hay un comité de cada una de las áreas de negocio, y vengo para estar informado y a aportar. El día que no aporte les pido que me lo digan», dice refiriéndose a sus hijos mayores. «Esto será lo que ellos quieran y algo saben porque llevan 20 años trabajando conmigo. Están mejor preparados y tengo plena confianza en ellos», mira al futuro de una obra familiar con banquillo abundante de nietos.

La Isla

La escasez en La Isla –el barrio de la carretera de Cádiz del 'Colorao', la fábrica de óxido rojo–, fue su paisaje de primera infancia, y ya apuntaba maneras, recuerda uno de sus compañeros del colegio San Miguel: «Su madre tenía una tienda y él nos revendía cosas a los otros chaveas». El 'niño de la casa' fue un niño de la guerra –nació el 1 de enero del 38– pero no del todo desvencijado. En su casa –Luis, ferroviario y Rosario, hija de un campesino de Casarabonela que lo vendió todo y se vino a Málaga –se las ingeniaron para que sus tres hermanas y él «no pasáramos calamidades». «Él decía que la paga de la Renfe era 'el salario del miedo'», describe la precaria liquidez que forzó al padre, y luego a él, a ingresos extra . El padre lo hizo recorriendo –el billete era gratis– la provincia en busca de frutas, hortalizas, pan... «todo lo que se pudiera traer en tren para venderlo en Málaga». El esfuerzo y el ahorro los respiró siempre en casa casa. La escuela, que dejó a los tres años, no entraba en los planes .«No veía ni la pizarra y me avergonzaba, añade el astigmatismo congénito como otra razón, algo tan indetectable entonces como un solomillo. José Luis se casó con su amor a primera vista una Nochebuena, porque era festivo y cogió lasprimeras vacaciones con 40 años «después de hacer la obra del primer Pryca de Málaga, que empezó en marzo y tenía que terminar en noviembre. Nos fuimos a Roma. Había sido un trabajo de gran tensión».

«A mis hijos Luis y Esther, lo mismo que a mí, nos podrán quitar la toalla pero no la vamos a tirar»

Fue el primer reto de quien empezó transportando bombonas de oxígeno. «Trabajaba día y noche y me saqué el carné de coche, de moto, de trailer.. .Por si las moscas. Empecé con un motocarro. Ganaba para vivir, pero mis aspiraciones eran otras».

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