Maestros de pueblo, héroes de la enseñanza

Alumnos del Colegio Público Rural Almijara de Sayalonga, en el patio con sus maestros. /
Alumnos del Colegio Público Rural Almijara de Sayalonga, en el patio con sus maestros.

Profesores viajan cada día entre 37 poblaciones de la provincia para dar clase a cerca de 1.500 alumnos

VANESSA MELGAR

Conducir y dar clase, conducir y dar clase... esta es la secuencia, grosso modo, del día a día de los docentes que itineran para mantener vivo el engranaje de la educación en el ámbito rural. Recorren buena parte de la provincia, viajan de pueblo en pueblo, de colegio en colegio, de aula en aula, para canalizar sus conocimientos hacia los alumnos que viven en municipios y núcleos de población con escaso número de habitantes, una realidad que se refleja, proporcionalmente, en la vida de los centros educativos que se asientan en ellos. Se puede decir que son héroes de la enseñanza, ya que a los problemas que sufre su profesión se añaden el desplazamiento por carreteras secundarias, en la mayoría de los casos, en estado deficitario; y cuando llegan a su destino (visitan más de uno y de dos al día), la adaptación a aulas con pocos alumnos y de distintos niveles. Tienen que reinventarse, buscar sus estrategias y organizarse para impartir la materia, además de cargar con el material en su propio vehículo, para dar clase, entre las mismas paredes a un niño en Infantil con cuatro años y a otro de 11 en Primaria, por poner un ejemplo.

En Málaga existen 13 Colegios Públicos Rurales (CPR), con sus subsedes, a los que asisten cerca de 1.500 alumnos pertenecientes a 37 localidades y, por niveles, están repartidos en alrededor de 500 en Educación Infantil; unos 900 en EducaciónPrimaria; y en torno a 160 en Educación Secundaria Obligatoria (ESO), según los datos de la Delegación Territorial de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Son más de 210 docentes los que atienden a estos estudiantes. Una parte permanece en el colegio destinado y otra, como especialistas en Música, Inglés o Educación Física, viajan a diversas poblaciones para completar su horario. Les pagan el kilometraje y les reducen la jornada para compensar el tiempo que emplean en la carretera pero, desde los sindicatos, también explican que a no todos se les paga este gasto y que tampoco se tiene en cuenta el desgaste que sufre el vehículo del docente, por ejemplo, entre otros problemas. También hay profesores que tienen que compartir un servicio de transporte. En la otra cara de la moneda, muchos profesores itinerantes logran amar aún más su profesión al sentirse garantes del derecho a la educación y de la igualdad de oportunidades en estos rincones de la provincia.

La Serranía de Ronda, concretamente el Valle del Genal, concentra los municipios más pequeños en cuanto a habitantes. En esta comarca, los profesores que itineran se puede decir que están en su hábitat natural: son todoterreno a tenor del la idiosincracia, complicada, de las carreteras de la zona. Francisco Javier Badía tiene un Seat León con el que recorre a la semana más de 150 kilómetros para dar Educación Física y en el que transporta el material que utiliza. Trabaja en el CPR Alto Genal al que pertenecen seis pueblos: Pujerra, Parauta, Cartajima, Júzcar, Faraján y Alpandeire. En todos imparte clases a 49 alumnos.

«Los martes, miércoles y jueves voy a tres pueblos en el mismo día. Lo organizamos de la forma más económica posible, nos movemos linealmente. Al día puedo hacer más de 20 kilómetros», relata este docente que tiene 35 años, es de Alhaurín El Grande y empezó a trabajar en 2005.

Para Badía la itinerancia es un inconveniente con el que ya se ha acostumbrado a lidiar aunque reconoce que las carreteras son peligrosas, sobre todo en otoño e invierno, y es necesario extremar la precaución. «Yo lo llevo bien... disfrutas del entorno natural que es espectacular», comenta. También pone el acento en la adaptación de la materia a los alumnos de distintas edades: «Es una situación diferente. Te tienes que reinventar... no le puedes preguntar a un compañero de ciudad, no vale lo que está en el papel, pero es muy satisfactorio comprobar que lo que pones en marcha funciona, pero tienes que pensar en cómo no perjudicar al pequeño y que el mayor no se aburra ya que están todos juntos en la misma clase», dice.

Por último, este docente afirma que, en su caso, encuentra limitaciones como, por ejemplo, a la hora de organizar juegos o actividades que requieren de la participación de un mayor número de estudiantes. «Aprovechamos las jornadas de convivencia, cuando reunimos a todos los alumnos en un punto céntrico», expresa.

Francisco Fernández es del director del CPR Alto Genal, tiene 36 años y es de Málaga capital. Da clases de Inglés y de Naturaleza y Sociales e itinera dos veces a la semana a Faraján, a 19 kilómetros de Parauta. «Hay profesores que esto no lo quieren y prefieren tener una clase con 25 niños en una ciudad y todos con el mismo libro. Por otro lado, a mí me gusta conducir pero hay compañeros que tienen miedo: las carreteras son estrechas, con muchas curvas y baches... y hay casos de lugareños que suelen conducir con exceso de velocidad», afirma.

Las carreteras son el punto negro de ejercer en el mundo rural para Fernández (les pagan la gasolina a 0,19 euros por kilómetro) pero también organizarse: «Cada profesor busca su estrategia: mientras un alumno lee, le dedicas tiempo a otro y los de Infantil están con la plastilina... En mi caso hay beneficios: yo creo que el niño crece en un ambiente más sano, son como clases particulares, no hay ruido en la clase y tienes el control de la misma, tardo cinco minutos en corregir los exámenes aunque hay problemas, por ejemplo, en Inglés, a la hora de usar el material audiovisual cuyo sonido pueda molestar a compañeros de otro nivel», dice.

Las diferencias de nivel entre los alumnos son una de las mayores dificultades para estros maestros rurales. En ello coinciden también tres de los 24 docentes que este curso conforman la plantilla del CPR Almijara, con sede principal en Sayalonga, y que tiene aulas en Árchez, Corumbela, Canillas de Albaida, Sedella y Salares, todos ellos municipios pequeños del interior de la Axarquía. Beatriz Barranquero da Música, tiene 40 años, es de Vélez-Málaga, donde reside, ejerce la profesión desde hace 16 y lleva siete cursos en este centro. «Acabo de cambiar de coche, al otro no sé ni cuántos kilómetros le habré hecho, calcula una media de 100 a la semana», cuenta.

«Si los padres deciden llevarse a los niños, los colegios desaparecerán»

En muchos de los municipios en los que se asientan los 13 Colegios Públicos Rurales (CPR) de la provincia y sus subsedes preocupa, y mucho, el bajo número de alumnos que registran los centros y, por ende, el descenso en su población. Esta situación es más llamativa en la Serranía de Ronda, en el Valle del Genal, con cinco CPR, aunque se repite en otras zonas como la Axarquía. «Si los padres deciden llevarse los niños, los colegios desaparecerán. Mi opinión es que este modelo educativo tiende a extinguirse», comentó Francisco Fernández al respecto, director del CPR Alto Genal, que añadió: «Muchos padres trabajan en Ronda, en la cabecera de comarca, y deciden llevarse a los niños allí», afirmó. Y es que la falta de oportunidades laborales en estos pequeños pueblos obliga a muchos de sus habitantes a desplazarse a la ciudad del Tajo en busca de un mejor futur. Cartajima, con tan solo 252 habitantes, materializa esta realidad, ya que son sólo cuatro los alumnos que llenan las aulas del colegio, por lo que el Ayuntamiento llegó a ofertar condiciones ventajosas, de vivienda y trabajo, para atraer a familias que se trasladasen al pueblo y matriculasen a sus niños en el colegio. La iniciativa tuvo resultado puesto que sigue funcionando esta subsede del CPR Alto Genal. En Alpandeire, con 269 vecinos y una natalida a la baja, hay 6 niños en el colegio y, en distintas ocasiones, el Consistorio ha estudiado medidas para atraer población. Lo mismo ocurre en Salares, con 221 habitantes, en el corazón de la Axarquía, donde hay siete alumnos, que pertenecen al CPR Almijara, de Sayalonga. El alcalde, Pablo Crespillo, (PSOE), reconoce que cada año hay menos nacimientos en el pueblo. De momento los 13 CPR con los que Málaga cuenta funcionan para evitar, entre otros perjuicios, que sean los alumnos los que tengan que acudir a núcleos de mayor población. Esto ocurre en Cerralba, Zalea, La Higuera, La Joya, Algatocín, Benarrabá, Siete Pilas, Atajate, Benadalid, Benalauría, Genalguacil, Jubrique, Jimera de Líbar, La Cañada del Real Tesoro, Comares, Llano Almendra, Alfarnatejo, Mondrón, Los Romanes, Viñuela, Benaque, Macharaviaya, Alpandeire, Cartajima, Faraján, Júzcar, Parauta, Pujerra, Archez, Canillas de Albaida, Corumbela, Salares, Sayalonga, Sedella, Cajiz, Chilches y Valle Niza.

Junto a ella, Eva Aranda, de 42 años, también veleña, cumple su tercer curso en este colegio rural. Especialista en Pedagogía Terapéutica, asegura que en estas pequeñas localidades del interior también hay necesidades de apoyo educativo por dificultades de aprendizaje de los niños. «Aunque estén mezclados en la misma clase, hay que adaptar los materiales», sostiene esta docente.

El CPR Almijara tiene este curso 230 alumnos, repartidos entre Sayalonga (58), Árchez (14), Corumbela (17), Canillas de Albaida (50), Sedella (26) y Salares (7). «Tenemos que desplazarnos de lunes a jueves, y los viernes nos toca en Sayalonga», cuenta María Gómez, granadina de 31 años, que se estrena este curso en el centro, dando la asignatura de Inglés. «Vivo en Torrox, así que me viene bien este centro, porque mi destino está en Huelva, prefiero quedarme aquí», confiesa.

Las curvas y la estrechez de las carreteras son el gran inconveniente de estos docentes, que no se consideran ni mucho menos unos héroes. «Estás aquí porque lo has elegido en el concurso de traslados», advierten estas maestras, que valoran mucho el ambiente familiar y cercano que hay entre todos los alumnos, los maestros y las familias. «Aquí te acabas enterando de todo lo que pasa, los niños no se callan nada», dice Barranquero.

«Son afortunados por tener un colegio en el pueblo, aquí la vida es mucho más auténtica, yo si pudiera traería a mis hijos a un centro como éste», argumenta la docente de Música.

Sobre la dinámica de las clases, consideran que para los niños es mucho más enriquecedor estar en un aula con compañeros mayores. «Todo es cuestión de organizarse, hacemos grupos. Son como clases particulares, porque además en ningún aula hay normalmente más de 15 niños», sostiene Gómez, quien advierte de que en muchos de estos pueblos hay un gran número de alumnos extranjeros, por el fenómeno de los residentes, «que hablan perfectamente el inglés». «Hay una gran riqueza de nacionalidades y orígenes», añade.