Del escritor crónicamente triste al pintor tristemente crónico: Cesare Pavese y Henri de Toulouse-Lautrec

Imagen de archivo de Cesare Pavese. /
Imagen de archivo de Cesare Pavese.

Tal día como hoy nacía Cesare Pavese, «vendrá la muerte y tendrá tus ojos», y moría Henri de Toulouse-Lautrec, quien pintó la vida nocturna parisina de finales del siglo XIX

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Cesare Pavese, «vendrá la muerte y tendrá tus ojos», y moría Henri de Toulouse-Lautrec, quien, mientras vivía durante treinta y siete años enfermizo y pequeño por culpa de la endogamia genealógica, pintó la vida nocturna parisina de finales del siglo XIX.

Cesare Pavese. Del 9-9-1908 al 27-8-1950

Nueve de septiembre de 1908. Nace, en el pueblo piamontés de Santo Stefano Belbo, Cesare Pavese, quien se convertiría de manera póstuma en uno de los escritores italianos más importantes del siglo XX. Tras licenciarse en filología inglesa por la Universidad de Turín con una tesis sobre Walt Whitman, simultaneó la crítica literaria con la traducción de obras de escritores como Hemingway y Steinbeck, y cofundó la emblemática editorial Einaldi, a la vez que iba publicando en la revista La Cultura unos artículos antifascistas que dieron con los desarticulados huesos pavesianos en la cárcel, de donde saltó al exilio y a la guerrera resistencia segundomundialesca en calidad de pensador y estudioso independiente aunque vinculado a la izquierda italiana. Mientras iba plasmando en El Oficio De Vivir la tristeza crónica y el estupor existencial que nacieron con él y con él morirían – «En el fondo escribes para ser como los muertos, para hablar desde fuera del tiempo, para hacerte a todos recuerdo» –, y en desgarrados poemas la soledad del abandonado – «vendrá la muerte y tendrá tus ojos» –, Pavese ya percibía la mirada de la autodestrucción aleteando sobre su nuca y los diez somníferos que el veintisiete de agosto de 1950 le pararían el corazón en un hotel de Turín proyectando su sombra de ciprés encapsulado sobre los muros de su melancolía extrema. El dieciséis de ese mismo mes, había escrito en su póstumamente famoso diario: «un clavo saca a otro clavo pero cuatro clavos hacen una cruz», y el diecisiete: «No deseo nada más en esta tierra, éste es el balance del año no acabado, que no acabaré». El dieciocho rubricó en El Oficio De Vivir su testamento literario: «No escribiré más», cuando lo que estaba anticipando realmente era: no viviré más. Un lustro antes de descumplir los cuarenta y dos años que estaba a punto de cumplir, reflexionó: «No quería sólo esto. Quería continuar, ir más allá, comerme a otra generación, volverme perenne como una colina». Buona sera.

Henri de Toulouse-Lautrec. Del 24-11-1864 al 9-9-1901

Siete años antes del nacimiento piamontés de Cesare Pavese, moría, en el pueblo aquitano de Saint-André-du-Bois, Henri de Toulouse-Lautrec, pintor y cartelista que se había caracterizado por representar la vida nocturna parisina de finales del siglo XIX. Nacido en el castillo de Albi y en el seno de una familia cuya nobleza era tanto más arraigada cuanto que, como hubiera dicho un precursor woodyallenesco, endogamia era mi segundo nombre, Henri nació pequeño y enfermizo por el aluvión genético tradicionalmente intercambiado para evitar dispersiones de fortunas y de genealogías, y pequeño y enfermizo siguió durante los treinta y siete años que le alcanzaron antes de repatriar su consanguíneamente debilitada osamenta de ciento cincuenta y dos centímetros hacia la nada paradójicamente repleta de posteridad. Veinteañera y bohemiamente instalado en el barrio de Montmartre, Toulouse-Lautrec se volvió asiduo del Moulin Rouge y del Folies Bergères, entre otros locales de diversión cuyas características, incluyendo las relacionadas con el que definen como el oficio más antiguo del mundo, plasmaría en su obra, donde lo mismo te pintaba a un actor actuando que a una bailarina bailando, un burgués burgueseando o una prostituta prostituando. Distanciándose de los impresionistas a cuyos pechos paisajísticos se había amamantado, Toulouse-Lautrec se especializó en ambientes cerrados cuya iluminación artificial favorecía el juego de colores y los encuadres subjetivos en los que de igual manera te inmortalizaba a Jane Avril, bailarina de cancán del Moulin Rouge, que a Oscar Wilde, a Valentín el descoyuntado, el cual, atendiendo a la pista apodadora, era un contextualizado vividor que danzaba como si no tuviera esqueleto, o al pedómano – de nombre auténtico Joseph Pujol y de profesión pre-pedómana panadero –, cuya facilidad para contraer los músculos y soltar gases a su voluntad lo lanzaría o más bien lo ventosearía al estrellato del music hall. Posteriormente sería Toulouse-Lautrec el retratado por un delirium tremens que le conminaría a disparar contra las paredes de su chateau con el fin de aniquilar a las imaginarias arañas que tejían en ellas sus redes, y por una sífilis que lo postimpresionó en depresiones y neurosis que a su vez lo confinaron en un manicomio donde le dio tiempo a pintar de memoria una colección de láminas sobre el circo y asimismo de salir para morir libremente en brazos de la tisis y de una familia de moscas más testimoniales que plañideras, que saciaron su sed en el sudor del artista moribundo. Como él mismo constató epistolarmente en una ocasión: «Mi querida mamá, definitivamente eres la gallina que empolló a un famoso pato». Merci bien.

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