ARDE PAMPLONA, SE DESPIDE PADILLA

Padilla, a hombros en su despedida de Pamplona. :: afp/
Padilla, a hombros en su despedida de Pamplona. :: afp

BARQUERITO

Ni una ni dos ni tres, sino cuatro fueron las largas cambiadas de rodillas con que Padilla, tocado con un pañolón negro de estibador, abrió su corrida de despedida de Pamplona. Una revolera de remate. Rugió la gente. El sello de la corrida de Jandilla fue su nobleza. El primero, ofensivo por descarado, se atuvo a esa ley. Con su carga tan precisa de nobleza, fue el de mejor fondo de los seis. El más vivo y pronto. Parecía elegido para la ocasión. Galopó, fue tardo en varas y se vino arriba en banderillas, con pies y son del bueno. Padilla prendió tres pares, dos cuarteados y un tercero al violín. Muy exagerados los cites danzados, precisas las reuniones. En el brindis al público se proclamó triunfador antes siquiera de arrancar de rodillas faena en tablas.

Con sus pausas y apuros, con sus soluciones de viejo lobo -molinetes de rodillas, molinillos asido al tronco y la culata, reolinas y desplantes-, Padilla dio gusto a sus miles de fieles del sol, donde estaban desplegadas desde las seis de la tarde banderas piratas. A la faena le faltó de todo un poco, pero, patente de corso, eso no importó. Una bien cobrada estocada en los medios dando al toro salida a querencia. Padilla se pegó una tumultuosísima e interminable vuelta al ruedo. No iba a ser la primera ni la última, pues en ambiente fragoroso y desatado, y dislocado también, la fiesta fue de siete orejas. Como en los festivales. Lo exigía el guion y era lo que la gente había venido a ver. El cielo, anubarrado en la primera mitad de festejo, se puso negro. Cayó una tormenta menor de verano durante la lidia del cuarto. El sol salió a última hora.

Estaba embalada la cosa cuando entró en escena Cayetano. Padilla había provocado una indescriptible invasión acústica y un despilfarro de tiempo. El segundo de corrida se soltó cuarenta minutos después de asonar, con retraso, las cuadrillas. Fue el único jandilla de pobre nota. Deslucido, apagado, rebrincado. Esperó en banderillas -dos pares extraordinarios de Joselito Rus- y fue de los de pararse. Cayetano abrió de rodillas, se dobló solo a última hora y al cabo de un trabajito sin compás.

Con su vitola de campeón de Sanfermines, Roca Rey fue recibido con expectación. La borrasca Padilla podía, sin embargo, con todo. Hasta que el torero limeño, muy ajustado de capa en el recibo por mandiles y temerario pero menos en un quite de lances rizados, sacó a Padilla al tercio para brindarle el toro. El doble abrazo de Roca y Padilla se celebró bíblicamente. La faena, no tanto, porque solo al segundo muletazo, un estatuario en la perpendicular, el toro se le vino a Roca a la ingle y le pegó una dura voltereta, que no fue cornada por milagro. Hasta el final de corrida estuvo Roca Rey cojeando ligeramente. Su decisión para sobreponerse a la cogida tan de lleno conmovió. Faena de navegar y pasear, y pausas. Al segundo intento, una estocada delantera sin puntilla. A la hora de la merienda ya se sentía pagada la mayoría, empezando por el presidente de la corrida, que estaba que lo tiraba. La casa por la ventana. Relámpagos, dos tronadas nórdicas, gotas muy gruesas de lluvia. Breve pero recia la tormenta. Se lastimó en varas, de cuartos traseros, el cuarto, el más bonito de los seis. A Padilla le tocó sujetarlo tras abrir de rodillas y antes de dar con el terreno del toro, que en los mismísimos medios descolgó y repitió, y fue tan pronto y bondadoso que, embalado, Padilla perdió la noción del tiempo. Un aviso antes de cuadrar. Tuvo más sustancia esta faena del adiós que la otra, pero Padilla la remató de muy feo bajonazo de urgencia. El toro tardó en doblar. La vuelta al ruedo de Padilla, oreja en mano, fue todavía más teatral que la primera. Se cantó el «¡Illa, illa, illa!» de rigor. Y al cabo, Padilla, casi en plancha en la boca de riego, palmeó unas cuantas veces la arena de Pamplona, que procede de una cantera de Miranda de Ebro. Cayetano se echó adelante con el quinto, que brindó a Padilla tras fundirse con él en abrazo fortísimo. Antes de venirse abajo el toro, le pegó pases de ritmo clásico y buen acento. Más o menos florida la faena y, a paso de banderillas, una estocada a morir. El último capítulo de la fiesta lo escribió con letra propia Roca Rey. Largas cambiadas de rodillas, un quite por gaoneras, las temeridades habituales, el asiento seguro más que la ligazón pura, muchas tablas, mucho sitio, muchos gestos también. Un ovillo de última hora encima del toro, una estocada inapelable. Y ardió Pamplona.

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