El extraño caso de Bustos Domecq

ALFREDO TAJÁN
Bustos Domecq./ GISÈLE FREUND/
Bustos Domecq./ GISÈLE FREUND

PARA entender la historia de Bustos Domecq no hay que ser un genio, pero sí hay que haber leído un poco, no mucho, sólo un poco. Bustos Domecq fue el alter-ego de dos grandes escritores argentinos: Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges; Domecq fue un personaje que estos dos autores inventaron para dar rienda suelta a sus opiniones más radicales sobre esto y aquello, y entre tanto pasárselo bien a toda costa. Bustos Domecq es la fotografía velada y turbia de una traición: la de la autoría y la de la amistad. Tampoco hay que marear la perdiz, sólo decir que Bustos Domecq publicó un par de títulos hilarantes que en su momento causaron gran revuelo y que como tal es considerado el primer escritor con personalidad propia que, en realidad, no existe. La broma sería luego copiada hasta la saciedad por autores hoy tan renombrados como Roberto Bolaño, cuando crea al Carlos Wieder de 'Estrella distante', e incluso su demencial lista de 'Literatura Nazi en América' es una receta extraída del escritor invisible; pero no nos equivoquemos, Bustos Domecq no es un heterónimo, no es un alias, ni siquiera un seudónimo, al contrario, es alguien que siente, y sobretodo, disiente, como si estuviera vivito y coleando.

Borges y Bioy basaron su larga relación de cuatro décadas en un exquisito refinamiento existencial e intelectual. Con el paso del tiempo llegaron a despreciar cualquier libro, o fragmento de libro, una u otra opinión, que no se adecuara a sus cánones. A cuatro manos Borges y Bioy, tanto monta, monta tanto, firmaron con sus nombres respectivos, a los que debe añadirse el de la esposa de Bioy, la también escritora Silvina Ocampo, la 'Antología de la literatura fantástica' (1940), que ya advierte el trabajo crítico de sus autores, establece un programa de lecturas y crea un universo de fobias y filias. Bioy escribió que «los amigos que se ven con regularidad acaban por elaborar un dialecto burlesco», Borges, en la misma línea, aseguró que «aún a los narradores fantásticos les llega la hora de conmemorar a las pocas personas que el destino mezcló en sus vidas».

Al margen de que la amistad entre Borges y Bioy exija un profundo examen, la creación del crítico ficticio Honorio Bustos Domecq -feliz reunión de los apellidos de un bisabuelo de Borges (Bustos) y de un bisabuelo de Bioy (Domecq)-, tuvo su estreno en 1942 con la novela 'Seis problemas para Don Isidro Parodi', donde un extravagante detective, que está preso, investiga desde su celda, cuantos laberínticos crímenes se cometen en la República Argentina.

En 1963 reapareció Bustos Domecq con sus famosas 'Crónicas': veinte años no es nada dice la letra del tango. En esta obrita postrera, la institución cultural en su conjunto es parodiada, incluso el prologuista de la obra, Gervasio Montenegro, es acotado por el propio Domecq, que no duda en escribir un sutil manifiesto contra la osada ignorancia. No en vano estas 'Crónicas' de Bustos Domecq están dedicadas a «Picasso, Joyce y Le Corbusier, esos grandes olvidados...»

Deliciosos embaucadores, Borges y Bioy, dieron rienda suelta a sus pequeñas maldades y a sus respectivas soberbias a través de Bustos Domecq. No en vano en ello se les iba, se les fue, la vida.