Diario Sur

La lucha por la vida merece la pena

Pablo Ráez, en la fotografía que colgó ayer en Facebook.
Pablo Ráez, en la fotografía que colgó ayer en Facebook. / Sur
  • El caso de Pablo Ráez, que ha recaído de una leucemia, es un ejemplo de fortaleza ante la enfermedad

  • El joven marbellí lidera desde el hospital una campaña de concienciación hacia la donación de médula ósea que ha dado la vuelta al país

«Está siendo muy duro. Si no lo vives es incomprensible que puedas, al menos, sentir un poco lo que es tener tantísima fiebre, tantísima morfina, tantísimo trastorno, desesperación...». Tras varios días sin asomarse a sus perfiles en redes sociales debido al empeoramiento de su estado de salud consecuencia del tratamiento que recibe, Pablo Ráez describía ayer cómo ha sido su última semana: «oscuridad».

El joven ‘guerrero’ (como le llaman y como llama sus seguidores) acompañaba el texto con una fotografía en la que se le ve más desmejorado. «Ya me han quitado lo que creían que era el foco de fiebre, mi catéter. Llevaba con él más de un año. Han sido unos días realmente duros: ya no distinguía la realidad. Parece que desde que me lo han quitado estoy mejor, pero aquí las cosas cambian muy rápido».

Su lucha contra la enfermedad sigue siendo incasable y por ello, pese al ‘calvario’ hospitalario que dice estar sufriendo, lanza un nuevo llamamiento a favor de la donación de médula en ese reto que lanzaba hace unos días para alcanzar el millón de donaciones en todo el país. Agradece el apoyo que recibe a diario, incluso de muchas caras conocidas que han querido sumarse a su #retounmillón. En el partido que ayer enfrentó en La Rosaleda al Málaga con el Villarreal pudo leerse una pancarta gigante dirigida a Pablo: «sólo los guerreros como tú vencen las grandes batallas. Fuerza Ráez». A todos ellos hace una contundente petición: «¿de qué sirven 100.000 ‘likes’ si no hay 100.000 donantes más? Cualquiera podría estar en mi situación y si yo te sirvo como ejemplo te digo que yo no dudaría en ser donante. Si quieres donar, vas a donar. No te pongas más excusas. Y si difundes este mensaje que sea para que lleguemos al millón de donantes». El joven cierra su escrito explicando que si el tratamiento le ha hecho perder la vista, ahora tiene «los ojos más abiertos que nunca».

En una lucha que no cesa y en la espera de un donante compatible que se antoja angustiosa, Pablo Ráez sabe cómo sacar fuerzas de flaqueza para que su mensaje siga calando.

«Él está convencido de que el donante va a aparecer, y si él lo está nosotros también, no hay nadie mejor de quien te puedas fiar. No lo dice cualquiera». Las risas con las que Francisco Ráez, el padre, acompaña a estas palabras están cargadas de dolor, pero también de esperanza. La fortaleza con la que el joven deportista marbellí afronta la recaída en su enfermedad ha llegado, vía redes sociales, al corazón de ciudadanos de todo el país, pero especialmente al de sus familiares. Su padre, bombero de profesión que hace malabares con los turnos para estar en Carlos Haya el mayor tiempo posible. Su madre, «esa hormiguita silenciosa» como la califica su marido. Su hermana Ester, extensión de Pablo fuera del hospital en esa labor de concienciación. Ysu novia, Andrea, manos y ojos del joven cuando las fuerzas físicas flaquean y es complicado asomarse a esa «ventana por la que escapa» en la que para él se ha convertido internet, dice su padre.

Que la lucha por la vida merece la pena ha alcanzado su máxima justificación en el caso de este deportista, que en estos días, como él mismo contaba ayer, atraviesa por malos momentos. Ya sabía a lo que se enfrentaba porque lo había vivido antes de su primer trasplante, por eso durante dos meses se planteó si merecía la pena pasar por lo mismo. Apostó por la vida y decidió que sí. «Estar dos meses intentado buscar otra vía ha sido un trabajo intenso para él y estoy convencido de que eso ha hecho que hable con esa naturalidad, con esa capacidad de transmitir que ha provocado esta explosión de apoyo», explica Francisco. Fue en esos días cuando el joven lanzaba al mundo uno de sus mensajes más emotivos: «Esta vez he perdido el miedo a estar aquí, a morirme, a sufrir, a todo, será lo que tenga que ser». Su labor ha desencadenado una ola de apoyo que ha inundado los hospitales de donantes. Su hermana Ester ha querido continuar ese trabajo de concienciación hacia la donación de médula ósea. «Soy su hermana, pero yo no puedo ayudarle. Tal vez cualquiera de los que nos vean sea su donante». Ella misma ha querido arrojar luz sobre los trasplantes de médula ósea reuniendo a profesionales médicos en una charla organizada esta semana con la idea de desmitificar el proceso de la donación.

El padre, el primer donante

Su padre fue el primer donante de Pablo. Conoce el proceso de primera mano. «Es una operación súper sencilla. Hay gente que piensa que ser donante es que te quitan un trozo de espalda y se lo ponen a otro. Hay que desmitificar e informar. Sólo pasas una noche en el hospital».

Todavía hoy se emociona al recordar el momento. «No puede haber nada mejor para un padre que poder donar a su hijo». Asegura que 15 días antes de la operación se impuso vivir «contento porque pensé: si le doy una médula feliz seguro que da menos problemas». El momento le llevó además, reconoce, a pensamientos más profundos. «Pensé que si en la primera gestación no fui capaz de darle todo lo que necesitaba para esta vida, que quizá con esta segunda podría».

Abrumados por esta sobreexposición de Pablo y su evolución al mundo, sus familiares aseguran que no les ha costado entender que es la voluntad del joven, que cumple un «bien social» y que, como él mismo les ha repetido en más de una ocasión, «la vida, con cáncer, también es vida».