Antifaz

Comparsa Antifaz, 1984.
Comparsa Antifaz, 1984. / Archivo de la fundación Carnaval de Málaga
  • En el año 1984 la ciudadanía toma conciencia de la fiesta recuperada y las peñas empiezan a aportar a sus aspirantes a diosas y ninfas

L a fiesta se sube al escenario. Después del período inicial en el que la mayoría de pueblos de la provincia recuperan sus celebraciones carnavalescas, en la capital se organiza la presentación oficial en el Palacio de Congresos de Torremolinos (entonces barriada), y se prevé que las agrupaciones actúen en todos los distritos. Con tanto coche por calle Larios… Es el año de la comparsa Antifaz. El mes en que la ciudadanía tome conciencia de la fiesta recuperada. La semana en que las peñas aporten sus aspirantes a diosas y ninfas. El día en que unos murguistas ataviados con trajes de antiguos pregoneros lleven un burro de nombre Fosforito hasta la escalinata del Ayuntamiento. La hora en que Ramón Rato, presidente de la cadena de emisoras de su apellido, a causa de la huelga en Iberia y Aviaco, llegue tarde para ofrecer su pregón. El presente histórico en que surjan las primeras murgas infantiles.

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«Y esta espada que llevamos la vamos a utilizar, para batirnos con el tío que critique al carnaval…», amenazan los aficionados con el estribillo de Antifaz. Era 1984 y el cronista Juan Calderón recuerda que en Álora, durante los febreros de los años veinte y treinta, solían aparecer por sus calles unos disfrazados denominados Sermoneros que, entre soliloquios y divertidas chanzas, se instalaban subidos a una silla y pregonaban los dimes y diretes, y decían en verso los lances de la actualidad local, y que por si esto fuera poco, en ocasiones, acompañados por otros disfrazados improvisaban escenas más que jocosas sobre el supuesto parto de un travestido…, una tradición hoy relacionada con los llamados ‘juegos’ de la fiesta de verdiales. Ay la parodia y sus cuarteteros de siempre… saliendo a escena, esta vez, ataviados con el arte del carnaval y toda su orbe de personajes y situaciones posibles.

La comparsa de Fernando Benítez, con nuestro Ángel Montilla ya de contralto en voz y altura, escenifica una taberna dieciochesca con el aire de los cuadros del Goya más genuino: Semblanza goyesca. La murga de Enrique Gutiérrez y Paco Jiménez de la Rubia, con nuestro Juan Gutiérrez ya de autor aprendiendo a ser uno de los grandes, viste sus coplas con la decadencia de los ejecutivos de la expropiada empresa de la abeja dentro del hexágono: Los trapajosos de Rui-Masa. Los murguistas del Palo y de Chamizo eligen a Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carpanta y el botones Sacarino..., para su TBO y me meo. Los Tumbaitos de Luis Bermúdez, los hermanos Acejo y el niño David Hernández, se representan así mismos bajo el don creativo y la guitarra de Álvarito Fernández. Ah, y el cómico Manolo Doña vestido con los colores malaguistas y rodeado de árbitros, configuran una escena entonces muy habitual, cuando los hinchas saltaban al terreno de juego y a los colegiados se les decía y se les tiraba de todo, y nada era más carnavalesco que un partido de fútbol un domingo por la tarde… Los karateclas, Los bucaneros, Los panteras rosas, Los nómadas del futuro, Los brasileños, Los pitufos, Jaimito y sus abuelitos… cada nombre con sus personajes, su disfraz y su dramaturgia correspondiente y evidente.

La puesta en escena y el cuaderno de coplas, la representación y el público, la trama y la acción teatral... una reflexión que empujará a los autores e intérpretes a unificar el tema elegido desde lo carnavalesco y a materializar un espacio (un teatro, una calle…) donde agrupación y público converjan en un mismo cuerpo de festejantes. Un arte en el que además de cantar las opiniones del autor sobre lo más variados temas y su versión de los acontecimientos, evolucione hacia la vida y milagros del personaje contada por él mismo. Ay del quién, cuándo, cómo y porqué de la fiesta cantada que tanto nos gustará diez, veinte, treinta años después de 1984. Ay del carnaval arropado por el gallinero, la acústica y el forillo del Cervantes desde 1988, y sin megafonía desde 1993 al fallar los cables –bendita la hora– con la murga De kante-wondo en plena actuación…

Y antes de que mi memoria se agote, un último apunte. Que nadie olvide que los primeros en montar una escena con todo lo necesario para una buena representación serían los festejantes del carnaval 84. Y he aquí el quién, cuándo, cómo y porqué con un fragmento de la mejor comedia del arte de don Carnal. El Ayuntamiento no autoriza cortar el tráfico para el desfile y los carnavaleros, cada cual con su circunstancia y su disfraz, realizan una concentración en la escalinata de acceso a la Casona del Parque como protesta. ¿Peeero adónde se creen que van ustedes con el buuurro…? Pregunta con grandes aspavientos el policía. A ver al Alcalde, responden los murguistas. ¡Eso no puede ser! ¡Imposible!, niega con rotundidad el guardia. No entra el Alcalde, ¿por qué no va a poder entrar el burro? Replican con evidente sorna los Pregoneros… Y al escenificar esta cuchufleta, la mascarada abría simbólicamente todas las puertas de la urbe con un simple antifaz.

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