Raúl González Blanco. Una estrella de barrio

Padre de cinco hijos, dormilón, cazador, celoso de su intimidad y duro de carácter.

PÍO GARCÍA
Raúl González Blanco. Una estrella de barrio

Aquel día otoñal de 1994, camino de Zaragoza, Jorge Valdano no dejaba de darle vueltas a la cabeza. El Real Madrid viajaba al estadio de La Romareda en un autobús de dos pisos y el entrenador argentino pensaba que quizá había lanzado un peso demasiado grande sobre las espaldas de aquel chavalillo espabilado y flacucho. En la tarde anterior, al acabar el entrenamiento, casi de sopetón, le había comunicado que iba a entrar en el equipo titular. Jorge Valdano imaginó que ese chico de 17 años, que estudiaba COU y que solía jugar en Segunda B, tendría que estar como un flan, devorado por la ansiedad, angustiado por el compromiso. Así que se levantó de su butaca, subió al piso superior del autobús y le buscó con la mirada. Quería hablar con él, lanzarle un discurso narcótico y serenarle un poco. No pudo. Raúl dormía a pierna suelta. «Entonces supe que era un tipo duro -asegura Valdano-. Si aquello no le superaba, nada lo haría».

Unas horas después, Raúl González Blanco (Madrid, 1977) debutaba con el Real Madrid. Aquel niño que todavía residía en la Colonia Marconi, un humilde barrio obrero de la capital, muy castigado por la prostitución, acababa de cumplir un deseo con el que ni siquiera había soñado. Si un brujo le hubiera vaticinado cinco años antes a Pedro González, electricista y empleado de la base aérea de Torrejón, que su hijo pequeño algún día sería titular con el Real Madrid, quizá incluso hubiera torcido un poco el gesto. Don Pedro era un encendido forofo del Atlético y todos los domingos acudía con Raúl al estadio Vicente Calderón. El pequeño aprendiz de futbolista llegaba al templo colchonero dos horas antes, olía el césped, respiraba la liturgia previa de los partidos y contemplaba a sus ídolos con la boca abierta: Aguilera, Manolo... y, sobre todo, Paolo Futre.

A los catorce años, Raúl jugaba con los cadetes del Atlético de Madrid. Aquel equipo batió todos los récords y se proclamó campeón de España, tras derrotar por penaltis al Sevilla. José Antonio de la Sagra, uno de sus compañeros, lo recuerda bien: «Nos lo pasábamos de miedo. Raúl era un año más joven que nosotros, pero no se le notaba. Lo que le faltaba de fuerza o de corpulencia lo suplía con su inteligencia. Era muy listo». Cuando acabó aquella brillante temporada, Jesús Gil, un visionario, decidió eliminar las categorías inferiores del club. Algunos, como De la Sagra, se acomodaron en el nuevo filial del Atlético. Otros, como Raúl, escogieron marcharse. Así llegó al Real Madrid. Sólo tres años más tarde, aquel chavalito, enclenque y con cara de crío, debutaba en Primera División, compartía vestuario con gigantes del tamaño de Laudrup, Míchel o Butragueño y firmaba su primer contrato profesional.

En el equipo cadete, el Real Madrid le daba bajo cuerda un sobre al mes con 15.000 pesetas. Lo justo para el bonobús y para tomarse unas cañas con Aris, Alejandro o Marcos, sus amigos del barrio. Luego, en juveniles, llegó a las 50.000. Sin embargo, todavía no había muchos motivos para sonreír: su padre llevaba un año en paro y el dinero en casa empezaba a escasear. El Atlético, arrepentido por haberle dejado escapar, volvió a la carga y le ofreció una ficha profesional a Raúl y un contrato de electricista a don Pedro. La oferta resultaba demasiado tentadora como para despreciarla alegremente. Pero entonces Jorge Valdano, que ya le había echado el ojo, lo citó en su despacho tras un entrenamiento. Raúl se retrasó y, algo azorado, se disculpó. «Tienes 15 años, te llama el entrenador del primer equipo y llegas tarde. Si demuestras la misma personalidad en el campo, vas a triunfar», le pronosticó el técnico.

Años después, el delantero madrileño confesó no haber entendido mucho de la arenga que le endosó Valdano. Pero quedó cautivado por la retórica dulce del argentino y por la promesa de alguna próxima oportunidad con el primer equipo. Decidió quedarse. Lo que nunca pudo suponer es que aquella vaga profecía de Valdano se iba a cumplir tan pronto.

Un Golf y una casa nueva

Cuando, recién estrenada la mayoría de edad, firmó su primer contrato como profesional, Raúl se hizo con un Volkswagen Golf y compró una casa nueva a sus padres. Para no esperar al final de la temporada, el entonces presidente del Real Madrid, Ramón Mendoza, le adelantó el dinero y la familia González Blanco cambió la Colonia Marconi por el barrio de Mirasierra, en el Norte de la capital. El joven delantero se frotaba las manos. Por fin iba a disponer de una habitación propia, sin necesidad de compartirla con su hermano Pedro.

No llegaría a utilizarla mucho. La vida se le aceleró y Raúl se vio súbitamente transportado a un mundo de fama, dinero, mujeres y fiestas llenas de glamur. Algunas voces comenzaron a criticar los escarceos nocturnos de la nueva estrella. Pero, como apunta Valdano, «Raúl es tan listo que no comete dos veces el mismo error. Ni en el campo ni en la vida». El delantero convocó a la prensa. Dijo que se había equivocado y que no lo iba a hacer más. Apenas tenía 20 años. Lo cumplió a rajatabla.

Si por Raúl fuera, las revistas del corazón cerrarían pronto el chiringuito. Jamás ha vendido una exclusiva, no alimenta chismorreos y tampoco permite intromisiones en su vida privada. Conoció a su futura mujer, Mamen Sanz, dos años mayor que él, cuando era aspirante a modelo y oficiaba de camarera en una discoteca. No se entretuvieron demasiado con los prólogos: el flechazo fue inmediato, se fueron a vivir juntos y ambos se casaron el 1 de julio de 1999 en una pequeña ermita de Villafranca del Castillo (Madrid). Al enlace acudieron, además de futbolistas y otros amigos de la pareja, toreros como Enrique Ponce o Pepín Liria. Un año después, nació su primer hijo, al que puso de nombre Jorge en homenaje al entrenador que le ascendió al estrellato. Tanto Raúl como Mamen deseaban una familia numerosa y se han aplicado a la tarea con entusiasmo: su hija María acaba de completar el quinteto.

Mamen dejó aparcada su carrera de modelo y hace unos años se puso a estudiar Pedagogía Infantil en la Universidad Camilo José Cela. A Raúl se le atravesaba un poco el inglés, pero no era mal estudiante. Hizo COU por ciencias puras, aunque aparcó definitivamente los libros cuando se asentó en el Real Madrid. Desde entonces, sólo respira fútbol. «El tío está trabajando constantemente», subraya Iñaki Sáez, seleccionador nacional entre 2002 y 2004: «La voluntad de triunfar es el emblema de Raúl. En su casa ve mil vídeos, analiza todos los detalles, observa todas las situaciones de gol. Y luego las entrena». Sáez sólo tiene palabras de elogio para el delantero madridista: «En el trato es exquisito y con él puedes contar para todo». Quizá su sucesor en el cargo, Luis Aragonés, no comparta esta opinión, pero eso nunca lo sabremos: ambos se llevarán el secreto de su desencuentro (si lo hay) a la tumba. Luis cortó la carrera de Raúl en la selección cuando el delantero sumaba 102 partidos con la Roja.

Respetuoso con los árbitros («es un ejemplo por su corrección», subraya Enrique Mejuto) y con alma de entrenador, como su amigo Guardiola, Raúl pudo vivir el pasado domingo su último partido con el Real Madrid. Marcó un gol y se marchó lesionado. Como si cerrara un círculo perfecto, fue en La Romareda, donde había debutado en 1994. Todavía le queda un año de contrato, pero su orgullo le hace digerir mal las suplencias. Sigue cuidándose al máximo: duerme en una cámara de hipoxia (con bajo nivel de oxígeno) para incrementar su resistencia pulmonar y se entrena con la pasión de un juvenil. Raúl siempre quiso probar la aventura de jugar en Estados Unidos y, a estas horas, medita si ya ha llegado el fatídico momento del adiós.

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