Málaga, 1951: Reflejo fotográfico de la epidemia de fiebre tifoidea
Tribuna de la Historia ·
El 15 de enero se declaraba oficialmente un brote epidémico de fiebre tifoidea causado, según las autoridades sanitarias, por contaminación fecal en la red de abastecimiento de agua potableEl 15 de enero se declaraba oficialmente un brote epidémico de fiebre tifoidea causado, según las autoridades sanitarias, por contaminación fecal en la red de abastecimiento de agua potable.

Izquierda, fuente pública en la Malagueta, hacia 1950. Desaparecida en los años sesenta, su ubicación en el plano actual estaría en un punto de la avenida Cánovas del Castillo, próximo al restaurante Antonio Martín. Al fondo, puede verse el túnel que atravesaba el ferrocarril suburbano. Fotografía de la derecha, niña de las cuevas de El Palo; hacia 1928. Fondo Bienvenido Arenas, Archivo Fotográfico Histórico Universidad de Málaga. Fondo Roisin, Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña
Estas dos fotografías plantean el mismo relato: acopio de agua potable para consumo doméstico, reflejo de una situación en modo alguno infrecuente en la Málaga de mediados del siglo pasado. Las causas que motivan la producción de estas dos fotos son, si no opuestas, sí muy distintas. A la derecha, nos encontramos con una imagen de «postal», una de esas instantáneas que quieren señalar, con la caracterizada tipificación de las tarjetas postales, rasgos pretendidamente populares de un lugar. Esta que comentamos se incluye entre las colecciones de «tipos populares malagueños» editadas por Roisin. Como en el caso de otros productores de este género fotográfico, el propósito del editor no es otro que presentar una imagen que goce del favor de una determinada clientela. Independientemente del valor técnico, estético o social que hoy queramos atribuir a esta línea de trabajo fotográfico no conviene descontextualizarlo de su momento y primer objetivo: la rentabilidad económica. El editor busca el éxito de la imagen en el mercado, de ahí ese halo entre folclórico y pictórico que impregna el retrato. De autor desconocido, la inclusión de esta fotografía en la «galería de postales» no impide que sea una de las más logradas composiciones del extenso catálogo roisiniano.
La otra imagen, siendo también producción profesional, es decir, sujeta a las reglas de mercado, tiene un origen muy distinto: es un encargo del Gobierno Civil a una de las más prolíficas empresas productora de imágenes fotográficas en la Málaga del siglo XX, el Estudio Arenas. En este caso el propósito es elaborar, a modo de manifiesto visual, un inventario de situaciones relativo a un problema de salud pública que tiene su origen en el abastecimiento y consumo de agua en determinados sectores de la ciudad. Las series fotográficas encargadas con este propósito se remontan a finales de los años cuarenta y se reiteran en diversos reportajes a lo largo de la década siguiente. En esta otra línea de producción encontramos en el Fondo Bienvenido-Arenas del Archivo Histórico Fotográfico de la Universidad de Málaga una serie de imágenes que tienen relación con el brote epidémico de fiebre tifoidea ocurrido en 1951.

La instantánea, a pesar del carácter festivo que expresan sus protagonistas, refleja el estado de necesidad que en aquellos años padece cierta parte de la población malagueña. No conocemos con exactitud ni la fecha ni el punto donde se realiza la toma; podría tratarse de la calle Cuarteles, no muy lejos del lugar en que nos sitúa la siguiente fotografía. Todas pertenecen a un periodo que podríamos llamar pre-plástico, en el que los recipientes para el almacenamiento de líquidos eran de barro cocido, vidrio o metal. Los tradicionales baldes que aquí aparecen servirían para transportar el agua de lavar: higiene personal y colada. Los cántaros, botijos y botellas almacenaban el agua para consumo humano; abastecimiento doméstico diario que por lo general realizaban mujeres y niños.

El brote de fiebre tifoidea declarado oficialmente en enero de 1951 causó en Málaga 52 muertes y afectó a más de 3.000 personas. Las autoridades sanitarias determinaron que el origen de la epidemia se encontraba en la contaminación fecal del agua potable que abastecía, aproximadamente, a la mitad de la población malagueña.
El problema no era nuevo. En la Memoria Política-Médica que, en 1834, elaboran Mariano Carrillo y José Mendoza, miembros de la Junta de Sanidad de Málaga, sobre la epidemia de cólera morbo asiático que afectó gravemente a la ciudad el otoño anterior se insiste en determinar las «causas dispositivas» que podían favorecer la propagación del cólera. Conocida la existencia de la epidemia en distintos puntos de Europa, 1832, cuando se tienen noticias de brotes sospechosos en Huelva y Sevilla, las autoridades sanitarias malagueñas plantean con urgencia medidas preventivas, dando especial importancia al tratamiento de aguas residuales: «cegando las zonas pantanosas, dando vía libre a las aguas estancadas y aseando y limpiando en lo posible el pueblo». Medidas profilácticas que comprenden la corrección de ciertos hábitos de la población tenidos por perniciosos; entre otros, el abuso en el consumo de pescado azul, lo que llevó al extremo de prohibir la pesca y venta de sardinas, japutas, caballa y atún. Actuación que, en opinión de aquella Junta de Sanidad, encontraba justificación en el gran número de gatos en los que se había observado síntomas de la enfermedad –vómitos y cursos– a los que seguía de inmediato la muerte; la causa de que solo fueran gatos y no otros animales los afectados por el cólera radicaba, según el médico informante, en que los felinos comían muchas sardinas. La misma Memoria indica que aquella prohibición tuvo escaso recorrido, debiendo levantarse al poco tiempo ya que parecía causar mayores males que beneficios: una parte importante de la población, «muchedumbre» la llama el informe, encontraba en el pescado un alimento nutritivo y muy barato; otra, también numerosa, vivía de la pesca. Claro es que en aquella época no se conocía la causa del cólera morbo asiático, atribuyendo su origen a un «miasma colérico que nada en la atmósfera y recorre sin desviarse grandes distancias»; en el sentir del médico informante no solo «se ignora la naturaleza de ese agente atmosférico» sino que «será un secreto hasta la eternidad». Aún a partir de estos antecedentes, sorprende la forma de enfrentarse a la enfermedad. Según la citada Memoria, no se consideraban eficaces las sangrías generales, aunque sí las locales: corrigiendo los cursos –diarreas– mediante la aplicación de sanguijuelas en el cerco del ano, y detrás de la oreja cuando había cargazón y dolor de cabeza; se recomendaba la aplicación de dos o tres cantáridas en las extremidades inferiores en el periodo inicial de la enfermedad, medida que se podía completar con la aplicación de sinapismos; aunque la medicina que gozaba de mayor predicamento era un preparado a base de opio diluido en una bebida alcohólica, que bien se ingería o se aplicaba mediante enema. Estas y otras medidas no lograron sin embargo detener el curso de la pandemia, entre los meses de septiembre a diciembre de 1833 se contabilizaron, sobre un censo estimado en 70.000 habitantes, 2.859 muertes.
Otro dato de interés que arroja el informe del médico José Mendoza en esta Memoria es la distinción que establece entre el cólera morbo asiático y el cólera morbo indígeno, estableciendo una estrecha semejanza entre síntomas, evolución y posible tratamiento de ambas enfermedades, considerando que la única diferencia apreciable entre una y otra era el carácter «esporrádico» del cólera indígeno, del que solían darse varios casos al año, mientras que el asiático se expandía por el mundo hasta alcanzar el grado de epidemia generalizada. Apunta así a factores ambientales propios de la ciudad de Málaga como posible causa de la enfermedad local. A esas mismas causas se refiere el extenso estudio que Martínez y Montes, jefe facultativo del Hospital Militar de Málaga, publica en 1852 con el nombre de 'Topografía Médica de la Ciudad de Málaga'. Calificando como bueno el estado de salud de la población, no duda en señalar como grave el irregular tratamiento de las aguas residuales, la falta de adecuado cauce a la evacuación de éstas y los riesgos de contaminación de la red de agua potable que corre próxima a aquellas. Riesgos que se ven agravados por el problema de escasez de agua que empieza a ser crónico en la ciudad a finales de la primera mitad del siglo XIX. No tardará mucho, verano de 1860, para que la ciudad vuelva a sufrir un nuevo brote cólera.
Clamoreo es el término que La Unión Mercantil, el diario de mayor tirada en la Málaga de la última década del XIX, utiliza para referirse al estado de opinión de buena parte de la ciudadanía sobre las aguas residuales o estancadas que aparecen con frecuencia en distintos puntos del tejido urbano. Durante más de una decena de años, se urge a las distintas autoridades civiles a que pongan fin a este problema al que se atribuye «la perniciosa influencia de las miasmas» (1 de agosto, 1893). En otro momento: «existe una charca en el promedio de calle Cristo de la Epidemia, próxima a un tejar, de donde se desprenden miasmas y olores fétidos capaces de matar a cualquiera (9 de agosto, 1893). Tiempo después recomienda «prohibir que se lave en charcas inmundas, como hemos visto recientemente en el Guadalmedina y otros puntos, en aguas infectas que pueden ser causa de la transmisión de graves enfermedades» (8 de diciembre, 1896).

Llegado el siglo XX, la fotografía, con capacidad didáctica propia, plantea nuevos enfoques sobre viejas cuestiones. Las imágenes que aquí traemos se plantearon en su día como referentes documentales de situaciones que había que corregir. Conocida la causa de la epidemia de 1951, se tenía claro cuáles debían ser las medidas correctoras para el adecuado uso y consumo del agua. La máxima autoridad de la provincia, el gobernador Civil, encarga un actuario fotográfico, en su momento de carácter reservado, que vaya dando cuenta de la evolución de una determinada situación. El propósito quizás fuera, además, ilustrar los expedientes administrativos elaborados para recabar fondos del Gobierno y acabar con mayor prontitud con el problema. Lo que hoy sabemos es que este tipo de reportajes se reitera a lo largo de varios años dejando constancia de una situación que se prolonga en el tiempo.

Muchas veces, en este tipo de reportajes, la elocuencia de las imágenes excusa el desempeño de la palabra. Por sí mismas, la masa documental que aportan sirve de andamiaje para construir la historia visual de la vida cotidiana de una época determinada. Es muy probable que la divulgación de este tipo de imágenes, que en su día quedaron recluidas en el circuito burocrático de la Administración, hubieran servido para tomar conciencia de una situación de precariedad sanitaria que se extiende a lo largo de los años cincuenta y sesenta.

Interior de dos corralones de la calle López Pinto, El Bulto. 1954. Otras muchas viviendas, repartidas por toda la geografía malagueña, respondían al mismo modelo: patio con pozo para abastecimiento de agua potable a la comunidad de vecinos. Al igual que los lavaderos, las letrinas eran de uso comunitario y las aguas residuales que evacuaban ambas instalaciones ponían en peligro la potabilidad de estos pozos. Fondo Bienvenido Arenas, Archivo Fotográfico Histórico Universidad de Málaga

A la izquierda, chabola de la plaza de Santa María, Mundo Nuevo, 1952. A la derecha, casa-cueva en la zona de Monte Dorado, 1954. Como en muchas otras viviendas recogidas en estos reportajes encargados por el Gobierno Civil, el reducido espacio que encuadran las fotografías servía de cocina y dormitorio. Sin agua corriente ni excusado, más que viviendas, este tipo de alojamientos no eran otra cosa que refugios donde guarecerse de las inclemencias del tiempo y lugar donde guardar el escaso ajuar familiar. En ambas imágenes aparecen en primer plano los utensilios de cocina; en la de la derecha, los cántaros de agua quedan debajo de la mesa. Fondo Bienvenido Arenas, Archivo Fotográfico Histórico Universidad de Málaga
Esta corta muestra fotográfica, puntual selección de un denso volumen de instantáneas de perfiles similares, nos sitúa en la pista del déficit sanitario que aquejaba a aquella Málaga de mediados del siglo XX. Hoy podemos adentrarnos visualmente en ese periodo histórico gracias, sobre todo, a la extraordinaria labor que realizan los archivos públicos en la recuperación y divulgación de sus fondos fotográficos. En ese sentido, Málaga está de enhorabuena, el esfuerzo que realizan las instituciones está en primera línea de lo que se viene realizando en el país, a éstas se une un público conocedor que, a través de las redes sociales, contribuye decididamente a la difusión y puesta en común de nuevos datos y documentos. La serie fotográfica que incluimos se localiza en el Archivo Fotográfico Histórico de la Universidad de Málaga, que añade la particularidad de que la mayor parte de su caudal icónico se compone de negativos originales.
Siguiendo el hilo del agua, como contrapunto final de esta aproximación histórica, cerramos con una imagen que ilustra la evolución de la ciudad en los últimos cincuenta años. Lo que vemos en primer término de la imagen que sigue son lavanderas profesionales realizando su tarea; en el plano medio, la fuente, a la que acuden mujeres a llenar cántaros y un pilón abrevadero; al fondo se recorta la Sierra de Mijas. La imagen está fechada en febrero de 1963. La foto podría tener un cierto «carácter postal», como esa otra con la que iniciábamos este artículo, sin no fuera por su singular carácter testimonial. El punto concreto que encuadra en primer plano se corresponde con la actual entrada principal del Parque Tecnológico de Andalucía, PTA

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