«Poco pasa en Magaluf para tanto desfase»

Íñigo Morán es médico en una UVI móvil que atiende a los heridos del turismo de borrachera en Magaluf. «Allí todos van acelerados»

Íñigo Morán, en el vehículo del 061 listo para atender urgencias./R. C.
Íñigo Morán, en el vehículo del 061 listo para atender urgencias. / R. C.
JAVIER GUILLENEA

Desde hace 16 años Íñigo Morán trabaja como médico en el área de Calviá, la localidad mallorquina donde se halla Magaluf. Ha atendido a jóvenes embriagados que han caído al vacío y a intoxicados por drogas caníbales. Ha visto de todo.

Supongo que nunca sabe lo que le espera cuando empieza el día.

– Es una de las cosas que tiene este trabajo y que hace que o te guste mucho o todo lo contrario. Cada urgencia es muy diferente, y sobre todo se produce en un escenario que hay que controlar.

¿Cómo es ese escenario?

– Cuando se juntan determinados ingredientes como el alcohol, drogas y a veces violencia, hay que tener un poco de cuidado para que no haya más heridos o para que las cosas no vayan a peor. Muchas veces nos apoyamos en la Policía para controlar estas situaciones.

¿Es una zona de guerra?

– A mí no me gusta esa expresión. Dentro de las urgencias que atendemos, es verdad que hay un porcentaje alto que tienen que ver con el alcohol y con imprudencias, pero hay una cantidad importante de jóvenes que salen a pasarlo bien. Beben y demás, pero tampoco producen ningún disturbio.

El 'balconing' ha aumentado este año.

– Los casos de gente que intenta saltar a la piscina desde un balcón son las excepciones. Lo habitual son situaciones en las que el alcohol está presente y a veces mezclado con drogas alucinógenas que les colocan fuera de la realidad. Están apoyados en la barandilla del balcón de su habitación bebiendo o haciendo bromas, pierden el equilibrio y caen al vacío. A veces también ha pasado que alguno vuelve al hotel sin llave, llama al cuarto de al lado para ver si le dejan saltar por el balcón, pierde el equilibro y cae. Algunos se suben a las cornisas y también caen.

Personal

De Bilbao.
Comenzó su carrera profesional en el hospital bilbaíno de Basurto y hace 16 años se trasladó a Mallorca. «A diferencia de un centro de salud, aquí tienes mucha más incertidumbre», dice.
Drama.
Íñigo Morán insiste en recalcar que lo que sucede en Magaluf «no se puede generalizar», pero admite que los incidentes que ocurren allí «son un drama».

Igual ni se dan cuenta de que están cayendo.

– La diferencia entre una persona que no ha bebido es que cuando se cae le da tiempo a tener unos reflejos de protección. Tiende a contraerse un poco y pone las manos para protegerse, pero la persona que ha bebido importantes cantidades de alcohol no tiene ese reflejo y cae como si fuera un saco. Si se precipita al vacío de cabeza se da con la cabeza, si lo hace de espaldas, se da con toda la espalda, y esto agrava mucho las lesiones.

¿En qué estado quedan los que sobreviven?

– Muchos quedan con una cojera para toda la vida y otros en una silla de ruedas. Otros casos son más leves porque han caído de un primer piso o porque han ido rodando por los tejados inclinados que hay en los balcones de algunos hoteles. Estos suelen tener fracturas pero no lesiones graves porque, aunque hayan caído de un tercer piso, es como si lo hubieran hecho tres veces desde un primero.

¿Cómo reaccionan los amigos de un joven que ha caído al vacío?

– Hay gente para todo. Algunos no son conscientes de lo que ha pasado y los hay que hasta se lo toman a broma y siguen cantando. Otros sí se dan cuenta de la situación, están muy nerviosos y nos miran para ver lo que decimos y hacemos.

Tiene que ser duro trabajar para salvar la vida de un joven mientras sus amigos se ríen.

– Hace unos años un chico cayó en uno de esos hoteles de balcones con tejados. Lo hizo de una cuarta planta y fue rodando de piso en piso. Además, tuvo la suerte de caer sobre una hamaca de la piscina. Enseguida bajaron los amigos y las amigas y, mientras ellas sí que eran más conscientes de la situación y estaban llorando, los chicos bailaban y se reían porque el que se había caído estaba cantando la canción 'I Will Survive' ('Sobreviviré').

¿No le había pasado nada?

– Tenía múltiples fracturas, pero el chico estaba cantando. Supongo que el alcohol le ayudaba a aguantar el dolor. Los amigos reían y las amigas lloraban. Es difícil de explicar.

¿A veces no tienen más remedio que tomárselo con humor?

– Somos muy conscientes de que en esta zona hay un drama muy serio. Vienen chavales jóvenes sanos con una media de edad de veintipocos años y vuelven a su país en una caja de madera, en una silla de ruedas o con secuelas para el resto de su vida. Para nosotros, es algo dramático.

¿En 16 años ha cambiado mucho Magaluf?

– Sí que ha cambiado. Por una parte lo ha hecho para bien, porque hay más presencia policial y más refuerzo de ambulancias, pero también cada vez hay más gente y más violencia. Si antes había una pelea entre dos grupos de amigos, ahora es una batalla campal en la que igual hay armas blancas. En menos de un minuto se organizan unas tanganas impresionantes. Eso es más frecuente que antes. Con tanto desfase, en Magaluf pasa mucho menos de lo que podría pasar, por eso quiero destacar la gran labor de la Policía local y de la Guardia Civil, que están allí patrullando noche tras noche e impidiendo cosas que podrían ir a mayores.

Hace años se empezó a hablar de la droga caníbal. ¿Han tenido algún caso?

– Hemos encontrado casos tanto de la caníbal como de todo tipo de drogas de diseño. A quienes las toman les producen alucinaciones y les dejan fuera de la realidad. Muchas veces esto hace que tengan peligro de autolesionarse, porque lo mismo se ponen a dar puñetazos a una pared que se dan con la cabeza contra un cristal. También pueden lesionar a terceras personas.

Arriba, una joven pasa de un balcón a otro en un hotel. Abajo, en Punta Ballena el alcohol corre como el agua y pone a prueba a la Policía local y los servicios de seguridad de los locales. / EFE

Fuera de lugar

¿Qué hacen ustedes en estas situaciones?

– Lo que solemos hacer es sedarlos para que no se hagan daño a sí mismo ni a terceros. Los llevamos al hospital y los dejamos dormidos para que su cuerpo vaya metabolizando la droga. Cuando despiertan, se van con resaca.

Tiene que ser una dura resaca.

– Yo, por suerte, nunca la he experimentado. Supongo que se sentirán como si les hubieran dado una paliza.

¿Ha salido de copas alguna vez por Magaluf?

– Hace unos años fui un día para ver el ambiente desde dentro. Te sientes fuera de lugar totalmente, no es un sitio al que vayas a volver. Es una forma de salir por la noche muy distinta a la que estamos acostumbrados.

¿Una forma brutal?

– Sí. Parece que todo el mundo va muy acelerado, que los segundos pasan más rápido.

¿Recuerda alguna noche especial?

– Un verano nos llamaron porque un chico que había bebido mucho había caído de un primer piso. Tenía fracturas tanto en la pierna como en la muñeca y una de ellas era abierta, con exposición de hueso. Mientras trabajábamos para alinear la extremidad, escuchamos un ruido muy fuerte, nos miramos entre nosotros y pensamos que había caído una segunda persona de un balcón. Cuando nos giramos vimos que uno de los curiosos que estaban alrededor se había desmayado al ver la sangre. Cayó a plomo, se dio un fuerte golpe en la cabeza y quedó inconsciente, con traumatismo craneoencefálico. Tuvimos que atender a los dos.

Además

¿Les ha tocado entrar en habitaciones de hoteles? ¿En qué estado están?

– Algunas son un caos, todo está lleno de colillas en el suelo y en los ceniceros. Tienen en la cocina una barra americana donde no hay precisamente zumos de naranja. Hay botellas de ginebra, de ron..., cosas de estas. Se meten muchos en una habitación, a veces están las camas juntas y las maletas deshechas con ropa mezclada, pero tampoco se puede generalizar; hay otros turistas que son absolutamente normales.

¿Se registran en Magaluf muchos casos de abusos sexuales?

– Esto habría que matizarlo. La mayor parte de casos suelen ser de chicas y chicos que se han conocido por la noche con mucho alcohol de por medio, que se van juntos a una habitación y se acuestan. Cuando a la mañana siguiente se despiertan, se preguntan 'qué ha pasado aquí', 'tú quién eres', 'yo no te conozco de nada', 'pero qué hemos hecho'..., y a veces se hace una bola muy grande de algo que al final no es nada. Se nos llama bastante frecuentemente para hacer una valoración, la chica se pone nerviosa, dice que la han violado, y hay que ver si es así. Sí que hay casos de abusos, pero es muy frecuente esta situación que le digo.

¿Qué sensación personal tiene con lo que está ocurriendo en Magaluf? ¿Siente rabia?

– Rabia no es la palabra, porque al final yo veo que son chavales muy jóvenes que todavía tienen muchas cosas que aprender en la vida y que se dejan llevar por un mal concepto de lo que es pasarlo bien. Sí hay una sensación de impotencia y de pena cuando ves que una vida joven se ha truncado de esa manera.

El mal turismo

Un mundo aparte
En los algo más de 400 metros de Punta Ballena se apiñan bares, discotecas y locales de streptease que pugnan entre sí por ofrecer la oferta más barata de alcohol. En la atestada calle abundan subsaharianos que venden baratijas y droga de pésima calidad. Grupos de mujeres del mismo origen, que simulan ejercer la prostitución en los alrededores, 'cazan' a incautos británicos borrachos para vaciarles los bolsillos.
6
es el número de fallecidos en Mallorca tras caer del balcón de un hotel en lo que va de año. Otros cinco jóvenes sufrieron lesiones graves por el mismo motivo. El registro de incidentes ha experimentado un repunte.
Pueblos marcados
Además de Calviá, localidades como Calella, Lloret de Mar, Salou, Gandía, Sant Antoni y la misma Barcelona mantienen una cruzada para librarse del estigma del turismo de borrachera. En 2016, la organización del Saloufest, un festival que cada Semana Santa atraía a Salou a miles de jóvenes británicos, anunció su cancelación debido a la presión del Ayuntamiento. En Lloret de Mar, las medidas contra los bares y discotecas que incumplen las normas, así como la presencia de agentes cívicos, han dado resultados.
32.000
euros es el coste medio para la Seguridad Social de cada herido por 'balconing'. Esta cantidad incluye todos los recursos que se ponen en marcha cada vez que se produce un caso, desde la atención del 061 hasta cirujanos, anestesistas, cuidados intensivos, enfermería y pruebas médicas. Los refuerzos policiales para vigilar Punta Ballena le cuestan al Ayuntamiento de Calviá 140.000 euros. En lo que va de año se han registrado más de 170 incidencias sanitarias, casi todas por intoxicación etílica.
Benidorm
Durante el pasado Mundial de fútbol, aficionados ingleses sembraron el caos en las calles de Benidorm después de cada partido de su selección. Los 'hooligans se enfrentaron en varias ocasiones a la Policía, que se vio obligada a intervenir.

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