Mi hijo, no; yo, tampoco

Ana Barreales
ANA BARREALES

Los adolescentes malagueños se inician en el consumo de bebidas energéticas a los 11 años, de cachimba a los 12 y de marihuana y tabaco a los trece. No son todos, claro, pero para hacernos una idea el 72% de los menores de 16 admite haber consumido alguna de estas sustancias y sus preferencias son, por este orden: bebidas energéticas (61%), cachimba (49%), alcohol (41,6%), tabaco (18,5%) y hachís (8,6%).

Los padres, como es natural, tendemos a pensar que los que hacen esas cosas son los hijos de otros, no los nuestros, que son buenos chicos. Hace unos días estuve moderando una mesa redonda con el revelador título «Mi hijo, no», en la que se abordaba precisamente el consumo de sustancias por parte de adolescentes desde una perspectiva, sanitaria, policial, educativa y de desintoxicación. A la hora de hablar del botellón alguien preguntó a un policía de la unidad que ofrece charlas en los colegios para escolares y padres sobre este tema que por qué no intervenían más recogiendo a adolescentes de 12 y 13 años que veían bebiendo, porque todo el mundo sabía dónde lo hacían. A lo que el agente respondió, con toda la razón, que ellos hacían lo que podían y que lo normal era que los padres de chicos de 12 y 13 años supieran dónde están sus hijos y qué hacen.

Estamos en el siglo de la sobreprotección de la infancia, en la que a veces les convertimos en auténticos inútiles que no saben pelarse una pera, ni pueden ir andando solos al colegio hasta bien entrada la adolescencia, pero nos parece normal que la policía tenga que velar por ellos si están de botellón. Que visto así, pasan casi sin transición de ir a todas partes con sus padre a salir a beber y consumir sustancias con sus colegas.

Contaba preocupada la directora de Derechos Sociales del Ayuntamiento, Ruth Sarabia, que el regalo estrella de las Navidades para adolescentes es la Cachimba. Da la sensación de que los padres nos ponemos en modo guay y como lo que se fuman es de colores, pues nos parece más inofensivo, aunque la mezcla lleve tabaco y, a veces, productos que no han sido sometidos a ningún tipo de control sanitario.

En el abismo que hay entre la sobreprotección a la que sometemos a los en unas cosas niños y la sobredelegación de algunos aspectos de su educación en profesores y hasta policías tiene que imponerse el sentido común. Lo normal es que sean los padres quienes estén pendientes de si su hijo está en un botellón qué hace y en qué estado llegue a casa y no la policía. Y que sean ellos también y no los profesores los que velen porque no llegue al colegio muerto de sueño y con una bebida energética en el estómago, después de pasar la madrugada en las redes sociales.

Y no limitarse a decir : «Mi hijo, no» (y yo tampoco). Que no es plan.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos