El declive del lenguaje político

El declive del lenguaje político
JOSÉ MARÍA ROMERA

No soy un orador como Bruto, pero como todos sabéis, soy un hombre franco», declara Marco Antonio en su célebre discurso en Julio César, de Shakespeare. Las palabras del cónsul están oponiendo dos tipos de político caracterizados por unos estilos comunicativos diferentes: el acostumbrado a esgrimir argumentos y a tratar de persuadir por la reflexión frente al directo, emotivo y aparentemente sincero que se sirve del lenguaje llano. Aunque ambos han coexistido a lo largo de la historia, se supone que las sociedades democráticas dan más crédito al primero. Sin embargo no todos opinan así. Asistimos a una crisis de la política que tal vez sea una crisis del lenguaje político, como sostiene Mark Thompson (Sin palabras. ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política?, Debate, 2017): un derrumbe de la vieja retórica sustituida por la charlatanería del exabrupto y las medias verdades de la que Donald Trump es el principal -pero no el único- representante. A la tan comprobada -y en cierto modo consentida- degradación del registro lingüístico en todos los géneros de una comunicación pública caracterizada por empobrecimiento verbal, las incorrecciones gramaticales, la tendencia al coloquialismo y la falta general de calidad se añaden otros vicios más alarmantes que no afectan a la forma del discurso sino a su médula.

Los nuevos populismos han sembrado la conversación pública de signos ambiguos, desgastados a fuerza de emplearlos para decir una cosa y la contraria. A la función referencial, imprescindible para saber de qué estamos hablando, se le han superpuesto los espasmos de la función expresiva y las trampas falaces de la apelativa. Las hipérboles sensacionalistas y las generalizaciones pueriles empiezan a ocupar el espacio antes reservado a los hechos y su verificación científica. Del discurso argumentativo y expositivo hemos pasado a una exagerada proliferación de textos narrativos que aborrecen de las ideas para centrarse en las anécdotas. Más allá de un concepto ocurrente, la posverdad se erige en regla para una discusión pública enrarecida donde lo de menos es distinguir entre hechos y opiniones, entre evidencias objetivas y relatos fabricados al gusto de cada uno.

La perspectiva temporal respecto a lo acaecido en 2016 -el Brexit, la elección de Trump, el auge de la ultraderecha en Europa- permite atisbar un declive del debate político decente en favor de unos usos basados en la irracionalidad, el disenso y no pocas veces la grosería, armas eficaces para captar adhesiones emocionales pero corrosivas desde el punto de vista de la convivencia democrática. Frente al racionalismo de la Ilustración empieza a imponerse, según Thompson, un autenticismo sostenido en la identidad y los valores de una comunidad dada, donde el mejor orador es el que sintoniza más con las necesidades emocionales, incluso espirituales, de la tribu. Ni que decir tiene que el modelo ya estaba inventado. Viene de los antiguos sofistas y en el siglo XX adquiere singular relevancia con las dictaduras fascistas de entreguerras. Pero sería equivocado, dice Thompson, plantar cara al autenticismo encerrándose en un hiperracionalismo que solo atienda al logos, la razón y la lógica: un discurso que, al excluir la emoción, se aleja de aquellos a quienes supuestamente va dirigido a la vez que despierta recelos ante lo que a estos se les antoja como una sospechosa construcción intelectual fría, ajena a sus intereses y no pocas veces propia de castas de mandarines o de elites tecnocráticas. Hace falta también añadir al logos la suficiente dosis de ethos, de carácter, de aliento personal, y al mismo tiempo de pathos, es decir, de identificación con el sentir del oyente.

La propuesta de Thompson de volver al modelo de la retórica clásica que combinaba sabiamente los tres ingredientes pone especial énfasis en un factor desdeñado tanto por autenticistas como por racionalistas del discurso: la escucha. O, lo que viene a ser lo mismo, la empatía hacia unos ciudadanos a los que demasiado a menudo se trata como estúpidos incapacitados para entender los arcanos de la política e intervenir en unas decisiones demasiado complejas. La pérdida de calidad del lenguaje político en nuestros días proviene precisamente del menosprecio del oyente, al que unas veces se le habla en necio haciéndole creer que de ese modo nos ponemos a su nivel y otras se le excluye de la comunicación como si solo fuera un número manipulable para obtener ventaja sobre los adversarios.

Martin Heidegger definía la retórica como «el arte de escuchar». Asistimos a una transformación sin precedentes del lenguaje, alterado no solo por el descuido y manipulación, sino también por la falta de respeto a sus destinatarios. Solo sabiendo escuchar es posible construir una retórica que conecte con las demandas de la población, requisito inexcusable para llegar a convencerlo. A convencerlo, que no a engatusarlo con discursos vaciados de razón pero cargados de emocionalidad explosiva, tan lejos de lo que los viejos oradores entendían por retórica.