La lengua no se impone

Una vez más, no será la última, desde la Consejería de Educación se pretende imponer el uso del español en las aulas so capa de igualdad. Se trata del II Plan de Igualdad de Género de la Junta

ANTONIO GARRIDO

No es cuestión de remontarse a la noche de los tiempos, pero parece imprescindible recordar unos principios muy básicos, muy sencillitos y que deberían ser de universal conocimiento; aquello de la cultura general que hace tanta falta.

Las lenguas son sistemas de signos aceptados socialmente que tienen como objetivo fundamental la comunicación de la manera más eficaz y de la manera más económica posible. Es un sistema bastante sofisticado que nos diferencia de las otras especies; al menos, por lo que sabemos hasta la fecha. Las lenguas construyen el mundo, lo crean, son base del pensamiento y de las operaciones mentales con la finalidad señalada. Sus unidades se combinan según reglas específicas y nadie puede entrar en ellas como caballo en cacharrería para ponerse estupendos, por citar a Valle Inclán, y mucho menos ordenar cómo se debe hablar.

Las lenguas son productos históricos y sociales. El imaginario colectivo, con independencia de criterios éticos, morales, políticos y de cualquier tipo, otorga intención al uso del sistema. No hace muchas fechas el escritor y académico Félix de Azúa afirmaba que Ada Colau es: «una mujer que debería estar sirviendo en un puesto de pescado». La frase es absolutamente neutra; lo mismo podía haber dicho de cualquier otra profesión que tuviera una serie de rasgos comunes a la enunciada; sin embargo, se ha armado gran revuelo y con razón.

La persona que vende pescado, especialmente al por menor, es pescadero o pescadera. No hay ninguna valoración; sin embargo, se ha entendido que el uso era despectivo. Azúa ha escrito una carta en la que dice que su intención no era esa, era señalar que la señora Colau no sirve para alcaldesa y se tenía que dedicar a otra cosa.

No se ha entendido así. La analogía es un mecanismo eficaz y dentro del campo semántico del mercado existen profesiones y una es la de verdulero y verdulera; en este casi sí existe un uso del término coloquial como 'Persona descarada y ordinaria'. ¿Funcionó la analogía? No lo sé, pero ahí queda.

La intención es la clave en este caso. Las palabras tienen género, no tienen sexo. ¡Cuántas veces habrá que repetirlo! El hablante es el que, como en el dicho referido al diablo, carga las palabras y las frases. Nadie ni puede ni debe imponer lo que es creación de todos y que todos vamos transformando a lo largo del tiempo.

Un buen ejemplo es el adjetivo menoso que aparece con el significado de chulo, guapo del Perchel, concorde con el origen social de los hermanos de la Cofradía del Cristo de la Buena Muerte. Cambió la estructura social con la fusión a la aristocrática Hermandad de la Soledad y menoso se convirtió en señorito.

Una vez más, no será la última, desde la Consejería de Educación se pretende imponer el uso del español en las aulas so capa de igualdad. Se trata del II Plan de Igualdad de Género de la Junta de Andalucía. Después de los principios generales y de la prosa habitual en estos textos, bastante mala por cierto, se plantea un uso del lenguaje inclusivo y equitativo; como se puede comprobar son conceptos lingüísticos sólidos. Se confunde todo, se manipula todo para llegar al ansiado puerto de lo políticamente correcto.

Afirma doña Begoña Tundidor: «El lenguaje no puede contribuir a invisibilizar el género femenino». De entrada, gracias por crear un verbo, podría haber usado sinónimos. Sigo. Serán los hablantes los que usen el lenguaje con esa intención. El lenguaje se hace realidad en el idiolecto de cada uno y de un grupo social.

Una cosa es la voluntad, perfectamente razonable, de buscar formas en el lenguaje administrativo y otra el registro oral. La norma de la Junta se presenta como preceptiva. ¡Qué aroma más desagradable a ordeno y mando! Un rasgo del lenguaje político es separarse del lenguaje real y estamos superando todos los límites hasta llegar al ridículo. Pongamos algún caso.

Se debe decir 'persona becaria' y no 'becario'. ¿Qué otras criaturas de la creación son becarias? Al decir becario o becaria se incluye persona. Lo mismo con 'personas candidatas' que sustituiría a 'candidatos'. Los 'españoles' y los 'andaluces' serán la 'población española y andaluza'; así cuando se explique la Guerra de la Independencia el profesor dirá: «La población española venció a la población francesa en Bailén». Es necesario saber lo que es el masculino genérico, es muy sencillo.

Ahora que la política se valora como profesión casi indeseable para muchos, se recomienda usar 'clase política', exactamente casi con el valor de casta. Se deberá decir infancia o niñez y no niños. Observe el lector cómo se fomenta el lenguaje literario: «Los niños han roto la cerca» frente a «La niñez, la infancia ha roto la cerca».

Acabo, no se debe decir 'ciudadanos' sino 'ciudadanía'. No creo que le guste al señor Rivera.