El sueño 'hippy' de Gonzalo

Hizo fortuna en Londres con la restauración y venta de casas, negocio al que prestó su alma 'hippy' para poder pagar las facturas de su pasión por el vidrio y las artes decorativas. Especialista en historia antigua por Cambrigde, Gonzalo Fernández Prieto arriesgó y acertó con su museo en el Molinillo, del que habla como del hijo capaz de devolver brillo a un rincón olvidado

Gonzalo Fernández Prieto./Germán Pozo
Gonzalo Fernández Prieto. / Germán Pozo
José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El barrio de Kennington, antes casi un arrabal al sur del Támesis, una zona devaluada para el gusto capitalino e inodora para el olfato de los especuladores, le permitió contra pronóstico dinero sobrado para dar el salto a un rincón degradado de Málaga, frente a la iglesia de San Felipe Neri. Aquí ha apostado con ojos de activista y mecenas del Museo del Vidrio. En Londres restauró y vendió casas donde todos le auguraban el batacazo. Sin el éxito de aquellas operaciones inmobiliarias no hubiera sido posible un sueño malagueño al que precede un camino largo al que, entre risas, le gusta llamar pesadilla.

Desde hace nueve años está en la escala de esos turistas que no dejan palmo de la Málaga antigua sin visitar. El encuentro no suele defraudarlos. Aquí disfrutan de singularidad por todas partes, desde piezas únicas a la posibilidad de que el propio mecenas –en inglés, alemán, francés o italiano– sea el guía que les traslade emoción y conocimiento sin límites sobre un mundo al que se volvió adicto desde la niñez. «Un profesor me aficionó al vidrio como vía para despertar mi curiosidad por el estudio y así me enganché», describe este especialista en historia antigua formado en Cambridge una pasión compartida con una extensa nómina de los que son autoridad y/o artistas en este arte decorativo en el mundo. Entre ellos, amistades labradas por quien no concibe viajar a un lugar donde un amigo no le pueda mostrar cómo se vive allí.

Se fue a Londres para escapar de la «asfixia de una España gris y de una familia de tradición militar, conservadora y religiosa». Si Londres fue su verdadero hogar desde que a los 18 años se marchó de casa en Madrid, en Málaga, dice, está su corazón desde que empezó el siglo. Ya la idea de encapricharse en la compra de una casa en ruinas del siglo XVIII, que fue taller de cerámica, le señaló entre los vecinos con el sambenito de «mafioso alemán que venía a blanquear dinero de la droga». Lo peor, dice, no fue luchar contra este tipo de cosas, sino alejar el expediente de expropiación por ruina de la casa, un proceso que tardó tres años. Al barrio le ha devuelto un pulso que nunca figuró en los planes municipales para llevar vida y visitas a las mismas calles donde bullía el emporio alfarero de la Málaga musulmana. Él se ha encargado de que la historia aquí también empiece a dibujar una forma circular como la de ese horno del siglo XVII que apareció en las catas arqueológicas y que se integrará restaurado en el solar lindante al museo.

Se marchó a Londres con 18 años para alejarse de una España gris y también de su familia

Es la parte destinada a una ampliación que tendrá una zona al aire libre para una selección de creaciones del 'art glass'. «Lo que pretendo con este museo es que se vuelva a recuperar en Málaga la industria del vidrio, que pueda dar lo mejor del pasado para inspirar el futuro, y que pueda además revitalizar el barrio y dar empleo. Si no, ¿qué hago yo aquí?», describe un propósito en el que encuentra irremediables conexiones con su educación en el colegio Retamar, del Opus Dei. «Sigo siendo una persona muy trabajadora, que piensa que tiene que trabajar y que dar trabajo es lo más importante que puede hacer un ser humano. En eso no he cambiado. Soy un borracho del trabajo, como dicen los ingleses», se justifica. Sus planes de que el Museo alimente actividades paralelas están en marcha desde hace un año, con el taller de la familia Cascón –Alberto y sus dos hijos– ubicado en una de las casas próximas que Gonzalo Fernández compró en su día con esa idea, junto a la casona restaurada que alberga su casa y el museo, con 3.000 piezas únicas desde época romana al siglo XXI, vidrieras singulares incluidas.

En el cercano taller, grupos de turistas o escolares toman contacto con las técnicas de uno de los maestros locales del vidrio, al que su mecenas también promociona con encargos fuera de España. Está convencido de que el goteo de este turismo minoritario es el anticipo de palabras mayores como barrio artesanal, pero no tiene prisa. Desde 2003 anda por Málaga en la aventura que empezó como incomprendido y hoy es una realidad sin ayudas públicas, con unas modestas pero sólidas 20.000 visitas anuales, entre las que se cuentan también las de quienes desean disfrutar de la exclusividad de una cena a un paso de uno de los rincones más envolventes del Viernes Santo de Málaga. En el comedor principal, cristalería y porcelanas les transportan dos siglos atrás en la mesa de estilo imperial. La mantilla para ellas, obligada.

–¿Cuántas casas tuvo que restaurar y vender en Londres para no tener que preocuparse ya del dinero?

–Muchas.

–¿Decenas?

–Algunas

–Fernández Prieto se ganó muy bien la vida en el negocio inmobiliario en Reino Unido, pero se queda en los monosílabos para no cuantificar la curiosidad ajena sobre un patrimonio que le permitió pasar de 'hippy' empedernido –'Tangerina', de Led Zeppelin, es uno de sus himnos– a la élite inmobiliaria con la que consiguió el salvoconducto de coleccionista por amor al arte decorativo. «La mayoría de los coleccionistas lo son por inversión. Compran barato a la espera de que se revalorice, pero la minoría nos movemos por puro goce de la belleza», se retrata.

Así pudo ampliar su colección –«mi verdadero hijo»– y dedicarse a viajar por España hasta que en Málaga recibió el «flechazo» para levantar el Museo, 1.200 metros donde muebles, pintura y vidrio son parte del mismo universo que invita a viajar por el ajuar de la historia por sólo seis euros. «Podría haber elegido otras ciudades que se disputaban esta colección y me daban todo tipo de facilidades, pero el día que llegué aquí, cuando entré en esta casa en ruinas, a la hora del Angelus en San Felipe Neri, supe que este era el sitio», recuerda una decisión en la que no ve méritos sino un sueño cumplido.

 

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