José María Porta, el médico que creció entre pigmeos

En África halló su lugar bajo el sol y cambió Sociología por Medicina tras un verano entre misioneros. Se formó como ginecólogo, vivió dos años con su mujer en Malawi y se adentró en la psiquiatría, otro afán tardío del que fue director 22 años del psiquiátrico Sagrado Corazón. Su ONG 'Andalucía por un mundo nuevo' levanta ahora en Malawi una piscifactoría para criar tilapia.

José María Porta Tovar./Francis Silva
José María Porta Tovar. / Francis Silva
José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Vivir dos años «felicísimos»en Malawi le marcó para siempre, pero hubo un antes para el único malagueño/maño de piel blanca que habla y escribe el chichewa. Ha hecho casi de todo como médico en esa África profunda que le ganó para la medicina, «pero de la medicina que mira a esa tierra donde todo es un reto», matiza un flechazo que le alcanzó de lleno por primera vez tras colaborar, estudiante primerizo de sociología, como cooperante con los Padres Blancos. Aquella atracción no dejó ya de formar parte de él. El paisaje sentimental repartido por el continente, y también India, fue el plan de todas sus vacaciones futuras, la mayoría en familia. Recuerda el impacto primero de la entrega de un médico de Teruel, que le acercó a la crudeza de las leproserías en Camerún y a la cirugía sin esperas de casi todo lo operable con casi nada, y a algunas rutinas de guerra.

–Venga, José María, hoy nos vamos a cortar dedos.

«Para la lepra en los años 60 solo había dos remedios: ese o el aceite de chaunura», se asombra aún del binomio radical. A la vuelta del primer verano empezó la carrera, especialidad ginecología, que luego perfeccionó en hospitales de Otawa, EEUU y Reino Unido. El salto a la psiquiatría tardó en llegar a base de sucesivas estancias en los poblados de los pigmeos. «En África es donde más psiquiatría he aprendido», resume el clima de una vocación tardía que luego tomó forma de tesis doctoral a partir de las notas en la selva de Camerún. A Malawi, en el otro costado, se marchó con su mujer y con su hijo pequeño dando sus primeros pasos. La experiencia ininterrumpida de dos años de cooperación –creación de un hospital incluida– la considera pigmea frente a 'gigantes mayores' como el cirujano valenciano Pedro Cavadas o Teresa de Calcuta a la que conoció en 1975, cuando sólo se empezaba a hablar de ella. «No he visto nunca una capacidad de renuncia y de entrega personal tan radical», asegura este médico católico con mucha fe en lo que hace, un psiquiatra enamorado del polifacético nobel Albert Schweitzer y con una visión trascendente del hombre, al que invita a buscar la felicidad –sigue pasando consulta– en los proyectos personales y en las pequeñas cosas. «En los poblados africanos no son más felices que nosotros como piensan algunos», rebate el falso mito de la supuesta ausencia de depresiones. «Desde que venimos al mundo, todos tenemos una misión, y hay quienes quieren tanto a los demás que entregarían su vida por ellos», recuerda la idea que su padre, comandante de artillería, le repitió mil veces y que ese día adaptó a la pregunta del hijo que señalaba el 'todo por la patria' de la puerta del cuartel.

Se trasladó a Málaga porque su mujer no soportaba la falta de sol en Navarra, donde él dirigió dos hospitales

Psiquiatría

No se tiene por estudiante de medicina brillante, «pero sí muy tenaz», cuenta sobre su paso por la Facultad de Zaragoza antes de llegar a Sevilla, su primer destino, donde se doctoró en psiquiatría. 'Pensamiento mágico-primitivo y medicina psicosomática en el poblado de Ngovayang' fue su tesis –año 77–, el parto académico desde la experiencia en la tierra, dice, donde «casi nadie entiende la tarea solidaria de misioneros y sanitarios a cambio de nada». La ONG Médicos Mundi que ayudó a fundar en Sevilla daría paso en el año 2000 a su propio proyecto –Andalucía por un mundo nuevo–, con 170 socios entre Málaga y Sevilla y capaz de movilizar 250.000 euros anuales en cooperación. Como médico cooperante lo suyo ha sido batallar en un entorno donde no podía intervenir «si no era algo exterior y operable, o sea enfermedades de blancos. Bacterias y virus no eran sino males de ojo y maleficios de alguien que los quiere mal porque para ellos la enfermedad y la muerte no tienen razón orgánica», describe los muros ancestrales contra los que se estrellaba con su bata blanca, además de la escasez de medios y más de cincuenta curanderos como competencia. «Las familias venían con sus hijos enfermos, pero era un desastre, confiaban en mí pero también en ellos, que lo que hacían era ponerle lavativas cuando se los llevaban del hospital en el que tratábamos de hidratarlos». Cuando volvió de Malawi tuvo que buscar una seguridad económica. La encontró primero por oposición al Gobierno foral de Navarra. Fue director médico en hospitales de Estella y creó el de Tudela, una etapa de cuatro años. «En África no tenía necesidades económicas prácticamente y podía vivir sin problemas, pero al volver me vi pobre y pensé que la gestión hospitalaria sería un buen camino», justifica un salto profesional que en su segunda etapa le trajo a Málaga, donde ha sido director médico durante 22 años del Hospital Psiquiátrico del Sagrado Corazón. «Mire qué cosa más tonta, pero al final estamos aquí porque mi mujer, que es una santa, no podía con la falta de sol en Navarra». La remota semilla veinteañera de este explorador de cuerpos y mentes crece como un baobab desde su ONG que desde hace dos semanas dirige su hijo Javier, biólogo. «En Malawi, tras el hospital y una granja, proyecta una piscifactoría para criar tilapias, un pescado resistente a enfermedades».

José María, ¿y a las memorias que está escribiendo ya ha pensado el título les va a poner?

–'Misión cumplida, mi comandante'. Por mi padre, ¿sabe?