La farándula de Frandu

Francisco Durán. /Francis Silva
Francisco Durán. / Francis Silva

Su primera escuela fue el orfanato de La Misericordia, y la segunda, el mostrador de Almacenes Lirola, un trabajo al que los fines de semana sumaba el de contratar artistas. El dinero extra se convirtió en su verdadero oficio en una Costa del Sol que pedía cemento y diversión a partes iguales. Yeyés, orquestas, flamencos, folclóricas y humoristas han sido el paisaje de Francisco Durán, que se jubiló cuando el teléfono le dejó de sonar

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Siempre en la sombra, a pie de camerino para que el espectáculo en la plaza del pueblo, el bolo en la caseta de feria o la orquesta en el hotel o la sala de fiestas –Madrigal, Pigalle, El Mañana, Boga Boga, Los Violines, Barbarela o Caprice..– lucieran lo mejor posible. Así, tres décadas que empezaron –recuerda– con un redescubierto Machín en Torre del Mar. También le ha tocado hacer de chófer de los artistas, de confidente, de encubridor de miserias familiares y hasta de cooperador necesario para buscar noches de hotel a enamorados en la España del recato por decreto. Le pasó con Rocío Jurado y su representante y primer novio, Enrique García Vernetta, con el que tuvo una buena amistad. Pero su profesión ha consistido sobre todo en que los artistas contratados llegaran tan puntuales a la actuación como a cobrar a su despacho, de que la satisfacción del empresario/concejal de festejos le permitiera amarrar el próximo contrato. Y, claro, de que todos ganaran dinero:los artistas lo suyo, y él, ese diez por ciento como agente con el que asegura que hizo «un buen dinero», escaso para llegar a rico, pero el suficiente para «disfrutar y vivir al día» después de hacer frente a una familia numerosa y al divorcio tardío de la madre de sus cinco hijos, una bailarina a la que conoció cuando trabajaba en el cuadro de Juanita Reina. Francisco Durán, –más conocido por Frandu, el apócope encadenado con letrero en el paisaje de la Alameda Principal– fue uno de los pioneros de la representación de artistas en Málaga cuando la Costa, y sobre todo Torremolinos, empezó a demandar actuaciones en vivo. Se reúne una vez al mes con músicos veinteañeros entonces que rotaron por grupos como 'Los Kramps', 'Los Adams' 'Los Wido's'... a los que buscó bolos por hoteles y salas. Con 40 años empezó junto a representantes como Arturo Caracuel , «que estaba en el Teatro Chino», o Antonio Rodríguez, el fundador de lo que más tarde sería Producciones Mundo. Era cuando aún trabajaba de dependiente en Almacenes Lirola, un comercio histórico desde el que empezó los fines de semana a hacer pinitos en el «espectáculo». Frandu, cigarra antes que hormiga, ha sido uno de los tipos menos hogareños, pero más acompañados, aunque siempre como ese personaje secundario e imprescindibles del artisteo local y nacional con escala en Málaga. Lamenta que ninguno de sus cinco hijos –«todos con estudios y muy bien situados», dice– quiso acompañarle en su aventura de autónomo, un álbum largo de recuerdos y 620 euros de liviana pensión como autónomo jubilado. Recuerda la sala Madrigal, en Benalmádena, «con orquesta fija de Salvador de Alva» e Ignacio Medina al frente, como la referencia del mejor momento en el que él llevaba 'Pigalle', en el paseo marítimo, un cabaret que los domingos se travestía para ofrecer bailes a los jóvenes en la capital. Francisco vive ahora en casa de uno de sus diez nietos, satisfecho y agradecido a la suerte de una vida privilegiada, casi tanto como esas analíticas rutinarias cuyo cotejo le resulta inverosímil al médico del seguro cuando le pide el DNI: cumplirá 90 años el próximo abril. Pero, en realidad, asegura que volvió a nacer de nuevo un día de enero de 1970 en que un alemán con un mercedes apareció en la calzada contraria en Torremolinos por la que él circulaba y se empotró contra su R-8. «Tenía que haberle metido sacos de arena en la parte delantera a aquel coche con el motor trasero porque acabé destrozado, pero me salvó el doctor Luna, el cirujano de los toreros en Málaga», recuerda con expresión de dolor el percance más grave. Se guarda muchas anécdotas y acumula miriadas de kilómetros. Los inició en vespa y fue sumando hasta doce coches en sus idas y venidas entre Estepona y Nerja. Ese era su espacio natural con fondo hacia los límites de la provincia, donde estaba también atento al calendario fijo de las ferias, ese valor seguro del negocio. «Había que buscar al alcalde o al concejal de festejos, que lo mismo andaba en el campo y tenías que esperarlo horas», traza una estampa habitual de la Málaga interior alguien que prefería buscar trabajo a esperar a que le llegara a mi oficina. «Siempre he sido muy impaciente», se retrata como un hiperactivo que cogía el avión para ir a Madrid para así tener antes los carteles del próximo cantante.

Le ha tocado hacer de chófer de los artistas, de confidente, de encubridor de miserias familiares...

El pequeño

El hijo más pequeño de aquel vendedor de paños que murió joven ya sabía lo que era salir adelante sólo. A su madre, viuda y sin medios para sostener una casa con cuatro hijos, no le quedó otra que meterlo con cinco años en el hogar de La Misericordia. Allí estuvo a salvo de la guerra, pero no de las estrecheces. Sin padre y sin formación de ningún tipo, el orfanato y el mostrador de Almacenes Lirola serían sus verdaderas escuelas de vida y psicología 26 años. «Cuando en la sección femenina me dijeron que ya era casi un hombrecito y que no podía seguir de recadero entre tantas mujeres, me puse a buscar trabajo, y uno de mis hermanos me encontró el de los almacenes», recuerda una historia laboral que arranca con 14 años como aprendiz de dependiente en la sección de perfumería antes de saltar a la farándula. «Soy de los que nunca ha mirado el reloj en el trabajo, que no me faltaba los sábados y domingos», una filosofía de vida que se fue apagando a medida que el teléfono dejaba de sonarle. «Llegaron otros tiempos, Internet y los móviles, y yo no me enteré», se resigna.