En casa de Javier Ojeda

El vocalista de Danza Invisible repasa toda una vida ligada a la música desde su hogar familiar en Churriana

En casa de Javier Ojeda
LORENA CODES

En vez de ser el protagonista del reportaje, el que aparece en las fotografías podría haber escrito estas líneas. La primera vocación de Javier Ojeda no fue la de cantante, él quería ser cronista musical, periodista, «a poder ser de Cultura». Tenía alrededor de diez años cuando la idea le rondaba la cabeza. En aquella época oía a Bonney M y solía tararear un tema de Murray Head, Say it aint so. En su casa se escuchaba flamenco, que era lo que le gustaba a su padre, aunque sus dos hermanos mayores le contagiaron su melomanía de diferente forma. Su hermana Carmen le ponía a Serrat y su hermano Antonio lo introdujo en el rock sinfónico de Pink Floyd o Supertramp. Por entonces a él le tiraban más los temas de los Beatles y Simon and Garfunkel que le enseñaba su profesor de música del Rosario Moreno.

Era un buen estudiante, al menos hasta que cambió de colegio al Cerrado de Calderón en plena adolescencia. «Yo no encajaba muy bien en aquel ambiente y me solía escapar al instituto Santa Paula, donde empecé a relacionarme con los grupos musicales, el primero Sociedad Anónima», recuerda el líder de Danza Invisible, mientras extrae de la prolija discoteca de su casa (posee más de 12.000 títulos) el primer single que adquirió con su propio dinero, Crime of the century de Supertramp. Bowie, los Who,Talking Heads, Supertramp eran habituales de las discotecas de aquel Torremolinos de finales de los setenta que comenzó a frecuentar Ojeda, en la mayoría de las ocasiones de la mano de su hermana Carmen, antes de mudarse allí con la familia.

No es de extrañar que los primeros temas de Danza Invisible tuvieran una indiscutible huella anglosajona. No sólo por lo que escuchaba, sino también por lo que leía. A esta isla de libertad del Sur de Europa llegaban publicaciones especializadas que no se podían encontrar en toda España, como el New Musical Express y otras que los jóvenes perseguían y acumulaban con fervor. De cómo Ojeda dejó de ser el «amigo coleccionista de los músicos» y se convirtió en uno de ellos daría para un anecdotario aparte. Lo cierto es que la casualidad jugó sus cartas en ésta y otras ocasiones clave de su vida. La discoteca Disney fue el escenario del primer acto. Tarareaba un tema junto a Ricardo Texidó y éste le aseguró que valía y lo convenció para hacer una prueba con Danza Invisible. «Fue un desastre total, lo hice fatal y todos pensaron que había sido un error», relata. Sin embargo, continuó acompañándolos en los ensayos, en el sótano de El Capote, en La Nogalera y un día sonó la flauta, se lanzó de nuevo y esta vez les encantó. Corría 1982, el año en que vio la luz Sueños, primer EP del grupo. «Éramos los modernos del pueblo, la gente venía del rock andaluz, con sus melenas, y llegamos nosotros, los raros», recuerda.

Con Música de contrabando (1986) la banda experimentó un cambio, aunque el verdadero gran saltó llegó con Sabor de amor del disco A tu alcance(1988), con el que logró el Disco de Platino que ahora decora una de las paredes del despacho de su casa familiar, la que comparte con su mujer, Gemma, y sus dos hijos, Javier y Pablo. A ella la conoció justo un año antes del salto a la fama, durante un concierto de David Bowie en Madrid. Casi tres décadas más tarde, con más de una veintena de discos en el mercado, algunos éxitos grabados a fuego en la memoria colectiva de los españoles, y muchos, muchos kilómetros de gira en el bolsillo, Ojeda conserva las mismas ganas y energía que en sus comienzos.

Lleno de vitalidad

Muestra inquieto la obra de su amigo Andrés Mérida, portada de su recién alumbrado último disco Barrio La Paz. Actos 2 & 3. Un álbum que reivindica esa Costa del Sol luminosa (en el más amplio sentido) y viva, la que él experimentó en sus comienzos «antes de la especulación urbanística, la corrupción y la crisis», señala. Un puñado de temas que rezuman vitalidad y un profundo conocimiento del hecho musical, algunos de ellos macerados con la colaboración de grandes músicos como Chucho Valdés o La Mari, entre otros. Mientras lo echa a rodar, el músico no para. En su mesilla tiene un par de libros empezados, 31 canciones de Nick Hornby y Dance Music de Luis Iles. Sobre la mesa del despacho la letra de Celebremos de Kool and the Gang, uno de los temas que interpretará junto a otros artistas en el primer Torremolinos Funky Town, un festival que tendrá lugar en el mes de julio.

Es uno de los proyectos con los que está entusiasmado ahora mismo, tal y como corroboran sus hijos. El mayor se acerca a la discoteca para cogerle a su padre un CD de The Doors. «Los dos han heredado mi pasión por la música y son tremendamente melómanos», asegura Ojeda en compañía de Pablo, el pequeño, que se ha estrenado en el último disco de su padre con una colaboración en el Apasionado. «A mí me gusta lo normal, James Brown, por ejemplo, me encanta», dice Pablo, mientras persigue a Jazz, el perro de la familia que juega en el jardín la acogedora villa a las afueras de Málaga. Un refugio coqueto y funcional, decorado con influencias étnicas, en el que se respira paz. «No me veo viviendo en otro sitio, estoy donde quiero estar», concluye el artista.

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