'Ojos de madera': un cuento fascinante, una pesadilla de película

Fotograma de la cinta./
Fotograma de la cinta.

Procedente de Uruguay, es el debut en la dirección del dramaturgo Roberto Suárez que firma esta película junto a Germán Tejeiro

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

La segunda película de la jornada nos ha llegado de Uruguay, 'Ojos de madera', debut en la dirección del dramaturgo Roberto Suárez que firma esta película junto a Germán Tejeiro. Una de las cintas más radicales y experimentales que hemos visto pasar por la sección oficial a concurso. Un cuento por momentos arrebatador por la creación de un mundo onírico que busca ante todo la fascinación estética. Pero la obsesión por la creación de este particular filme va acompañada de una trama leve y opaca que desactiva sus hallazgos visuales.

El protagonista de esta fábula es Víctor (Pedro Cruz), un niño al que la muerte de sus padres convierte en un ser introvertido que se refugia en su propio mundo que lo lleva hacia la locura. El joven es acogido por sus tíos, obsesionados por tener su propia descendencia, lo que contribuye a que Víctor se sienta cada vez más un Pinocho de madera a la búsqueda de sus padres. El joven opta por enmudecer y comienza su particular viaje en el que sus sueños se transforman en alucinaciones.

Esa angustia da pie a lo mejor de esta película conceptual y difícil de clasificar que transita por el cuento siniestro y perturbador que se ambienta en los 50 del siglo pasado y bebe de la iconografía del circo y de evidentes referencias fellinianas como '8 y medio' y 'Roma'. La dirección de arte es un espectáculo, como su fotografía expresionista en blanco y negro con momentos de lúcido color, que aspira a llevarse la Biznaga. Pero este síntesis de lo monstruoso y lo hermoso no se sostiene en este relato laberíntico que da vueltas y vueltas con el único propósito de crear emociones a través de las imágenes. La película avanza como los sueños y acaba convirtiéndose en una pesadilla que aburre. Dejando la sensación de que el montaje final de 63 minutos se ha alargado lo suficiente para ser considerada un largometraje. Aunque por su escaso argumento, el formato de este filme de arte y ensayo hubiera brillado con todo su esplendor como corto o mediometraje.

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