«No podían vivir el uno sin el otro»

El hermano mayor de los gemelos Otxoa relata, tras el fallecimiento de Javier en agosto, el calvario de la familia desde aquel 15 de febrero de 2001 en que a los dos ciclistas los arrolló un coche en Cártama y Ricardo no regresó

Documental de los 17 años de la tragedia. En la imagen, Ricardo (izquierda) y Javier se dan la mano en 1997. / MARTA MADRUGA / PABLO DEL CAÑO | FOTO: TELEPRESS
JAVIER MUÑOZ

Son veintitantas páginas, un relato por entregas de diecisiete largos años de la vida de los Otxoa. Los últimos y más difíciles, los que comprimen el dolor que golpeó cruelmente a una familia vizcaína como cualquier otra. A dos empleados del hospital de Cruces con tres hijos para quienes el mundo dejó de tener sentido el 15 de febrero de 2001. Aquella tarde en que les informaron de que sus gemelos Ricardo y Javier, corredores del Kelme nacidos en Barakaldo en 1974 y afincados en Berango, uña y carne desde la niñez, habían sido arrollados por un turismo Volvo cuando entrenaban en Cártama.

«Estoy lejos. Quiero que seas franco y me digas la verdad», pidió Andoni, el hermano mayor, cuando lo telefonearon. Al principio no le precisaron que era Ricardo el fallecido y el otro gemelo, el superviviente, aunque se encontraba en estado crítico. «Ricardo murió porque el golpe le reventó la aorta, pero, aunque sea paradójico, Javier había sufrido lesiones más profundas», relató Andoni a EL CORREO la pasada semana, palpándose cabeza, pecho, brazos y piernas para subrayar cuán violento fue el impacto sufrido por Javier: daños cerebrales, pérdida de una parte del pulmón, seis vértebras y el húmero aplastados...

Andoni junto a la carretera de Maruri.
Andoni junto a la carretera de Maruri. / J. MUÑOZ

«En 2001, la gente no veía los accidentes de los ciclistas como ahora», continúa Andoni, mientras echa un vistazo a la recopilación de noticias, reportajes, entrevistas y fotografías de sus hermanos. «Hoy conduces con alcohol en sangre o circulas a 180 por hora y te llevan a la cárcel. La gente es consciente de que un vehículo puede ser un arma letal». Al fondo se distinguen las antenas del monte Jata y a un lado se extiende la carretera de Maruri, donde circulan cicloturistas, turismos, autocares y algún que otro camión. «El conductor del Volvo (un docente de universidad) nunca se dirigió a nosotros», se lamenta Andoni. «En el juicio vino a decir que la culpa fue de mis hermanos, pero quedó demostrado que era falso. Todos podemos cometer un error, nadie está libre de ello, pero qué mínimo pedir disculpas».

El escenario de la infancia

Ha pasado un mes desde que Javier Otxoa falleció (24 de agosto) en Alhaurín de la Torre, un lugar querido por la familia, porque, cuando los gemelos eran unos críos, los padres decidieron establecerse cerca de allí, en Málaga, con un clima más seco y adecuado para los bronquios de los niños. Javier murió, pues, en el escenario de su infancia, víctima de un tumor cerebral que tal vez se reprodujo de otro anterior, derivado a su vez de las lesiones sufridas en 2001. La familia lo cree así después de hablar con los médicos, porque tras el terrible golpe que recibió, Javier tenía siete coágulos en el cerebro, y tales antecedentes pueden degenerar en tumores. «El accidente marcó a toda la familia», resume Andoni, quien recuerda cómo hace tres años se fue el padre de los Otxoa, víctima de otro cáncer que le detectaron cuando no había superado la pérdida de Ricardo.

«A los automovilistas –prosigue el hermano mayor– les diría que al cabo del día todos tenemos 40 segundos para esperar sin poner en riesgo la vida de una persona y lo que ella representa, la familia que está detrás... De un instante depende que un ciclista que ha salido a disfrutar o a entrenar vuelva a casa o termine en un hospital o el cementerio». Andoni da otro consejo a los cicloturistas que, provistos de casco, maillot y culotte, están pedaleando en silencio por Maruri mientras evoca a sus hermanos. «Pueden ir en paralelo o en grupo, pero circular en fila india en algunos tramos ayuda a que algunos conductores no se pongan nerviosos y cometan una temeridad».

¿Cuántas veces se ha repetido el drama de los Otxoa, el fatídico accidente de Cártama? Dos deportistas pedalean en el arcén y aparece un turismo... Sucede algo imprevisto; un instante que lo cambia todo. Uno de los ciclistas muere (Ricardo) y el otro permanece dos meses en coma (Javier). A éste lo trasladan en avión del hospital de Málaga al de Cruces y, tras recuperar la consciencia poco a poco, los daños cerebrales le dejan minusvalías físicas y mentales.

En la imagen principal, Javier es trasladado en avión desde Málaga al hospital de Cruces el 30 de marzo de 2001, mes y medio después del accidente, todavía en un coma del que iba despertándose paulatinamente. En otra instantánea Javier contempla una fotografía de él y su hermano cuando estaban juntos en el Kelme. Y por último, su primer oro como paralímpico en los Juegos de Atenas 2004 en la prueba Ruta/Contrarreloj.

«Nos decían que nos nos hiciéramos ilusiones», cuenta Andoni. Sin embargo, Javier se reconstruyó física y personalmente, y brilló como figura paralímpica (medallas en olimpiadas, mundiales y europeos). «Eso le ayudó a seguir sintiéndose ciclista, importante. Y en ese marco encontró más al compañero que al competidor profesional, que es individualista y aparta a los contrincantes. En cambio, un deportista discapacitado es consciente de su lucha diaria».

Andoni conoce al dedillo esa batalla porque los allegados de Javier asistieron a todas las fases de su calvario, a su evolución cuando el tumor cerebral lo recluyó en una silla de ruedas. Incluso en ese momento no se rindió, pero el mes pasado puso fin a su batalla contra las secuelas, una carrera que inició hace más de tres lustros en medio de la oleada de solidaridad suscitada por el accidente. «Todos nos arroparon», agradece Andoni. «Los medios estuvieron encima tanto tiempo... Aquello concienció a muchos. Eran dos hermanos, uno muere y el otro sufre graves secuelas... Un descuido no sólo podía destruir una vida deportiva, sino una vida a secas».

La valía de Ricardo

Pero los aficionados tenían muy fresco en la memoria el espectacular despegue deportivo de Javier Otxoa, y eso añadió todavía más emoción a la tragedia. «Me da pena una cosa. Javier pudo saborear tres Tour, pero Ricardo no tuvo tiempo de demostrar su valía. El accidente se produjo el año en que entendíamos que iba a despuntar». Andoni no alberga dudas, porque los gemelos eran muy similares en todo, incluida la calidad como ciclistas. «Eran iguales», remacha. Lo que pasó, sencillamente, es que el destino escogió a Javier y decidió que, cuando los dos corrían para el Kelme, fuera él quien se impusiera en la etapa de Lourdes-Hautacam en el Tour de 2000. Aunque de aquella fiesta, el 10 de julio en los Pirineos, participaron los Otxoa al completo, incluido Ricardo, que no había sido convocado por el Kelme para la ronda francesa.

«Javier sabía que la iba a liar en Hautacam; quizá no tanto como lo hizo, pero algo sabía», relata Andoni. No era un deportista de los que anuncian cuándo van a ganar, pero esa vez avisó a Ricardo, a su aita y a su tío para que fueran a aquella etapa. Él se escapó y aguantó la persecución de Lance Armstrong, que no llegó a cazarlo, pero se vistió de amarillo. Tras la victoria de Javier, los gemelos se fundieron en un abrazo. «Creo que Ricardo sabía que su hermano había ganado para los dos», resume Andoni. Fue uno de esos momentos en que las piezas encajan y el futuro es un lienzo donde uno puede pintar lo que quiera. «Javier estaba convencido de que en adelante iría hacia arriba. Poco después ganó la Clásica de Ordizia».

Los planes bullían en las mentes de los Otxoa. Javier rechazó una oferta del Mapei italiano porque quería ficharle sin Ricardo. «Les propuso renunciar a una parte del dinero, pero ellos no aceptaron», cuenta Andoni. No hubo nada que hacer, ya que los gemelos habían dicho adiós a la idea de estar separados. Ya se habían alejado cuando Ricardo saltó al profesionalismo un poco antes que Javier, y la suerte no lo acompañó. En adelante, adonde fuera uno debía ir el otro. De hecho, el primer tramo de ese viaje compartido ya lo estaban realizando en el Kelme, donde Ricardo había recalado en 2000, reuniéndose con Javier tras un periodo en la ONCE y un breve paréntesis posterior en el campo amateur. Ese reencuentro en una misma escuadra, sumado a la inolvidable experiencia de Hautacam, hizo tan feliz a Javier que el 4 febrero de 2001 EL CORREO publicó unas declaraciones suyas sobre lo ilusionado que estaba. Apenas faltaban once días para que, entrenando para la nueva temporada, el atropello de Cártama separara a los gemelos para siempre.

Ellos y yo

¿Eran dos corredores en una sola persona? Su hermano Andoni está convencido. Para empezar, es habitual entre gemelos. «En casa nunca habíamos sido tres chicos, sólo dos. A un lado, ellos y al otro, yo. Era de esa forma incluso cuando nos peleábamos de niños. Ricardo yJavier no podían vivir el uno sin el otro». Compartían una especie de sexto sentido que los alertaba. «Si uno estaba en la Vuelta a México y otro corría en Europa, detectaban que había pasado algo. Se llamaban. Cuando uno enfermaba, al otro le ocurría una semana después. Con ellos todo era a medias. La primera moto, el primer coche...». Era tal la complicidad que los ataba que compraron dos parcelas en Alhaurín para construir sus casas y vivir con sus novias uno al lado del otro. Proyectos de vida que quedaron tirados por un arcén en Cártama.

En la imagen principal el rey Juan Carlos entrega a Javier la Real Orden del Mérito Deportivo en 2002. Javier, camino de su victoria en la etapa de Hautacam en el Tour de 2000, y en la prueba contrarreloj individual en la que se colgó el oro

«Cuando Javier despertó en Cruces (fue un proceso en fases sucesivas), yo temblaba de pensar en la pregunta que nos iba a hacer: '¿Dónde está él?'», relata Andoni. Pero la familia no la escuchó en un primer momento; fue después, y su hermano estaba cambiado. Las lesiones parecían haber alterado la forma en que manejaba los sentimientos. El joven divertido y pilluelo se había esfumado. Bastaba reparar en la tristeza de la mirada, reflejo de una transformación cuyos efectos se expandieron a su alrededor y obligaron a todos a adaptarse.

El propio Javier no vaciló en hacerlo. «Los ciclistas son de otra pasta, están acostumbrados a luchar, al esfuerzo», subraya Andoni, que se emociona al describir cómo su hermano superó cada revés, uno detrás otro, hasta el pasado 24 de agosto, la víspera del arranque de la Vuelta a España... precisamente en Málaga. Ese día acabó la historia. Andoni cierra la carpeta donde se guardan las páginas de EL CORREO y sólo alcanza a decir: «Lo que me queda de Javier y de Ricardo, como personas, es que nadie habló mal de ellos. Eso es lo que importa en esta vida, es lo mejor que nos han podido dejar».

CARRERA DEPORTIVA

Profesionales:
Ricardo y Javier nacieron en Barakaldo el 30 de agosto de 1974. De pequeños, la familia se trasladó a Málaga, con un clima apropiado para los bronquios de los niños. Más adelante se afincó en Berango. Los gemelos empezaron a correr en la SC Punta Galea. Como profesional, Ricardo fichó por la ONCE (1995-1998) y tras volver a amateur, pasó al Kelme con su hermano (2000-2001). Javier estuvo en el Kelme (1997 a 2001) y en 2000 ganó una etapa del Tour y la Clásica de Ordizia.
Renacer:
Tras sobrevivir al accidente, Javier se rehizo como paralímpico. En 2007-2008 corrió con Saunier Duval. Ganó un oro y una plata en Atenas 2004 y otro oro y plata en Pekín 2008.

 

Fotos

Vídeos