Torreciudad, orar y rezar

El fundador del Opus Dei levantó el santuario de la Virgen de la localidad oscense para acoger un culto milenario

TEXTO: MARÍA JOSÉ CARRERO FOTO: MAITE BARTOLOMÉ
Panorámica del santuario que se alza sobre el pantano del Grado. Abajo, la familia Lozano-Asensio./
Panorámica del santuario que se alza sobre el pantano del Grado. Abajo, la familia Lozano-Asensio.

P ENDIENTE de todo el que llega, un guarda jurado sale de la garita y aconseja a las visitantes escotadas cubrirse un poco. Sirve con echarse un jersey sobre los hombros o envolverse en un chal. Así empieza el paseo por Torreciudad, el santuario con una torre que se eleva hasta una altura de diecisiete pisos sobre el promontorio del río Cinca. A los pies, el agua turquesa del embalse del Grado. «Es de ese color porque no tiene lodos, el barro se queda en el pantano de Mediano, que está aguas arriba».

Además de un enamorado de este paisaje prepirenaico de singular belleza, José Alfonso Arregui es el director de comunicación del patronato de este centro religioso. Este miembro agregado del Opus Dei trabaja a pie de santuario, en su oficina de información, un edificio construido con ayuda del Gobierno de Aragón. Y es que, además de referencia espiritual de la Obra, Torreciudad es un emblema turístico del Alto Aragón y de toda la región, con alrededor de medio millón de visitantes, entre fieles y curiosos, al año.

Los Lozano-Asensio son del primer grupo. Acaban de llegar de Granada a visitar expresamente este lugar. Les trae la fe. «Yo tenía un especial interés. Para mí era un lugar deseado desde que empecé a leer la vida de San Josemaría». Fernando Lozano es, desde hace año y medio, supernumerario del Opus y, al igual que el resto de miembros de la prelatura, dice 'San Josemaría' -escrito tal cual- para referirse al fundador de la organización religiosa. «Yo no soy de la Obra, pero el lugar me parece espectacular. Aquí se nota la cercanía de Dios. Hay vida espiritual», comenta su esposa, Rosa Asensio. Con ellos, su hija Claudia, de siete años.

Centro de miradas

De no ser por el retablo de alabastro, obra de Joan Mayné, la iglesia de Torreciudad resultaría austera. Los altos muros de ladrillo por los que apenas resbala la luz consiguen el efecto perseguido, que todas las miradas se concentren en sólo dos puntos: la talla del siglo XI de Nuestra Señora de Los Ángeles de Torreciudad y el óculo que acoge al Santísimo. A la izquierda, una impresionante escultura de San Josemaría orante. «Éste es un sitio para rezar», recuerda Arregui.

El comentario no viene mal para explicar que la iglesia de Torreciudad, obra del arquitecto Heliodoro Dols, apenas se recorre porque, al carecer de capillas laterales, hay poco ver. Sólo se reza. Y cómo. Y cuánto.

Hacia una única dirección

Y es que en este lugar, todos los caminos tienen una única dirección: la oración. Así, repartidos por el recinto del santuario están representados en cerámica los veinte misterios del Rosario, obra del artista aragonés José Alzuet, que la gente piadosa visita mientras masculla las avemarías.

Además, desde la carretera que lleva a la pequeña ermita donde, hasta 1975 estuvo la imagen milenaria de la Virgen, parte un camino entre rocas y olivos jalonado por las catorce estaciones del Vía Crucis. Bajando desde la explanada principal a la primitiva capilla se disponen las escenas de 'los dolores y gozos de San José'. «Se trata de catorce acontecimientos, agrupados de dos en dos, que reflejan la vida del santo», detalla Arregui.

Desde el exterior del templo, por una rampa circular, se accede a la cripta, donde hay cuarenta confesionarios repartidos en tres capillas, dedicadas a Nuestra Señora de Loreto, la Virgen del Pilar y Nuestra Señora de Guadalupe. «Inglés, castellano e italiano», pone en un cartel. Son las tres lenguas en las pueden los fieles hablar de sus pecados y arrepentirse de ellos. «¿Para qué tantas cabinas?». «Pues, en días determinados, todos están ocupados», comenta el responsable de la oficina de comunicación. «El deseo de San Josemaría era que éste fuera un lugar de penitencia», añade Fernando Lozano.

Sara y José, una pareja de Castellón, están de vacaciones y han aprovechado el día para conocer Torreciudad. Les acompañan su pequeña hija Julia y un amigo, Óscar. «Soy hija de aragoneses y no conocía esto, así que hemos venido a verlo. No soy practicante, pero es un sitio muy bonito, llama la atención». Aunque Sara no ha venido a rezar, lleva los hombros cubiertos con un fular. Así es Torreciudad.

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