Toallita, el monstruo de las alcantarillas

Los desperdicios arrojados por el retrete forman masas gigantes que atascan las redes de saneamiento. En España gastamos 4.000 millones de toallitas de váter al año. La mayoría no se deshacen

Vídeo: Una inmensa bola de toallitas higiénicas colapsa un colector en Valencia
INÉS GALLASTEGUI

El monstruo de las alcantarillas no tiene dientes, garras ni cola. No es un ser mito lógico ni el resultado de un experimento nuclear. Tampoco es una leyenda urbana; es muy real. La semana pasada se encontró un ejemplar de 100 toneladas de peso y 75 metros de largo en la red de saneamiento de San Sebastián. Lo curioso es que las ‘crías’ de estos engendros tienen un aspecto de lo más inocente: pequeñas, blancas, suaves y perfumadas. Son las toallitas higiénicas ‘desechables’ y viven en nuestros cuartos de baño. Pero una vez liberadas por el inodoro, se juntan con otras, atraen grasa y otros residuos orgánicos y forman gigantescas masas pestilentes y viscosas, capaces de obturar colectores y depuradoras. Ciudades de todo el mundo les han declarado la guerra, porque causan enormes daños económicos en reparaciones y contaminan el medio ambiente. Los anglosajones han inventado el lema de las tres ‘p’ para concienciar a la población: «Si no es ‘pipí’, ‘popó’ ni papel, no lo arrojes por el váter». Dicho de otro modo: no tires la toallita.

«Si no es ‘pipí’, ‘popó’ ni papel, no lo tires por el váter», es el eslogan de las 3 ‘p’

El fenómeno es relativamente nuevo. Este producto de higiene personal irrumpió en el mercado a mediados de los 2000 con un cometido muy concreto: mejorar el trabajo del papel. Cuestan más que el clásico rollo –entre 1 y 4 euros el paquete de 100–, pero a cambio prometen «limpieza completa», «frescor», «suavidad» y «confort». Algunas tienen camomila, aloe vera y vitamina E. Las hay infantiles, desinfectantes, sin alcohol ni parabenos, con PH neutro... Lo novedoso de estas toallitas respecto a las que ya existían –de bebé, desmaquillantes, íntimas, refrescantes y domésticas– es que en sus envases se publicitan como «desechables por el WC» y algunas también como «biodegradables».

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«Un pollo también es biodegradable, pero no lo tiramos por el váter», argumenta Fernando Morcillo, presidente de la Asociación Española de Abastecimiento de Agua y Saneamiento (AEAS), que agrupa a 330 compañías. Es decir, casi todas las materias se degradan antes o después, pero algunas, como los plásticos, pueden tardar muchos años, incluso siglos. Y la mayoría de estas toallitas contiene fibras sintéticas de plástico.

Multas sin éxito en Valencia

En España el problema ha afectado a ciudades de todos los tamaños, desde Jaén hasta Madrid. En Valencia la alarma saltó antes del verano por un pequeño vertido de aguas fecales al cauce del río Turia. Buscando su origen, los técnicos encontraron una amalgama que bloqueaba por completo el paso de las aguas residuales a lo largo de un kilómetro en el colector norte, en la zona de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, aunque hay otros 3 kilómetros afectados. «Llevan sacadas 500 toneladas y hay más. La retirada ha costado hasta ahora 2,3 millones de euros y las obras pueden durar seis meses más», explican fuentes de la Concejalía del Ciclo Integral del Agua. La actual corporación (Compromís-PSOE) admite que la ordenanza aprobada en 2015 por el gobierno popular –que prohibía arrojar toallitas al inodoro bajo multa de hasta 3.000 euros para las comunidades de propietarios– no ha sido de gran utilidad: estos pañuelitos son lo bastante finos como para salir de las fincas, casi siempre, antes de formar atascos, ya en la red pública. «No es fácil detectar de dónde proceden», aseguran. No ha habido sanciones.

Cifras

El váter no es una papelera
No deben arrojarse preservativos, compresas, tampones, bastoncillos de oído, colillas ni toallitas húmedas no desechables.
15.000
millones de toallitas húmedas de todas clases consumimos al año los españoles, según Ubesol, líder del sector. Un 25% son para usar en el retrete.
6
horas como máximo tardan los residuos en llegar desde nuestros desagües a la depuradora. Si no se han deshecho por el camino, hay riesgo de atasco.
Pagamos todos
«A corto plazo el coste de las obras de prevención y reparación de las redes puede recaer en las empresas de saneamiento, pero al final repercute en los clientes», reconoce Fernando Morcillo, presidente de AEAS
5
euros por usuario y año es el sobrecoste causado por las toallitas, cerca del 7% de la factura. El total en España, 300 millones de euros, según la OCU.

En Reino Unido, las empresas de saneamiento están que trinan con los llamados ‘fatbergs’ (algo así como ‘icebergs de grasa’).En el barrio londinense de Whitechapel batieron el récord hace dos semanas con un ‘tumor’ de 130 toneladas, tan pesado como 11 autobuses de dos pisos y tan largo como dos campos de fútbol. En Estados Unidos, los gobiernos locales tratan de poner coto a este escatológico asunto. Wyoming, Minnesota, denunció a Procter and Gamble por publicidad engañosa. Washington DC estableció por decreto qué significa ‘desechable por el inodoro’ (‘flushable’, en inglés): un producto no textil, que se disgrega en un corto periodo de tiempo en un sistema de alcantarillado, no flota y no contiene plástico u otros materiales que no se degraden inmediatamente en un entorno natural. La industria se defiende en los tribunales; se juega mucho.

Los daños pueden producirse en diferentes puntos de la red de saneamiento. Si se atascan las arquetas de casas unifamiliares o bloques de pisos, las aguas residuales inundan garajes y pisos bajos. Ya en la red pública, la obturación de pozos de registro, colectores y sistemas de bombeo y depuración son puntos conflictivos. Aparte de averías en la infraestructura, pueden producirse vertidos de aguas fecales en ríos o aliviaderos.

Deshacerse de estas madejas casi indestructibles es un trabajo «penoso», recuerda Morcillo. Mientras la gran mayoría de las tareas en estas compañías permiten que los trabajadores no entren en contacto directo con las aguas negras, eliminar una de estas bolas es un trabajo de pico y pala. Literalmente. Los restos del ‘monstruo’ no pueden ser reciclados; son carne de vertedero.

Prueba de que se trata de un problema global es la existencia del llamado Grupo Internacional de Operadores de Servicios de Agua sobre Productos Desechables por el Inodoro, que reúne a 300 empresas de 25 países. Esta especie de ‘Comité de la Toallita’ está elaborando una norma ISOpara determinar qué tipo de artículos pueden ser arrojados por el retrete y cuáles no. La española podría estar lista en un año.

Arriba, muchas marcas de toallitas no se disuelven en el agua, aunque así lo proclamen. Abajo, a la izquierda, un operario observa la masa de toallitas extraída de un colector en San Sebastián este verano. A la derecha, un operario de la red de saneamiento de Londres trabaja en la extracción de un tapón de 150 toneladas. / R. C. | Sara Santos | AFP

La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) realizó el año pasado un estudio comparativo entre 15 marcas que se anunciaban como ‘desechables’, otras 4 que indicaban expresamente que no debían ser arrojadas al baño y el humilde papel de toda la vida. «Tras simular su uso y después de dos días sumergidas en agua, agitándolas constantemente, su porcentaje de desintegración no llega al 50% en el mejor de los casos, frente al 95% del papel higiénico, que se deshace en media hora», concluye el estudio.

La OCU reclama a los fabricantes que eviten confundir con el logo de la taza de váter o la expresión ‘papel higiénico húmedo’ a la Administración, que exija «pruebas estandarizadas de disgregación»; y a los consumidores, que, si deciden usarlas, las arrojen a la basura, como los pañales, las compresas o los tampones.

«Una acción inocente tiene un enorme impacto sobre el medio ambiente y sobre las arcas de la ciudad», dijo ayer el concejal del Ciclo Integral del Agua de Valencia, Vicent Sarriá, que anunció una campaña de concienciación ciudadana y pidió a los fabricantes que inviertan en sostenibilidad.

Justos por pecadores

Algunos ya se han puesto a la tarea. Ubesol, proveedor de Mercadona y líder del sector en España, presentó en octubre pasado su nueva gama de papel húmedo biodegradable, disgregable y elaborado sin plásticos, con fibras de celulosa y viscosa 100% naturales, según la información facilitada por la empresa valenciana. La firma, que colabora con las compañías de saneamiento por la autorregulación del sector, ha sometido el producto a diversos ensayos. Su director general, Antonio Guerola, lamenta que se meta a todos los fabricantes en el mismo saco: «Nosotros queremos que se tire por el WC lo que se puede tirar y lo que no, no». Cree que, en esta crisis, pagan toallitas ‘justas’ por ‘pecadoras’: en el análisis de uno de esos ‘monstruos’ de las alcantarillas, descubrieron que en la maraña había de todo. También toallitas, sí, pero de las sintéticas.

Según un informe de la ONG ecologista británica Marine Conservation Society, algunos de estos pañuelos llegan íntegros al océano: sus voluntarios encontraron más de 4.000 en las playas. Otros se descomponen en microplásticos que entran en la cadena trófica al ser tragados por el zooplancton, a su vez alimento de los peces. En el extremo de esa cadena estamos los humanos. Y así se cierra este inquietante círculo: del baño a la mesa.

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