Diario Sur

«Sólo desde la ignorancia se puede ver con lástima a los deportistas discapacitados»

Eva Giménez, en la piscina exterior de Carranque, donde prepara a sus nadadores.
Eva Giménez, en la piscina exterior de Carranque, donde prepara a sus nadadores. / Fernando González
  • Eva Giménez, entrenadora de nadadores de la ONCE. Convirtió un revés laboral en una oportunidad para convertir en profesión la natación; un deporte que, además de comer, le da «la vida»

Corría el año 2010 cuando el vórtice de la crisis le dejó sin su trabajo en la factoría de Fujitsu en Málaga. A mil kilómetros de su familia, con 41 años y sin saber hacia dónde seguir. Lejos de rendirse, Eva Giménez (Barcelona, 1969) decidió darle un giro a su vida. Así fue como regresó a la natación, el deporte con el que forjó su infancia en el Club Natación Sabadell a las órdenes del mítico Paul Wildeboer. Empezó a sacarse títulos y, por esas circunstancias que se dan la mano, acabó de entrenadora de nadadores de la ONCE en Málaga. «En mi primera entrevista de trabajo me taparon los ojos para que me sintiera como ellos». Ahora dirige a un grupo que ya ha cosechado varios subcampeonatos de España. Y adora su deporte. Tanto, que ella misma compite en master, la categoría senior de la natación. Este verano ha recorrido más de treinta kilómetros de la Costa a nado. «Por diversión».

Tengo verdadera curiosidad por saber cómo es su trabajo.

No es muy distinto al de otros entrenadores. Tienes que hacer un poco de mami, de psicóloga y de bruja, porque son niños de entre 12 y 17 años.

A ver, explíqueme eso de bruja.

Tienes que entenderles y saber que, por sus deficiencias visuales, el esfuerzo para estudiar es tremendo.

Ya. ¿Ayudarles a que compaginen deporte y estudio, no?

Exacto. Les hago ver que hay nadadores paralímpicos, que están en la Blume y estudiando una carrera. Aunque me cuesta hacerles ver que entrenar es sagrado.

Bueno, pero eso es como cualquier deportista de esas edades.

Sí, sí. Pero no les puedes tratar con pena, porque a mí no me dan pena.

¿Qué fácil es caer en eso, verdad?

Quizá cuando vives en la ignorancia. Sólo desde ahí se puede tratar a un deportista discapacitado con lástima. Yo pienso que, ya que tienen esa discapacidad, están preparados para desarrollar otra capacidad.

Lo tiene usted cristalino.

No les trato como bebés, sino como nadadores, que es lo que son. Ya me preocupo yo como entrenadora de adecuar los niveles. Pero siempre les digo que deben aprovechar esos recursos que les pone la ONCE para desarrollarse en su deporte.

¿Y los padres, entienden eso? ¿No esperan paños calientes en cierta medida?

Ellos saben cómo soy y lo entienden. Esos padres han superado que sus hijos tienen una discapacidad y, en consecuencia, han dejado atrás la sobreprotección.

No tratarlos como especiales.

Exacto. Deben ir a campamentos, caerse y romperse la barbilla como cualquier otro niño.

¿Y la preparación, difiere de la de la natación convencional?

No mucho. A nivel físico sí hay algunas diferencias. En muchas ocasiones porque cogen malas posturas por sus deficiencias visuales y eso les repercute en el trabajo físico. O porque es muy frecuente que tengan patologías asociadas que condicionan su preparación. Por lo demás, no.

O sea, el mismo sacrificio, las mismas renuncias, pero desigual reconocimiento.

Desde luego, no se le da el mismo valor a una medalla paralímpica que a una olímpica, ¿a que no?

No, qué injusto. Pienso en la hazaña de Teresa Perales en Río, qué poca repercusión ha tenido.

Buen ejemplo. Nadie ve lo que hay más allá del crono, el sacrificio que usted mencionaba. Y ellos añaden al sufrimiento su discapacidad.

¿Qué duro debe de ser eso, verdad?

Y tanto. La primera vez que fui a un campeonato de natación adaptada me pregunté cómo son capaces. Ahora pienso en la suerte que tengo.

¿Cómo?

Suerte de estar con ellos, de interactuar con ellos, de aprender y crecer con ellos.

¿Se aprende, verdad?

Mucho. Aprendes a valorar lo poco que tienes y a dosificar aquello de lo que tienes mucho, a no desperdiciarlo.

Usted es también monitora de natación terapéutica para plurideficientes. ¿Qué les da el agua?

Movilidad, lo que no tienen fuera. En el agua no pesan y pueden mover sus brazos y piernas.

Se sienten libres.

Libres y felices.

Qué bonito. ¿Bueno, y a usted, qué le da la natación, que este verano se ha nadado media costa de Málaga?

(Risas). Sí, era un reto particular en aguas abiertas. Y hemos hecho más de una treintena de kilómetros a nado. Me da fortaleza mental.

¿En qué sentido?

Mire, físicamente estoy muy tocada, con una artrosis degenerativa de rodilla. Y el agua es el único sitio donde no me duele nada. Me siento poderosa.

Es una terapia.

Totalmente. Hay gente que no lo entiende. Que cree que es muy aburrida. Y no lo es, usted lo sabrá bien. Cuando estás en el agua cuentas brazadas y no piensas, ¿verdad?

Ya le digo. Sólo escuchas tu respiración y te dejas ir.

Exacto. Pero esa sensación la gente no la conoce.

Pues no. Al final va a ser verdad ese dicho de que sólo entre nadadores nos entendemos.

(Risas). Eso seguro.