Cita en el SUR

Yo lo sabía, pero

Los hijos de las bielorrusas meriendan como el que más

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

Un simpático empresario sevillano empujó a Teresa Rodríguez, le tapó la boca con la mano y se besó en la mano como si la besase a ella en los labios, al otro lado de la mano del empresario saleroso. Los hechos fueron grabados por una cámara de seguridad y además había varios testigos, casi todos empresarios de la Cámara de Comercio de Sevilla, donde era vocal el tío que tiene todo el arte, quienes han reconocido los hechos, incluso él mismo, qué age, alegando que se trataba de una broma, pues «Teresa Rodríguez es de Cádiz y en Cádiz hacen chirigotas», sin duda argumentos de peso, de beso (beso a quien me da la gana, qué poder). A nadie le ha extrañado que Teresa Rodríguez denunciase los hechos, todos habríamos denunciado ¿no? Pues no, claro que no. Imaginemos que Teresa Rodríguez no fuese Teresa Rodríguez, política conocida ¡y con testigos!, sino una becaria que se cruza en el pasillo vacío con un catedrático respetable, un amigo de su padre, que después de la agresión se lo cuenta a una compañera (¿todos lo contaríamos?, ¿nos resultaría facilísimo confesar un episodio de abuso y humillación?) y la compañera dice ya, es así, o no le hagas caso, o denuncia pero nadie te va a creer porque no había testigos dispuestos a reconocer los hechos ni cámara de seguridad ni tú eres una persona cuya voz vaya a ser escuchada por encima de la de él, ni es demostrable y a lo mejor hasta es mentira, oye, o tú es que tonteas un poco con él, no digas que no. Y encima en tu pueblo cantan chirigotas, so puta.

O eres una limpiadora bielorrusa con un contrato por horas y dos hijos que estudian, porque los hijos de las bielorrusas estudian y unas horas después de comer van y meriendan, y con el dinero del trabajo -que menuda suerte tener un trabajo con contrato- la señora bielorrusa que ahora somos usted y yo compra pan y salchichón para las meriendas, y el jefe que asigna los turnos (y seguramente no paga las horas extras) va y te besa por la fuerza y te manosea y tú vas a la policía y el empresario dice pero qué dice la rusa esta (que además no es rusa sino bielorrusa, detalles sin importancia que suman vulnerabilidad: no eres nadie) y en dos meses le cumple el contrato. Si conseguimos meternos en la piel de la mujer bielorrusa podemos entender un hecho que para nada es anormal (por copiar un dato indirectamente relacionado de la portada del periódico de ayer: en Málaga hubo más de dos mil denuncias en el segundo trimestre de este año por violencia de género, vivan las chirigotas).

Podemos intentar comprender por qué no se denuncia, pero sería errar el objetivo. No se trata de construir la defensa de las víctimas, que también, sino de fijarnos en los culpables. Tirando del hilo de las víctimas podemos llegar casi a culparlas. ¡Encima no denuncia! Yo soy la bielorrusa y mi mujer y mi hermana y mi hija y yo mismo con mi organismo. El culpable es el acosador. Y los testigos, cobardes. Yo lo sabía, pero.

Fotos

Vídeos