Accesos inaccesibles a la playa

Leonardo al borde de las escaleras de la playa cercana a su casa. :: charo márquez

Una madre de Estepona denuncia la dificultad de su hijo, afectado de distrofia muscular, para llegar a la playa

Charo Márquez
CHARO MÁRQUEZ

Solemos quejarnos cuando bajamos a la playa porque vamos cargados con la sombrilla, las toallas, las neveras. Y pensamos: ¡Qué difícil es llegar a la playa! Ni punto de comparación con la dificultad que encuentra el pequeño Leonardo Rueda, de 11 años, desde su silla eléctrica. Bajar desde su casa a la playa es toda una odisea, una carrera de obstáculos. Su madre, Tamara Jiménez, ha iniciado una campaña en las redes sociales para denunciar los escasos accesos adaptados para discapacitados de las playas que se encuentran fuera del núcleo urbano de Estepona.

Tamara argumenta que desde la Semana Santa el municipio luce sus accesos adaptados en las playas del centro, pero no ocurre lo mismo en el resto del litoral esteponero, como en la zona de Hacienda Beach, a seis kilómetros del centro, donde vive con su hijo. «Cada año tengo que solicitarlo en el Ayuntamiento cuando saben que tenemos esta necesidad, año tras año; sin embargo lo hacen sin problema en las playas del casco», se queja.

Tras sus mensajes en las redes sociales el Ayuntamiento ha instalado pasarelas de madera, pero las pequeñas ruedas de la silla de Leonardo se quedan atrapadas en el espacio que queda entre los listones. A ello hay que sumar los desniveles, las separaciones entre la pasarela y el pavimento, los escalones. Obstáculos insalvables para este tipo de sillas.

Leonardo padece distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad genética degenerativa. Se trata de una enfermedad rara que sufren unos 800 niños en España. Tamara relata que desde muy pequeño su hijo se caía constantemente. Creían que podría ser algún problema de equilibrio. Pero no fue así. Desde los 8 años Leonardo está sentado en su silla eléctrica. Su madre trata de que sea lo más autónomo posible, pero encuentra continuas barreras en su camino.

«Muchas veces pienso que Dios me ha dado un niño así para que yo sea tan reivindicativa», reflexiona Tamara Jiménez. En otras ocasiones se dice a sí misma que quizás es demasiado exigente o que se queja por todo. «Pero es que queremos que nos faciliten el camino, y no sólo a mi hijo, sin a todas las personas que tienen una discapacidad y encuentran a diario problemas para moverse por sí mismos».

Otra de sus demandas en verano son las sillas para el baño, que sí se ofrecen en las playas del centro. «Yo tengo que coger a mi hijo en brazos para meterlo en el agua. Peso 38 kilos y mi hijo 26 y de tanto cargarlo me está provocando una hernia», expone Tamara.

Agradece al Ayuntamiento que le hayan colocado un vado para aparcar su coche o que le hayan construido una rampa en la puerta de su casa. Pero Tamara sigue encontrando barreras cotidianas y motivos para reclamar. Por ejemplo, en los autobuses de línea. Se han hecho los rebajes pero las plataformas de los vehículos no están adaptadas para las sillas eléctricas, solo para las sillas de ruedas tradicionales. Los parques de juego tampoco disponen de elementos para niños discapacitados, denuncia Tamara, que demanda al menos un columpio en el que Leonardo pueda balancearse.

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