Cumpián: el último impresor a plomo

El poeta malagueño cumple tres décadas componiendo libros letra a letra en su imprenta

Francisco Cumpián, junto a su imprenta Monopol. / Ñito Salas
Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Un halo de bohemia rodea el cuerpo enjuto de Francisco Cumpián. Será el pañuelo anudado al cuello, el cigarrillo siempre a punto en los dedos recios y afilados, el bigote canoso y la mirada líquida. Será porque siempre parece estar pensando en otra cosa. Quizá en el próximo verso o en el próximo libro. Volúmenes que compone a mano, letra a letra. «No es que me sienta así, es que es una realidad: soy el último de una estirpe», concede el poeta malagueño, el último impresor a plomo.

Cumpián lleva tres décadas cuajando libros hermosos desde su taller situado en la calle Frailes, a la espalda del Teatro Cervantes. «Llegué a la edición porque soy poeta, primero, y luego porque me enamoré de las ediciones tipográficas de Manuel Altolaguirre y Emilio Prados», recuerda Cumpián sobre un arte que empezó a sabiendas de que languidecía sin remedio. «Cuando yo empecé la tipografía ya acababa, porque ya no se hacía nada en esa técnica, sino en otros métodos más actuales. Si no hubiera sido por la tipografía yo no me habría dedicado a la impresión», sentencia el autor.

Y esa agonía encuentra su final más cerca en cada objeto que brinda cargado de belleza. Porque cada vez que la letra de plomo se moja en tinta y muerde la hoja de papel, se desgasta. Y ya tampoco fabrican letras de plomo, como lamenta el propio Cumpián: «Las letras que quedan son las que yo tengo y alguna compañía en Barcelona, que las venden para coleccionistas. En Málaga está la imprenta Sur de la Diputación, que tiene muchas más familias de letras que yo, pero la tienen como museo».

Libros hechos letra a letra, verso a verso.
Libros hechos letra a letra, verso a verso.

Y en esas letras reside la leyenda negra del oficio de impresor. Porque cada pieza está elaborada con una aleación de plomo y estaño. Y el plomo se filtra en el cuerpo a través de la piel hasta resultar cancerígeno. Cumpián escucha el relato como quien lo ha oído miles, millones de veces. Se encoge de hombros y comenta, casi con desgana: «En Francia está prohibido, porque la aleación de plomo es cancerígena. Antiguamente, los tipógrafos tenían derecho todas las noches a un litro de leche porque pensaban que era beneficiosa para la salud, aunque después se demostró que no servía para nada. El que está todos los días durante muchas horas y muchos años quizá tenga algo, pero yo no estoy ocho horas. Yo compongo, corto el papel, lo encuaderno...».

Porque Cumpián elabora cada libro desde la nada. Elige el formato que quiere darle y corta las hojas en ese tamaño, compone letra a letra cada verso de cada poema de cada página, luego las cubiertas con caracteres más grandes, después dobla los pliegos, los cose, los apila y los entrega a quien quiera comprarlos. «Muchos han sido encargos de las instituciones. También encargos para una autoedición de un poeta, pero mis propias ediciones dependen de mí: elijo qué poeta edito. Mis colecciones no son muy largas, me canso y cambio de colección, porque si no me aburro», comenta.

La belleza es la ley

Porque en el taller de Cumpián la única ley es la belleza. Por eso decidió editar en un formato inverosímil ‘Me gusta cómo montas en bicicleta’, el libro con poemas de Jesús Aguado e ilustraciones de Chema Lumbreras que parece un listón de madera. «Lo hice así porque tiene versos muy largos y no quería romperlos», admite Cumpián mientras se encoge de hombros, como si esa caja roja de medio metro fuera el libro más normal del mundo.

También le resulta natural no llevar la cuenta de los libros que ha creado, de las colecciones que ha ido alumbrando a lo largo de tres décadas, lo que no quita para que Cumpián reivindique su papel como heredero de la tradición tipográfica malagueña: «Lo que he aprendido lo he hecho siguiendo la escuela malagueña de tipografía de Altolaguirre y Prados y Juan Ramón Jiménez, que crearon una nueva forma de ver los libros de poesía, dándole importancia a los blancos. En el XIX a los libros les daban miedo los blancos, estaban llenos de grabados... Dejar la página inmaculada con el poema en medio, que respira y se lee mucho mejor... Esta escuela, que tiene una tradición hasta mí».

Porque Cumpián se sabe el último de una especie. Entonces, ¿por qué seguir? «Lo hago porque me gusta. Me gusta hacer libros bonitos. A ver, cuesta el mismo trabajo y el mismo dinero hacer un libro bonito y uno feo. Lo mismo. A mí me gusta hacer libros bonitos, además que me salen bonitos». Y sonríe pícaro.

Cumpián intentó ser librero es este mismo taller con El Árbol de Poe, pero aquella aventura no cuajó en su manera de entender la vida: «Me duró 10 años y la cerré porque era una ruina, sobre todo por los impuestos. Tenía una clientela muy buena, pero muy corta y la tuve que cerrar porque no podía pagar el autónomo y me arruinaba. No podía pagarlo, o si podía tenía que quedarme aquí después de cerrar y no me daba la gana, quería irme a tomar un vino y una tapa».

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