La Puerta del Mar… y otras puertas malagueñas

La así denominada fue la más importante de las que se abrían en la muralla que conformó el perímetro de nuestra población

Vista parcial de Málaga levantada el año 1562 por Antoon van den Wyngaerde/
Vista parcial de Málaga levantada el año 1562 por Antoon van den Wyngaerde
Manuel Olmedo
MANUEL OLMEDO

Las primeras murallas malagueñas comenzaron a construirse hará unos 25 siglos, cuando los cartagineses comenzaron a enzarzarse con los romanos en las llamadas guerras púnicas. De aquellas primitivas fortificaciones, luego reformadas y ampliadas por los romanos, o de las posteriores musulmanas, que agrandaron la superficie de nuestra población, nos quedan bastantes tramos de sus cimientos -soterrados- y algunos lienzos de muralla, si bien alterados por el correr de los siglos, como los que hoy podemos contemplar en la Alcazaba, en al menos dos zonas de la calle Carretería o en el Pasillo de Santa Isabel.

La primitiva MLK fenicia y luego la Málaka romana y la Máliqa árabe fue expandiéndose con el transcurso de los siglos, ganando terreno al río Guadalmedina y al mar. Cristianizada la ciudad tras su conquista por los Reyes Católicos, pocas alteraciones sufrió su caserío, encerrado en la cerca musulmana. Eso si: la expansión se produjo en forma de estrella, cuyos picos apuntaron a los conventos de la Victoria, de Capuchinos, de la Trinidad y del Carmen.

Medio kilómetro ha avanzado la fachada de Málaga hacia el mar desde que hacia el siglo XIII se construyó el gran edificio de las Atarazanas delante de la muralla que miraba al frente marítimo malagueño. Más de 500 metros ha avanzado la ciudad desde entonces. De este importantísimo espacio, de la Alameda, el inolvidable Francisco Bejarano dejó escrito muy poéticamente que «nació, como Afrodita, de la espuma nacida del continuo besar de las olas en la playa».

Resulta un poco inútil describir lo que fue el frente marítimo malagueño cuando por fortuna tenemos la maravillosa y exacta vista de Málaga levantada el año 1562 por Antoon van den Wyngaerde, un extraordinario dibujante -hoy diríamos perspectivista- enviado por el rey Felipe II a las principales ciudades de sus reinos para reunir una colección de hermosísimas vistas. Hoy tan singular e importantísimo testimonio gráfico de cómo era Málaga en el comedio del siglo XVI se conserva en el Ashmolean Museum de Oxford.

La Puerta del Mar fue la más importante de las que se abrían en la muralla que conformó el perímetro de nuestra población. Junto a ella, a comienzos del siglo XVI, se construyó una pequeña capilla consagrada a Nuestra Señora de Puerto Salvo, que tenía un fanal para guiar durante la noche a los buques que buscaban atracar con sus embarcaciones en aquel gran playazo. Y, para facilitar la conexión del interior de la población con el gran arenal frontero al mar, a fines del siglo XV se abrió la calle Nueva, que recibió tal nombre porque fue la primera que rompió la intrincada trama urbana musulmana, constituyendo así un claro antecedente de la actual calle Larios.

Pero la Puerta del Mar se fue quedando cada vez más atrás, desde que la población comenzó a rebasar las muralla, es decir casi inmediatamente después de haber sido conquistada a los árabes. En sus inmediaciones se construyó una pequeña aduana, y muy cerca de ella se le concedió al marino vasco Arriarán una parcela de terreno en premio por la actuación de la flota que mandaba durante el asedio de Málaga por los Reyes Isabel y Fernando. En aquella parcela construyó su nuevo propietario una manzana de casas, que por estar aislada recibió con toda lógica el nombre de «isla de Arriarán». Y, en el espacio contiguo, se situó el «rollo», es decir el lugar en donde se ajusticiaba a los condenados a muerte. Entonces las ejecuciones eran públicas por efecto de la ejemplaridad.

Las murallas de Málaga, que comenzaron a derribarse a fines del siglo XVIII, gracias a las acertadas disposiciones de José de Gálvez, que junto con su hermano Miguel y el gran Cánovas del Castillo han sido los gobernantes que más se han esforzado por mejorar nuestra población.

Medio kilómetro separan hoy las Atarazanas del cantil o borde del muelle de Heredia. El extenso playazo que conformaba este espacio fue la principal zona portuaria de Málaga durante al menos seis centurias: aquel gran arenal fue almacén, taller, mercado, fielato, astillero y zona de carga y descarga de la pesca y de las mercaderías que entraban o salían de Málaga a bordo de las ligeras naves veleras de la época. Tan amplio era el espacio que a fines del siglo XVIII el ingeniero militar Alfonso Ximénez propuso construir una plaza de toros junto al castillo de San Lorenzo, con el fin de emplear el dinero que produjese la venta de entradas para las corridas pudiera utilizarse en resolver el grave problema que representaba el Guadalmedina para Málaga.

A un contemporáneo de los Gálvez, Antonio Ramos, que finó sus días siendo maestro mayor de nuestra Catedral, debemos otra maravillosa vista de la zona de Puerta del Mar, que nos permite comprobar la importancia marítima y comercial que llegó a alcanzar este amplísimo espacio.

Poco espacio queda ya para hablar de las otras puertas: la de Granada, por la que entraron los Reyes Católicos tras rendirse Málaga el 18 de agosto de 1487. La de Buenaventura, cuyos restos ha conservado Proteo con gran acierto. La de Antequera, ya desaparecida. La Nueva, que daba al río, cuyo nombre aún conserva este espacio urbano. La puerta del Puente, por la que se salía de la población para cruzar el álveo del Guadalmedina por una obra de fábrica que databa del siglo XII, situada justamente donde hoy está el puente de Santo Domingo, o la Puerta Oscura, por la que entraban en nuestra ciudad los vinos, las pasas y los ricos productos de la Axarquía.

No queremos terminar estas cortas evocaciones sin el recuerdo de un pequeño portillo, un paso de muy escasas dimensiones que se abrió en el siglo XVII traspasando el lienzo de muro que en la zona de la actual Alameda unía la muralla con la Torre Gorda, cuya base quedaba protegida por gruesas piedras de los embates de las olas que rompían contra ellas. Este detalle puede apreciarse con toda evidencia en la preciosa Málaga musulmana pintada por Emilio de la Cerda en 1880.

Los malagueños, con fina ironía y mucho gracejo, a este pequeño hueco que permitía pasar desde la calle Atarazanas a la plaza de Arriola sin tener que mojarse los pies, lo llamaron la Puerta de los Gigantes.