El malagueño Manuel Laza Palacio: maestro, intelectual y sabio

Tuvo nueve hijos, miles de alumnos recibieron sus enseñanzas, entre ellos Manuel Alcántara y Alfonso Canales, y escribió una decena de libros, además de redescubrir la Cueva del Tesoro

Manuel Laza, saliendo de la cueva/Archivo Familiar
Manuel Laza, saliendo de la cueva / Archivo Familiar
Fernando Alonso
FERNANDO ALONSO

Me propongo en estas líneas trazar una breve semblanza biográfica de don Manuel Laza Palacio, malagueño al que muchos de nuestros mayores recuerdan con cariño porque fueron alumnos suyos o porque tuvieron la dicha de conocerle. Yo he tenido la fortuna de conversar con su hijo, Manuel Laza Zerón, que me ha proporcionado datos valiosos sobre su padre.

Manuel Laza Palacio nació el 4 de octubre de 1909. Su madre, Rosario Palacio, murió desangrada en un coche que la trasladaba a Málaga tras el parto. Su padre, Modesto Laza Herrera, se entregó entonces a la práctica intensa del deporte y falleció al poco por una combinación de pena y sobreesfuerzo. Manuel tenía solo dos años cuando se quedó huérfano. Se hicieron cargo de Manuel y de sus hermanos mayores, Modesto y Enrique, sus tíos Enrique y Laureano Laza Herrera, hermanos de su padre.

Ambos habían llegado a Málaga a principios de siglo procedentes de su Vélez natal, huyendo de los últimos coletazos de la crisis finisecular. Otros veleños ilustres emigraron también por estas mismas fechas: Andrés Piédrola Borgel (Río de la Plata), Enrique Navarro Torres (sobresaliente cofrade) o Antonio Mata Vergel (Farmacia Mata). Enrique Laza había abierto una farmacia en la calle Molina Lario hacia 1907, mientras que su hermano Laureano había empezado a ejercer como abogado y como profesor mercantil. Modesto fue acogido por su tío Enrique; mientras que Manuel y Enrique lo fueron por Laureano. Dos de ellos siguieron sus pasos, porque Modesto fue también farmacéutico y Manuel abogado y profesor, como sus tíos.

Almas Nuevas, cuadro de honor, noviembre de 1923.
Almas Nuevas, cuadro de honor, noviembre de 1923. / Archivo de los Padres Agustinos

Manuel Laza estudió en el colegio alemán de la calle Trinidad Grund y en 1920 empezó el bachiller en el flamante colegio de San Agustín, que había abierto sus puertas solo dos años antes. Manuel formó parte de su tercera promoción y debió de ser un buen estudiante, pues figura con frecuencia en los cuadros de honor del colegio. Estudió derecho en la Universidad de Granada, donde fue alumno de Fernando de los Ríos, futuro ministro de la República. Gracias a este, Laza entró en contacto con la Institución Libre de Enseñanza, cuyos ideales educativos la Segunda República tomó como suyos.

Una prometedora carrera de abogado

En 1932 Manuel Laza se licenció en Derecho y empezó a ejercer como abogado. Participó en los repartos de tierra en la comarca de Antequera, que llevó a cabo el malogrado Instituto de Reforma Agraria. Pronto se ganó el respeto de todos por su gran sentido de la justicia y algunos terratenientes salieron en su defensa años más tarde, cuando tuvo serios problemas con el bando franquista que a punto estuvieron de costarle la vida, como enseguida veremos.

Se afilió al partido socialista y formó parte de una logia masónica, algo que no era tan raro en los años que precedieron a la Guerra Civil, puesto que el mismo Presidente de la Segunda República, Manuel Azaña, era masón. Manuel Laza adoptó en la logia Pitágoras 25 el nombre simbólico de Juliano. Su hermano Modesto fue además teniente de alcalde del primer Ayuntamiento republicano malagueño, presidido por Emilio Baeza.

En 1933 Manuel Laza se casó por lo civil con la que sería la compañera de su vida, María Luisa Zerón Ramírez (1910-1989), con la que tuvo nueve hijos, tres varones y seis hembras. Dos años más tarde, el 8 de febrero de 1935, contrajo matrimonio eclesiástico. Ese mismo día bautizó a su hija Rosario.

Pero llegaron los terribles días de la Guerra Civil, que tantas vidas de españoles truncaron. En 1937, tras la toma de Málaga por las tropas franquistas, Manuel Laza se encontraba solo en el puerto de Alicante, preparado para embarcar a México gracias a un salvoconducto que le habían facilitado las autoridades republicanas. Entonces pensó que a dónde iba sin su mujer y sus dos hijas, él que no había matado, robado ni denunciado a nadie. Es más, en su casa había escondido a más de uno durante los tremendos meses del terror rojo. Así que, sin pensárselo dos veces, entregó el salvoconducto a un amigo y se volvió a Málaga.

En la cárcel franquista de Burgos

Al poco de llegar a Málaga fue detenido y conducido, primero, a la prisión de Pamplona y, luego, a la de Burgos, donde estuvo dos años preso. Aprovechó su reclusión para aprender hebreo y leer a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Jesús. Incluso escribió un libro: 'La figura de Cristo en el Salterio'. Todo esto, más su boda religiosa y el bautizo de su hija, hicieron pensar a las autoridades franquistas que su conversión era verdadera.

Se le permitió ejercer de letrado en su propia defensa. Alegó que ser masón, en los años en los que él perteneció a la masonería, era legal y no era ningún delito. Sin embargo, fue condenado a muerte. Llegó a escribir una carta despidiéndose de su mujer.

Entonces tuvo un sueño. Soñó que una mujer pisaba un monstruo terrible, una especie de hidra que se removía y resoplaba. Fue a consultar al capellán de la prisión, quien le dijo que esa mujer podría ser la Virgen que triunfaba sobre el pecado. El sueño podría significar que tal vez se salvase. O quizá la que se salvase fuese su alma. Quién sabe.

En su defensa Manuel Laza aportó una carta que le había escrito un canónigo de la catedral al que posiblemente Laza hubiese ayudado en el pasado, carta que, al parecer, jugó un papel fundamental. Le fue conmutada la pena de muerte por cadena perpetua y, más tarde, al no haber cometido ningún delito de sangre ni grave, se le puso en libertad. Pudo influir en su liberación la intermediación del obispo de Málaga, Balbino Santos, que definió a Manuel Laza como «una persona de orden», y el apoyo de otros miembros franquistas de la sociedad malagueña.

Pero su conversión fue sincera. Su hijo Manuel Laza Zerón me ha hecho hincapié en esto. En su madurez abominó de su pasado político y nunca tuvo deseo de revancha. «Soy un creyente sincero y Cristo es un ejemplo a seguir», decía. Sus obras y sus clases particulares y públicas así también lo ponían de manifiesto.

Un profesor de grato recuerdo

Al acabar la guerra, Manuel Laza llegó a Málaga y pudo abrazar a su mujer e hijas de nuevo. Como represaliado no se le permitía ejercer la carrera de abogado, pero terminó la de Filosofía y Letras y en el curso 1941-1942 empezó a dar clases de latín y griego en el colegio de San Agustín, en el que había sido antiguo alumno. Pronto se convirtió en un profesor ejemplar y amplió su docencia a los colegios de los Jesuitas, Gamarra, la Presentación o las Esclavas. En cierta ocasión, unos padres fueron a protestar al director de cierto colegio, porque no podían permitir que un masón les diese clase a sus hijos y amenazaron con que, si no se le expulsaba, se verían obligados a sacarlos del colegio. En aquellos años, haber pertenecido a la masonería era lo peor que podía pasar. Ya sabemos la inquina que le tenía Franco, centinela de Occidente. La respuesta del director fue contundente: «Sentiría mucho que sus hijos dejasen nuestro colegio porque ese profesor va a seguir dando clases aquí». Y es que ningún profesor de Málaga enseñaba latín mejor que Manuel Laza.

Por tradición oral sabemos que los agustinos protegieron a algunos profesores que habían tenido ideas avanzadas. Además del de Manuel Laza, pudieron ser los casos de Mariano López o de Manuel Valdivia. Todos ellos fueron profesores muy queridos, que dejaron una huella imborrable en sus alumnos.

En una celebración con sus alumnos.
En una celebración con sus alumnos. / Archivo Familiar

Para poder alimentar a su extensa prole Manuel Laza tuvo que multiplicarse. Ya hemos visto la cantidad de colegios en los que formó parte de su claustro de profesores. En los años cuarenta abrió una academia en la calle Carretería para dar clases particulares. Por un anuncio publicado en el Diario Sur el 26 de junio de 1949, sabemos que era una academia universitaria, en la que se impartían asignaturas de las carreras de Derecho, de Filosofía y Letras y del examen de estado. Pero antes ofrecía clases particulares en su propio domicilio de la calle Fresca. Alfonso Canales, que fue alumno suyo, recordaba cómo le enseñaba latín ¡de once a doce de la noche! y traducían las Églogas de Virgilio a endecasílabos castellanos. Incluso algún alumno afirmaba que le llegó a dar clase en el tranvía que les trasladaba al colegio del Palo. Impartió latín y griego, pero también filosofía, lengua o historia. Era un sabio.

Redescubridor de la Cueva del Tesoro

En 1950 la tragedia visitó la casa de Manuel Laza. Dos de sus hijas caen enfermas como consecuencia de una epidemia de meningitis. En aquella época la penicilina era muy difícil de conseguir y solo tenían dosis suficiente para una de las dos. Cuando estaban debatiendo cómo solucionar esta disyuntiva vital, la hija mayor, enferma, les pidió que se la administrasen a su hermanita. María Luisa murió cuando pisaba el umbral de la adolescencia. Esta muerte marcó a Laza toda su vida. Para animarlo, su tío Enrique le vendió por el simbólico precio de una peseta y un café la Cueva del Suizo o del Higuerón, cuyos terrenos había comprado a principios de siglo, pues allí eran muy abundantes algunos tipos de hierbas que utilizaba para elaborar sus fórmulas magistrales. La cueva se convirtió en un entretenimiento y, más tarde, en una pasión para Manuel Laza, que iba todos los domingos a explorarla. Tanto esfuerzo tuvo su fruto en julio de 1955, cuando encontró cerca de la entrada de la cueva un candil de cerámica árabe que guardaba en su interior seis dinares de oro del siglo XII. Desde entonces, el nombre por el que sería conocida la gruta fue el de Cueva del Tesoro. Sus terrenos los acabaría donando al municipio del Rincón de la Victoria.

Manuel Laza, con su hijo Manuel.
Manuel Laza, con su hijo Manuel. / Archivo Municipal

Manuel Laza fue un hombre prolífico. Tuvo nueve hijos, miles de alumnos recibieron sus enseñanzas y escribió una decena de libros, entre los que destacamos por la originalidad de ideas y facilidad de expresión La España del Buen Amor y La España del Poema de Mío Cid, que piden hoy una reedición. También publicó Gárgoris y Habidis, libro que ha inspirado a un moderno escritor de éxito. Igualmente se hicieron famosas sus colaboraciones periódicas en el Diario Sur sobre temas de Málaga antigua o en los que daba a la luz los descubrimientos que iba haciendo en la Cueva del Tesoro.

El primer susto se lo dio a sus hijos cuando tuvo un desvanecimiento en la entrada de su amada cueva. Lo tumbaron en el suelo, con los pies en alto sobre un cubo. Al despertar, comentó que nunca se había visto a un Laza elevado al cubo. Nunca perdió su sentido del humor, ni en las situaciones más críticas. Manuel Laza Palacio falleció el 31 de marzo de 1988, Jueves Santo. Un año y medio más tarde, lo haría su esposa y compañera, María Luisa Zerón, el 30 de septiembre de 1989.

Queremos terminar esta breve semblanza con unas emocionantes palabras que le dedicó un alumno suyo, Manuel Alcántara, recientemente fallecido. Manuel Laza había sido miembro de la Sociedad Malagueña de Ciencias desde 1936 y de la Real Academia de San Telmo desde 1967. Al morir, su sillón vacante en esta última lo ocupó su antiguo alumno Manuel Alcántara. En su discurso de toma de posesión, Alcántara evocó esas primeras clases que Manuel Laza le dio en el colegio de San Agustín a principios de los años cuarenta:

Usted, don Manuel Laza, cuyo sitio en esta Academia vengo a ocupar, nos daba latín y nosotros le dábamos la lata (…). Usted mostraba gran interés en que supiéramos que «Gallia est omnis divisa in partes tres» y en que declináramos «rosa-rosae» (…) y desplegaba con nosotros esa forma de amor que solemos llamar paciencia.

- Atiende Manolo.

- Sí, don Manuel.

Hoy un colegio del Rincón de la Victoria lleva el nombre de Manuel Laza Palacio.