Antonio Ramos: no solo la Catedral

Antonio Ramos: no solo la Catedral

Su imponente y majestuosa mole y su impresionante interior asombran por su belleza y su armoniosa arquitectura

Manuel Olmedo
MANUEL OLMEDO

Parece indiscutible que la Catedral de Málaga es el más importante monumento de nuestra ciudad. Su imponente y majestuosa mole y su impresionante interior asombran por su belleza y su armoniosa arquitectura. Estamos seguros que nosotros, antes que nuestros nietos, la admiraremos aún más cuando cuente con la cubierta que necesita, cuya ausencia provoca un grave problema: que alguna de sus bóvedas estén literalmente cayéndose a pedazos. Este excelso monumento tuvo su principal artífice en Antonio Ramos, que con 20 años comenzó a trabajar en las obras de la basílica como tallista de capiteles y que, en reconocimiento a su inteligencia y su laboriosidad, apenas cumplidos los 23, fue nombrado aparejador de la fábrica, como en la época se decía. Por entonces José de Bada era maestro mayor de las obras, y también de las de la catedral de Granada. Dada esta circunstancia y dada también su avanzada edad, Bada venía poco a Málaga, por lo que Ramos asumió de hecho la responsabilidad de dirigir la construcción de la catedral malagueña.

Al fallecer Bada en 1755 el Cabildo catedralicio se encontró con la necesidad de nombrar el maestro mayor que habría de sucederle. Ramos se presentó como candidato a dicho puesto, pero el Cabildo no se fiaba de su competencia, por lo que pidió informe a Gaspar Cayón, maestro mayor de la catedral de Cádiz, que lo avaló diciendo que no había nadie mejor «en los cinco reinos» para desempeñar el cargo. Diez años después, cuando estaba a punto de realizarse la unión de la parte vieja de la basílica con la nueva, cuyas obras dirigía Antonio Ramos, el Cabildo volvió a dudar de su idoneidad, y consecuentemente pidió un dictamen a Ventura Rodríguez, que ya era un famoso arquitecto, y que para ello se desplazó expresamente a Málaga.

También en esta ocasión el informe fue favorable a Ramos, y además Rodríguez sancionó con su firma el diseño de cubierta a dos aguas, que Ramos había proyectado -aunque hay quien lo atribuye a Rodríguez- y que consideramos es la mejor solución para que desaparezca el principal problema que nuestra catedral hoy tiene. Pero de Antonio Ramos hay más cosas que contar. Una de ellas es que realizó unos magníficos dibujos de la catedral -alzado, planta y secciones- que fueron objeto de una edición de grabados. Además resulta poco conocido que la torre, construida bajo su dirección, lo fue con andamios que se apoyaban en la propia torre y que sin apoyarse en el pavimento de la actual calle Molina Lario, iban subiendo a medida que la torre se levantaba.

Y también apenas se ha divulgado que, para vencer la resistencia del Cabildo a aumentarle el sueldo, tuvo que recurrir a José de Gálvez… Además de su actividad en la catedral Ramos realizó numerosos planos de Málaga, entre ellos uno muy detallado de las Atarazanas, que hasta la construcción de la Aduana fue el edificio más grande de Málaga y que estaba destinado a albergar a las unidades del ejército que guarnecían nuestra ciudad, evitando que los soldados tuvieran que alojarse en las casas del vecindario. Intervino también en la mejora del acueducto del Almendral del Rey, que fue el principal abastecimiento de agua potable a Málaga antes de que en 1785 entrara en servicio el acueducto de San Telmo. Pero hay una faceta de su actividad apenas conocida por el gran público. Junto a estas líneas se reproduce una preciosa obra de arte.

Es una copia -dibujada por De la Viesca Marroquin siguiendo instrucciones de José y de Miguel de Gálvez- del gran plano que realizó Antonio Ramos con el proyecto para resolver el problema originado por las periódicas crecidas del río Guadalmedina. Localizar en el Archivo Histórico Nacional esta magnífica obra de arte constituye una de las mayores satisfacciones que hemos tenido durante los siete lustros que llevamos investigando sobre Málaga. Veamos por qué se dibujó tan magnífico plano. El 25 de septiembre de 1764 una gran avenida produjo un nuevo desbordamiento del río Guadalmedina. El manuscrito que relata aquella catástrofe se conserva en la biblioteca de la Real Academia de la Historia, y comienza así: Luego que en el referido día se ausentó del malacitano horizonte el luminoso planeta, se encapotó el cielo por la parte de levante con densas nubes y se vistió de oscuras tinieblas la noche.

Eolo, emperador de los vientos, envió por alto al Sudeste y por bajo al Sudoeste, contraste que la naturaleza prepara de ordinario en esta estación… (Pocas veces se ha descrito una «gota fría» de forma más barroca…) El día 8 de marzo del año 1765 Antonio Ramos firmó un prolijo informe en el que, después de analizar los antecedentes del problema, y en especial los estudios de dos ingenieros militares: Ximénez de Mendoza (1662) y Crane (1766), proponía dos alternativas, que seguidamente se resumen. La primera encauzar el Guadalmedina entre dos fuertes muros, ampliando su anchura en el tramo más estrecho, es decir el comprendido entre los puentes de La Esperanza y de la Aurora. La otra alternativa consistía en desviar el río hacia las playas de Huelin, lo que permitiría urbanizar el cauce creando un gran paseo adornado con dos filas de árboles y fuentes.

Para recoger las aguas de lluvia y las del alcantarillado de la ciudad, Ramos planteó la construcción de dos grandes colectores, con objeto de independizar el drenaje de la población de las aguas de lluvia que el cauce tuviera que conducir, aguas abajo de la presa desde la cual se derivaría el río. Pero al final el alto coste del desvío hizo que se acometiese la primera de las citadas soluciones, aunque si eliminar el descrito estrechamiento. El tiempo demostró que aquella solución no era la que el problema demandaba. Hoy, dos siglos y medio después, en nuestra opinión el río Guadalmedina continúa representando un grave riesgo, que es necesario eliminar para que quede garantizada la seguridad de Málaga.