Ramón, 31 años elaborando y colocando la corona de espinas a Mena

Ramón, 31 años elaborando y colocando la corona de espinas a Mena
I G.

Ramón Gómez Ravassa lleva tres décadas elaborando un trabajo artesanal que ahora enseña a su nieta para mantener la tradición. Así es un proceso que se mueve entre la satisfacción y la culpa de estar detrás de los espinos del Cristo de Mena

IVÁN GELIBTER

No hace falta ser un experto en Semana Santa; basta con tener algo de sensibilidad en las entrañas para sentir esa atmósfera de tradición y cierta espiritualidad en esa capilla de Santo Domingo. Ahí, en mitad de una sala de unos 25 metros cuadrados, ya posaba a finales de la semana pasada el Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, que había sido bajado del altar para comenzar toda la liturgia -que en Mena es mucha y muy importante- que se inicia prácticamente cinco días antes de su recorrido procesional. Uno no se atreve a tocar la madera, pero es inevitable pensar que nunca se ha estado tan cerca de una de una de las imágenes más representativas de la Semana Santa malagueña.

Uno podría pensar que esa sensación solo se puede tener la primera vez que se está solas con este Cristo. Sin embargo, Ramón Gómez Ravassa, hermano de la cofradía desde hace 67 años y encargado de elaborar la corona de espinos de sus salidas procesionales desde hace 31, sostiene que el impacto siempre es igual. Frente a ello se le agolpan muchos conceptos que va soltando a lo largo de la conversación; pero bastaría con mirarle a los ojos mientras observa atento a ‘su’ cristo para poder darnos cuenta de lo que significa para este jubilado malagueño hacer lo que hace cada año.

Nos recibe, precisamente, con una bolsa de cartón. En su interior, un trenzado de espinas a medio camino antes de ser una corona. “El proceso empieza unos 15 días antes de Semana Santa. Se seleccionan de unas macetas que yo tengo localizadas desde hace años; sobre todo de la casa de Blanca Fernández Canivell, una camarera que vive en Miraflores de El Palo”, relata. Una vez seleccionadas, se corta en el mismo día y se le quitan las partes que estén peor. Ahí es cuando ya es necesario, en la medida de lo posible, usar los guantes, porque basta con tocar una espina para comprobar el daño que podría hacer a la piel. El propio Ramón, en sus manos, tiene varias señales que denotan que parte de este trabajo debe hacerse sin tapárselas, sobre todo en los detalles más pequeños. “Una vez trenzados se enrollan mucho más de como será finalmente”, añade. Cuando se inicia el proceso, la corona puede llegar a medir 110 centímetros, pero al colocarlo en la cabeza de la imagen la longitud se queda en unos 80.

Una vez finalizado este proceso, llega el momento de comprobar que el interior de la corona está libre de espinos y se puede colocar sin dañar al Cristo de la Buena Muerte. “Tengo hasta un papel de lija, pero lo mejor es pasar la mano. Si no me hago daño; si noto que es totalmente lisa; entonces quiere decir que ya está terminada”, afirma. Esto ya se produce el Viernes de Dolores, que es cuando Ramón (y ahora su nieta, que es la que le ayuda desde hace un tiempo), hacen la prueba final para comprobar que se ajusta del todo. “El momento definitivo para ponerla es el sábado por la noche. Ahí llega la Legión y la autoridad encargada de colocarla; se bendice y se pone, en un acto íntimo que acaba con una primera guardia privada”, cuenta. Sin embargo, aquí no acaba su trabajo. “El jueves al mediodía, después del trajín del traslado, se vuelve a comprobar que esté correcta y se ajusta de cara a la salida a la procesional”.

Una vez acabado, la corona se quita, entre otras cosas porque crea bichos. "Tres o cuatro días después de la salida procesional se le quita, se enmarca y se entrega a alguna persona que se haya distinguido por su trabajo o por alguna otra cosa. Es una especie de reconocimiento, es un gran honor”, explica.

32 coronas del Cristo

Ramón Sánchez elaboró la primera corona del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas en el año 1988. Sumando las salidas y eventos como la JMJ, la de este año es la corona número 32 que prepara. “Al principio no había espinas. Pero yo conocí una tradición antigua cuando la cofradía estaba en restauración”, relata. “Se entregaba entonces a una camarera importante, pero aquello se perdió y se dejó una corona que se quitaba y ponía cada año. Cuando entró Vicente Pineda de hermano mayor en 1987, le conté la tradición y me dijo que la hiciera, a pesar de que yo no había hecho ninguna en mi vida”, reconoce este constructor jubilado.

“Hay un tema que siempre se plantea. Uno le pone la corona porque estéticamente hay que demostrar a la calle el sufrimiento de Cristo. Pero no deja de ser una verdad que tú le colocas la corona; y eso es muy duro”, comenta emocionado. Al insistir en esta cuestión, Ramón reconoce que cada año le asalta el mismo sentimiento de “culpa”. “Es verdad que hay algo de satisfacción porque ayudas a la liturgia de la procesión, pero sobre todo siento mucha culpa. Es muy duro porque estás dañando a Cristo”, afirma. Sin embargo, una vez que comienza la procesión, dice que entonces se centra en el recorrido; que ahora realiza como ‘vela’, aunque fue mayordomo del trono del Cristo durante más de 20 años.

“Hace tres años que estoy enseñando a mi nieta Marta. Este año quiero además que ella sea la que se encargue de terminarla. Será mi heredera, porque además del sentimiento, es que tiene mucho gusto. Ella fue la que decidió trenzarla hace unos años, y así ha quedado hasta la fecha”, insiste antes de que salgamos de la capilla. “Y por cierto”, añade. “Esto se llama ‘espino de cristo’, y es la misma que se le impuso entonces, porque es la que crece en las orillas del mediterráneo”. “Lo que le pusieron al Señor era una especie de casco, pero eso es horrible. Queremos enseñar cómo sufrió Cristo, pero al mismo tiempo que quede de una forma estética”, afirma tras guardar de nuevo la corona en la misma bolsa de cartón del principio. Aún no es sábado, pero Ramón ya se prepara, un año más, para volver a sentir esa culpa que se trenza, como la corona, con la satisfacción de ser uno de esos personajes prácticamente anónimos que permiten que la liturgia y la tradición sean algo imprescindible cada Jueves Santo en la Semana Santa malagueña.

 

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