Jiménez Fortes, su tarde

Que los carteles anuncien la eternidad es motivo de gozo

JESÚS NIETO JURADO

Se acerca el día 17 de agosto. En los carteles en los autobuses, en los jardines, en las marquesinas han puesto un nombre que sí quiero ver. Que veré: Saúl Jiménez Fortes.

Saúl es un torero roto en mil batallas, maduro pese a su insultante juventud. La tarde es eterna porque el toreo es eterno. Habrá quien piense que nada puede enseñarnos la tauromaquia como ciencia y como fenómeno y como arte, y ahí está Saúl con su mitología malagueña, con su toreo de siempre, con sus redes sociales donde se juega la vida y hace las cosas de su edad.

Lo vi hará un par de meses en el patio de arrastre de Las Ventas, buscaba a Victorino Jr. cuando yo andaba departiendo con el sabio ganadero. Antes y después lo vi en YouTube y en directo, que tan atemporal es el toreo que desde la tablet uno puede ponerse una faena al alimón de su estado de ánimo. O lo he visto también en las primeras fotos artísticas de Pablo Cobos y de Agus Barrena, cuando ambos se hacían nombre en el oficio.

Ahora que el mundo y la política tienden a la falsedad está bien que la cartelería nos saque a un Jiménez Fortes con fondo azul, mitad hombre y mitad leyenda. Porque la mera presencia del cartel nos indica que la ciudad tiene salvación y verdad a través de un torero en el que la valentía no es aderezo, sino compromiso. De alguna manera, los carteles de Saúl que anuncian su tarde del 17 son aldabonazos a los pozos más perdidos de nuestra conciencia. En ellos Jiménez Fortes figura como mitad humano y mitad torero si no fuera porque el toreo es fiera -y doblemente- humano.

Lo cierto es que ya anda la ciudad con sus novilladas, y en los corrillos muchos vamos salivando ante lo que viene a vernos. El tito Miguel baja de Albacete a La Malagueta, Cristóbal Villalobos ya ha sacado entradas para él y para su novia, y yo espero una invitación de última hora.

El toro, me cuenta Chapu Apaolaza, precisa de pedagogía; yo le digo que es una noble tarea la de enseñarle al contrario algo atávico como esas lágrimas que salen cuando los pases van cosidos y la arena nos eterniza. Quizá la tarde de Jiménez Fortes ayude a entender que los toros son lo más nuestro y que obviarlos es mutilar nuestra identidad. Saúl Jiménez conecta con los más jóvenes, que son la esperanza de que la tauromaquia no se nos muera en estos tiempos de incertidumbre donde tan necesaria es la verdad.

Me encanta ver los carteles de Saúl 'champiñoneados' por media ciudad. Efectistas, sí, pero con un mensaje claro. El 17 saldrá como saldrá, pero en la ciudad los carteles anuncian la eternidad y a Jiménez Fortes, y esto ya es motivo de gozo.

Saúl es, en palabras del crítico y escritor Juandi Madueño, poseedor de «un valor que da miedo» y que lo hace habitar en «una dimensión diferente al resto de toreros». Sólo por eso hay que empapelar, más, la ciudad.

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