DE VERANO EN VERANO

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JOSÉ MANUEL BERMUDO

SUELE ser frecuente que cuando termina la temporada turística de verano, o lo que entendemos como temporada alta, a la que le ponemos como fecha de frontera el final de agosto, aplacemos en nuestra mente algunos de los asuntos sobre los que se ha hablado en los días de más calor. Dejar correr algunas cosas tiene el peligro de que terminen olvidándose para volver a encontrarlas cuando el año de la vuelta.

El problema de las medusas parece que comienza a tomarse en serio, después de lo que hemos visto este verano en nuestras playas. Al menos, se comienza a hablar de aplicar determinados protocolos y de intentar atajar el problema. Pero no se puede quedar ahí, porque tiempo es de lo que menos se dispone. Los visitantes de las zonas costeras no van a estar dispuestos a repetir situaciones desagradables que ya han vivido en sus vacaciones, por lo que permanecerán atentos para no verse sorprendidos. Ya existen páginas meteorológicas por internet que recogen la posibilidad de que haya medusas en determinadas playas, hasta aplicando porcentajes de aparición. Por tanto, es cuestión de utilizar toda la técnica que se tenga y no escatimar medios económicos por parte de las administraciones públicas para buscar una solución, porque queramos o no, las playas siguen siendo nuestro principal foco de atracción turística.

En torno a las playas también este verano se han producido algunos incidentes por el acceso de visitantes con sus vehículos, porque los fines de semana, sobre todo, se acumulaban los coches allí donde se pretende preservar un sistema dunar que cada vez es más pequeño a causa de la actuación humana. Barreras, grandes piedras y vallas de madera han sido utilizadas para marcar el territorio y, en ocasiones, han sido derribadas por visitantes ansiosos de llegar al mar.

Es indudable que hay tener más sensibilidad para cuidar las zonas naturales y, por tanto, se hace necesario regular y vigilar, pero ahora que se ha ido la gran masa de turistas y en estos días de nublado bochornoso todo está más tranquilo, se puede comprobar que en esa zonas de litoral las dunas que se quieren proteger han sufrido algunos «bocados» de importancia en su extensión lineal por la instalación de algunos negocios hosteleros sobre la misma arena. En algunos casos no se trata de un precario chiringuito de paja, sino auténticos restaurantes con decenas de mesas , sombrillas y hamacas que parecen ensancharse con el viento, cambiando su tamaño con el tiempo, siempre a mayor. Y ellos si cuentan con acceso de vehículos.

En algunos casos se cuenta con instalaciones complementarias, como «sombrajos» para dar masajes o mobiliario para guardar enseres. A los paseante habituales no les resulta difícil ver como se han agrandado algunas instalaciones con los años. Sobre estas actuaciones no se han escuchado muchas protestas, como si se diese por bueno todo lo que se haga en favor de un negocio. ¿Alguien lleva un control de esta zona natural, además de colocar vallas en los accesos a las playas? A ver si pasito a pasito y vigilando a los bañistas se olvida mirar a este lado.

Es curioso como crecen algunos negocios pasando desapercibidos hasta que llegan a conseguir hechos consumados. Por no apartarnos mucho del mar, fíjense en los puertos deportivos: en lo que se supone que eran aceras para los peatones comenzaron a instalarse mesas y sillas, convirtiéndose en las terrazas de los negocios; después se colocaba un toldo, seguido de unos paneles laterales y más tarde un cierre de cristal o aluminio, si no se acudía directamente al ladrillo. Finalmente, esa parte cerrada llega, incluso, a tener más superficie que el propio local. Es muy fácil comprobarlo. En definitiva, de verano a verano hay trabajo que hacer para no encontrar sorpresas cuando miramos para todos lados.

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