#OJALÁ

SUR formula esta Navidad seis deseos para el nuevo año. Las historias de superación de Luis, Raghad, Marisa, Ana, Antonio e Imbrahim le ponen voz a esta carta

IMAGEN: PEDRO J. QUERO / MÚSICA: ANTONIO SIMÓN
ÁNGEL DE LOS RÍOS , AMANDA SALAZAR , ANA PÉREZ-BRYAN y ELENA DE MIGUELMálaga

Una carta a los Reyes Magos donde sólo cabe una frase. Un deseo. Cierra los ojos y formúlalo. ¿Qué elegirías tú? Luis, con tan sólo doce años, lo tiene claro: «Ojalá que haya paz en el mundo». Tiene un linfoma, pero «hay gente que lo pasa peor». Lo ve en la tele y se siente un afortunado. «Hay niños que pasan hambre y ciudades bombardeadas; eso se tiene que acabar». ¿Y si tampoco hubiera gente que padeciera cáncer? «¡También! Me parece un buen deseo», asiente Luis. SUR se ha propuesto llenar esta Navidad de buenos propósitos, de «ojalás». Por un mundo sin fronteras, sin drogas, donde todos tengan trabajo y sin malos tratos. Y hemos elegido a Luis, Raghad, Marisa, Ana, Antonio e Imbrahim, porque ellos han pasado por todo eso. Desde Cruz Roja, Incide, Proyecto Hombre, Málaga Acoge y Fundación Andrés Olivares, ponen su voz a nuestra felicitación de Navidad. Una carta y seis deseos, con una sola voz: «Ojalá».

Luis Rincón. 12 años. Paciente oncológico «Ojalá nadie tenga cáncer»

Con ocho años le detectaron un linfoma. «Siempre lo ha llevado todo con mucho ánimo, nunca dejó de estudiar tampoco», cuenta Victoria Peralta, madre de Luis Rincón (12 años). Lo peor era llevar esos primeros viajes entre Ronda, donde residen, y Málaga para recibir su tratamiento. «La verdad es que al principio no tenía ganas de participar en las actividades de las asociaciones», explica Victoria, Luis asiente. Pero un día conoció a «sus hermanos» de la Fundación Andrés Olivares y esa «doble carga», la de la enfermedad y la distancia, se hizo más llevadera. Compartiendo juegos y experiencias, el año largo que Luis pasó en tratamiento se hizo más llevadero. Esta Navidad, Luis está «un poco peor» y, mientras se recupera en casa, atiende el teléfono para reiterar su mensaje: «Ojalá nadie tenga cáncer». Y de paso, por si le oyen, pide a los Reyes un móvil. Porque sus compañeros de Fundación Andrés Olivares tienen ya un grupo de WhatsApp. Hablar con ellos desde el móvil de mamá se ha convertido en otra terapia. «Han hecho mucha piña», subraya Victoria. La Fundación atiende a niños en tratamiento oncológico del Hospital Materno Infantil, una entidad que destaca además por la la historia personal que lleva aparejada. Andrés Olivares ha hecho realidad la promesa realizada a su hijo antes de que falleciera a los nueve años para que ayudara a otros niños que pasaran por lo mismo que él. No cabe en su vídeo, pero Luis nos tira de la manga para preguntar si cabe un agradecimiento a su doctora Laura García, al propio Andrés Olivares y a Antonio Florido, uno de los volutarios. «Siempre están ahí cuando los necesito».

Raghad Al Khusi. 24 años. Refugiada siria «Ojalá nadie tuviera que ser un refugiado»

La gente que dejó atrás está muerta o desaparecida. «La mayoría». Como aquella vida que conoció en Damasco. Antes de que estallara la guerra en Siria, Raghad Al Khusi (24 años) tenía «las preocupaciones de cualquier niña de 19 años». Estudiaba contabilidad y traducción en la universidad y aquella guerra que empezaba fuera de las fronteras de la capital estaba «demasiado lejos». «Pero un día bombarderon Damasco y mi facultad», recuerda. Aquello fue un aviso definitivo. Raghad, sus padres y uno de sus hermanos, eran los primeros en hacer la maleta en esa ciudad que empezaba a oler a guerra. Pudieron salir con visado, «aunque ya no había embajada española». Volaron a través del aeropuerto del Líbano dejando a otro hermano atrás. «Tuve suerte», admite. «Pero, la dificultad no está en el camino: Siria es la vida o la muerte, pero la cosa no mejora cuando llegas aquí». Pedir ayuda, pedir dinero, «ese es el golpe que duele». Primero estuvieron en casa de la hermana de Raghad, en Algeciras. Sus padres se han quedado allí, Raghad ha pasado por un centro de la Cruz Roja en Málaga. Su deseo es claro: «Ojalá nadie tuviera que ser un refugiado». Que nadie tuviera que marcharse de su país y, si tuviera que hacerlo, que todo fuera más sencillo. Por eso, y mientras piensa en volver a estudiar, trabaja como monitora en centros de Cruz Roja, una de las tres asociaciones habilitadas para la atención de los refugiados. «He visto su trabajo desde las dos perspectivas y es maravilloso». Junto con Cear y Accem, Cruz Roja es la referencia nacional en la integración de los solicitantes de asilo. «Quisiera que nadie sintiera lo mismo que yo cuando llegué», subraya Raghad. Un lugar extraño, otro idioma, pero la mano tendida de Raghad, alguien que entiende su drama.

Marisa Urrestarazu. 52 años. Víctima de violencia machista «Ojalá ninguna mujer viva con miedo»

Se casó con 22 años, embarazada. «Era lo normal aquél entonces». «Había engaños», dice, pero Marisa Urrestarazu (52 años) acabó teniendo otras dos hijas más con su marido. Dependía de él en todos los sentidos. «El maltrato era psicológico, se iba de casa varios días, sin comida ni dinero». Eso solo fue el principio. Cuenta Marisa que su marido empezó por las borracheras y acabó «en la droga». Hasta que un día, cuando la pequeña tenía 10 años, «él fue al colegio borracho a recogerla». Una escena en la puerta del colegio. De ninguna manera dejaría que se montara con él en el coche para volver. «Se fue y volvió por la noche borracho, se metió en la cama a la fuerza y me tiró contra el suelo». Ahí, Marisa se plantó. Dijo basta. Estuvo días «haciendo la maleta a escondidas». Se casó con 22 años, 22 años después acabó divorciándose de aquel hombre. «Nunca lo denuncié, no quiero volver a saber nada de él». En la ONG Incide, Marisa encontró una nueva familia con más de 500 profesionales de distintas especialidades. Desde allí, alza hoy la voz: «Ojalá ninguna mujer viva con miedo». La asociación, una de las entidades de la Red Caixa Proinfancia, desarrolla su intervención en cuatro áreas: educación, integración laboral, inclusión social e igualdad. En lo que respecta a igualdad, Incide lleva a cabo talleres para la prevención del acoso o la atención a mujeres víctimas de violencia de género. «En la asociación pude levantar cabeza», dice Marisa con orgullo. Tiene cosas por las que vivir: «Tengo cuatro nietos». Y ya no tiene miedo.

Antonio Guzmán. 36 años. Exadicto a drogas y alcohol «Ojalá supieras poner el freno»

Hoy, Antonio Guzmán (36 años) se aferra a la vida: al deporte, a su amor por Eva, su novia, y a su pasión por la cocina. «He destruído todo lo que era». Antes, lo llamaban Mateo, por su segundo apellido. Hasta de nombre ha cambiado: ahora es Antonio, a secas. «Me quería arrimar a los mayores, seguir sus pasos», recuerda de aquél joven de 16 años. Y ese camino llevaba al alcohol y las drogas. «Tuve una infancia dura, de maltratos», aquello tampoco ayudó. Con 21 años Antonio tuvo un accidente de moto. «Me fracturé la rótula, el fémur y la cadera, el coche que me arrolló se dió a la fuga». Le dieron la incapacidad, y con la prestación más la indemnización, tenía «mucho dinero y demasiado tiempo libre». «Un día llegué a casa puesto de todo, hasta le había robado a mi novia, y le dije que solo quería morime». Ese fue el punto de inflexión. Se dirigió a Proyecto Hombre por su propio pie. «Primero, tenía que perdonarme a mi mismo». Y comenzó la historia del verdadero Antonio. «Ojalá todos supiéramos poner el freno», desea. La asociación, en sus más de veinte años en Málaga, se ha convertido en una herramienta imprescindible a la hora de abordar las adicciones en todas sus manifestaciones. Una dedicación que permitió a Antonio contar con una segunda oportunidad. Mientras trabaja en un restaurante de comida rápida y estudia un módulo de cocina. Así, va preparando su particular receta de la felicidad.

Ibrahim Ali. 26 años. Inmigrante gahnés «Ojalá nadie tuviera que salir de su país»

Llegó a España siendo un niño patera y ahora es encargado de un restaurante. Atrás dejó una vida sin expectativas. Su única maleta era el sueño idealizado de la que sería su vida en Europa. Aquí, se topó de bruces con la realidad. Ibrahim Ali, ghanés de 26 años, llegó a Tenerife con 16 a bordo de una embarcación. Dejó su rebaño en su país para labrarse un futuro mejor y ha conseguido convertirse en el encargado de la pizzería Ciao, en el Centro de Málaga. Aunque él no era quien debía venir a España. El dinero que ahorró la familia era para enviar a su hermano. Pero éste se enamoró e Ibrahim decidió ir en su lugar. Cruzó media África en autobús, en un viaje de un mes lleno de obstáculos. De la patera, en la que iba con 70 personas, recuerda «el miedo y el silencio». Cuatro días estuvieron a la deriva hasta que los rescató Salvamento Marítimo. «Ojalá nadie tuviera que salir de su país», dice ahora. Al menos no así. Tras un año en un centro de menores salió y, con lo que ahorró del dinero de bolsillo que le daban al mes –30 euros-, pudo pagarse un billete de avión a Málaga, donde tenía un familiar. «Conseguí un contrato para regularizar mi situación trabajando gratis de jardinero y pagando yo la Seguridad Social. Así estuve dos años», recuerda. Ibrahim destaca la ayuda que le han brindado las ONG, que le han «allanado el camino». Gracias a Málaga Acoge o Arrabal ha podido realizar varios cursos de formación, uno de ellos le ha llevado a la pizzería en la que hoy trabaja. «Siento que estoy en el camino de lograr mi sueño europeo y puedo ayudar a mi familia enviándoles dinero», dice.

Ana Gálvez. 49 años. Parada de larga duración «Ojalá todo el mundo tuviera un trabajo»

Ana Gálvez (49 años) presume de que nunca había tenido que hacer una entrevista de trabajo. Desde muy joven, fue «enganchando» un puesto con otro. Nunca le faltó el empleo y las ofertas. «Me enteraba gracias a algún conocido y directamente me contrataban», recuerda. Así, ha ejercido de azafata, asesora comercial, en un bufete de abogados, en una gasolinera y, sobre todo, como profesora de danza española, su gran pasión. Pero a los 40 años, con un hijo adolescente, tuvo que darle al botón de 'stop'. Le detectaron un cáncer de mama y durante dos años tuvo que someterse a un tratamiento de quimioterapia, una primera operación en la que le extirparon parte de un pecho, a la que le siguió una segunda en la axila, y otro tratamiento de radioterapia. Recuerda aquella etapa «como si estuviera en un sueño». «Parecía que no me estaba ocurriendo a mí», dice. Cuando superó el cáncer, intentó volver a la normalidad. Pero todo había cambiado. «Solo fueron dos años, pero parecía que el mundo era otro», explica. De repente, los currículos solo se podían enviar por Internet, las redes sociales eran indispensables, pedían más nivel de inglés y ya era «demasiado mayor» para cualquier oferta. Su vuelta al mercado laboral –ya con un 41% de discapacidad– coincidió con la crisis, y las semanas se convirtieron en meses. Y luego, en años. «Ojalá todo el mundo tuviera un trabajo», suspira. Ante este panorama, cayó en una depresión. Cuando llamó a la puerta de Cruz Roja, no se reconocía en el espejo. Y no es la única que ha llegado en estas condiciones. Los técnicos están acostumbrados a ver a muchas personas que acuden a ellos «derrotados» y que se sienten expulsados del mercado laboral tras un largo periodo de búsqueda. A través de distintos planes de formación y de inserción laboral, la ONG apoya con un equipo multidisciplinar a miles de malagueños con especial dificultad para encontrar un empleo. Colectivos vulnerables como parados de larga duración o mayores de 45 años. Una de las labores menos conocidas de Cruz Roja, que el pasado año atendió a más de dos mil personas. «La edad no debe ser un impedimento, las personas somos capaces de reinventarnos a los 45, los 50 ó a los 60», dice Ana.

 

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