El terapeuta empedernido

Entusiasmado con su éxito en dejar el tabaco, a los ocho meses se blindó como «ayudador» empedernido de otros. Creó en 1999 la unidad de tabaquismo de la AECC en Málaga, pionera en España. A Salvador Oña, quinta generación de médicos, le están agradecidos unos cinco mil malagueños que lo recuerdan tanto como el día que decidieron dejar una adicción hoy menos visible pero que no desciende.

Salvador Oña, en la sede de la AECC./Francis Silva
Salvador Oña, en la sede de la AECC. / Francis Silva
José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Fue pirómano de sí mismo a paquete diario antes que bombero contra una adicción que él venció con mucho método hasta llega a la «ruptura liberadora» después de varias recaídas. Su historia de converso no es la de cualquier desertor de la nicotina, con capítulos singulares como perfeccionar desde hace tres años el uso controlado del cigarrillo electrónico como una de las herramientas para la deshabituación. «Conseguimos con este elemento coadyuvante y muy controlado hasta un 80 por ciento de éxitos, algo impensable», sostiene sin lanzar las campanas al vuelo. «Después del avance que supuso la Ley antitabaco de 2010 en muchos aspectos, hay como una relajamiento, la sensación de que todo está hecho y no es así», describe el momento actual de aumento de la adicción entre jóvenes por vías como el cigarrillo electrónico, las cachimbas o el tabaco de liar.

Con un pasado de fumador precoz, Salvador Oña pasó apenas seis meses después de dejarlo a «ayudador» pionero de fumadores en Málaga, cuando en España sólo una pequeña unidad en un hospital de Madrid se atrevió a dar los primeros pasos. El humo del tabaco había sido parte de su crianza y del aire en la gran casa familiar de los Oña, en el centro de Almería –casi 40 habitaciones– sucesivamente vivida por médicos y transitada por pacientes desde los tiempos del tatarabuelo, cuyo título por la Universidad de Valencia conserva como el mejor incunable. No podía ser otra cosa que médico y fumador, resume los antecedentes de un determinismo ambiental al que un día decidió retar. El internista Salvador Oña, quinta generación de la saga –y última, porque sus dos hijos han elegido otros caminos– era el niño de la casa, un recadero sin horas al que mandar al estanco y también ese encendedor de los cigarrillos a sus siete hermanos mayores. En la juventud fue adicto también a la tuna de la Facultad en Granada camino de ese paquete diario con el que al final acabo bajándose del caballo de Marlboro. Con los años, dejó de hacer el tuno con su salud «también por una cuestión de ética profesional», un compromiso de difícil vuelta atrás cuando ya estaba con la bata camino del doctorado como internista bajo la tutela del doctor Calbo Torrecillas, al que reconoce como su gran influencia profesional. Admite que para entonces ya se habían acabado las medias tintas sobre los efectos nocivos, y tabaco y cáncer se confirmaron como la incómoda verdad revelada por la ciencia para el mundo y para tantos médicos fumadores como él. «Como especialista en medicina preventiva, ser un fumador ya consolidado era algo muy disonante. Había intentado dejarlo varias veces, y un día, desesperado, me metí en la biblioteca de Carlos Haya y me puse a traducir todo lo que encontré en inglés sobre deshabituación tabáquica porque en español apenas había nada». Al día 'd' común de todo exfumador, Oña es el único que puede permitirse añadir la memoria fresca de ese primer grupo de fumadores –«recuerdo todos sus nombres»– que fueron las cobayas voluntarias de su primera terapia en grupo. Ya suman más de cinco mil malagueños los que le seguirán recordando como el médico que les permitió otra vida más allá del tabaco. Todos han pasado por las sesiones en los locales de la Asociación Española de Lucha contra el Cáncer –con espacios en Antequera, Marbella y Fuengirola además de Málaga– y con la que Oña había empezado a colaborar en 1986 en tareas de divulgación sobre riesgos de tumores aún con el tabaco en el bolsillo.

El humo del tabaco había sido parte de su crianza y del aire en la gran casa familiar de los Oña

La llegada del primer fármaco contra la adicción –el bupropión– marcó, asegura, un nuevo tiempo para aumentar el nivel de éxito de parches, chicles y caramelos de nicotina, el arsenal primigenio que a él también le ayudó a cambiar de vida. «Otro punto de inflexión fue la incorporación de un psicólogo en la unidad antitabaco. Yo llevaba seis años trabajando sólo y la AECC atendió mi petición porque trabajar la inteligencia emocional y la motivación es fundamental», refresca un apoyo a los fumadores que deciden dar el primer paso y que actualmente realizan tres psicólogas:Coral, Mónica y Beatriz.

Nicotina

El conocimiento acumulado por Oña y su equipo ha creado escuela en la AECC, con manuales y protocolos 'made in Málaga'. Lo sabe todo del tabaco, desde cómo lo fumaban los indios precolombinos a la última versión del cigarrillo electrónico, el abolido engaño del 'light' o los últimos calentadores de tabaco, la última apuesta de la industria, pero el 'misterio' de la nicotina le sigue sorprendiendo. «Es una sustancia tan poderosa que su recuerdo permanece siempre, así que quienes lo hemos dejado sólo somos fumadores no ejercientes», resume esa capacidad de anular nuestra parte racional que se reactiva a la mínima ocasión. La Ley antitabaco de 2010 quitó el humo de los espacios públicos y aumentó la percepción del riesgo, un cambio que disparó la demanda en la unidad de tabaquismo. «La respuesta del sistema sanitario pese a lo que se ha avanzado es insuficiente», asegura Oña, un convencido de que más impuestos es la vía para alejar a nuevos fumadores y que mejor las ideas en positivo de vivir sin tabaco que los mensajes mortíferos en la cajetilla». «Un adolescente no viene aquí ni arrastrado de las orejas. Les queda todavía una vida de fumadores hasta que perciben el riesgo. A nosotros acude en torno a los 50 años», asegura el terapeuta que si pudo alejar de la nicotina a su hija en la edad difícil.