LAS NACIONES INFLAMADAS

La palabra 'nacionalismo' se ha convertido en un término arrojadizo, sinónimo de pulsión excluyente e inestabilidad. Además, los nacionalistas son siempre los otros, aquellos que tienen una identificación nacional distinta de la nuestra o que desearían una distribución del poder diferente de la actual. Esta retórica funciona también como un ángulo ciego que nos impide ver nuestra propia identificación, entender hasta qué punto las relaciones de poder benefician más a unos que a otros, o la comodidad que proporciona a algunos el statu quo, mientras invitan a los demás a dejar de discutir sobre las llamadas «cuestiones identitarias». Según esta manera de ver las cosas, el nacionalismo de Estado sería una expresión de racionalidad igualitaria, mientras que los nacionalismos periféricos equivaldrían a privilegio y desorden. ¿Podemos calificar la exigencia del cumplimiento del Estatuto como una obsesión identitaria y, por el contrario, considerar que las llamadas a no realizar los traspasos de competencias previstas en el Estatuto son una expresión de «patriotismo constitucional»?

El sentimiento nacional es políticamente neutro y puede vivirse de un modo racional o hiperventilado. En todas las naciones ha habido momentos fríos y calientes; ni el tamaño ni el hecho de que se trate de naciones con o sin Estado determina la intensidad del sentimiento nacional. Si comparamos en este momento la política vasca con la política española, la conclusión es que nunca se ha visto mayor inflamación nacional en Madrid y nunca Euskadi había sido elemento de tanta estabilidad. Lo que podríamos llamar el calentamiento global de las naciones tiene su origen en la incapacidad del sistema político de tramitar las cuestiones que tienen que ver con la arquitectura territorial de un modo que combine intereses contrapuestos, procedimientos democráticos y derechos de las minorías. Mientras no seamos capaces desarrollar una cultura política que articule esa complejidad, seguiremos en manos de quienes simplifican los problemas políticos y viven de los réditos que les proporciona esa inflamación.