«No conozco a ningún político que se dedique a esto por hacer el bien»

Javier Sádaba participó ayer en el Ciclo 451 de La Térmica. /Francis Silva
Javier Sádaba participó ayer en el Ciclo 451 de La Térmica. / Francis Silva

El filósofo Javier Sádaba no teme decir en voz alta lo que otros callan para no molestar al poder. Lo demuestra en 'Memorias desvergonzadas', que ayer presentó en La Térmica

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Si se lo hubiera propuesto, quizás habría llegado a cardenal. «A Papa dice mi nieto», apostilla. Pero no hubiera durado mucho. Licenciado en Teología y catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid durante 30 años, el pensamiento de Javier Sádaba está en las antípodas de la Iglesia. Defiende las sociedades laicas, la eutanasia... Y no teme decir en voz alta lo que otros expresan 'sottovoce' para no molestar al poder. Hasta lo deja por escrito en 'Memorias desvergonzadas' (Ed. Almuzara), el libro que ayer presentó en La Térmica dentro del Ciclo 451.

–¿Cuándo perdió la vergüenza?

–Creo que la vergüenza no la he perdido nunca. En público soy bastante desvergonzado, pero en privado soy mucho más introvertido. Y para decir aquello que pienso, no suelo tener vergüenza. Tengo pudor de las cosas más íntimas mías.

En sus 'Memorias desvergonzadas', ¿resulta molesto a muchos?

–Sí. Mi intención no es resultar molesto a nadie,pero digo bastante cosas que solemos callarnos o que decimos en voz baja por miedo. Incluso doy algún nombre. Intento tratarlo bien en el sentido personal, pero si fue alguien que me echó de la universidad en tiempos de Franco y ahora va predicando la democracia, eso no suele sentar bien. En general, hay miedo a decir lo que se piensa y a meterse con los poderosos. En estos casos, lo que hago es, con toda la educación posible, callarme lo menos posible.

–¿Quién es esa persona?

–Federico Mayor Zaragoza.

Es una forma de ajustar cuentas...

–Sí. La vida es un constante ajustar cuentas. Primero, con uno mismo y en este libro lo hago. En general, no he cambiado mucho de pensar de una manera muy libertaria, pero uno va acumulando experiencias.

Entonces, en ese ejercicio de memoria, ¿hay lugar para arrepentirse de pensamientos anteriores?

–El arrepentimiento es una de las manifestaciones de que somos libres, porque si me arrepiento de algo es que podía haber hecho otra cosa. Hay arrepentimientos generales, como haber perdido el tiempo a veces haciendo el tonto en plan filósofo joven, no saber decir 'no' a cosas que son tonterías y, quizás, las omisiones: por qué no he dado más o no he tenido el oído más cercano a la gente que tiene necesidades.

«La eutanasia no es un acto de muerte, es un acto de vida, un acto de amor»

–¿La libertad de expresión es real?

–Una de las libertades fundamentales en cualquier régimen político debe ser la de expresión, no la de humillación o insulto. Y ahí hay que ser sumamente tolerante y muy flexible. Hay líneas rojas, como en todo, y yo creo que nos falta mucha libertad de expresión. Pero la peor es aquella en la que hay autocensura, donde lo que no se dice no es tanto porque lo han prohibido sino porque va a sentar mal al poder y uno va a tener dificultades en su trabajo, en su casa... Eso, en términos reales, se llama cobardía.

La eutanasia vuelve a estar en primera línea con la entrega de firmas al Congreso a favor de su despenalización. ¿No dura ya demasiados años este debate?

–He dedicado toda mi vida a escribir, hablar y dar la lata a favor de que nos dejen disponer de nuestro propio cuerpo cuando lo único que nos rodea es dolor. Y por otro lado, como hace relativamente poco tiempo murió mi queridísima mujer y ella hubiera querido la eutanasia, me es cercano teórica y prácticamente. La última petición demuestra la lentitud tremenda en este tema, la poca decisión que tienen los partidos políticos para comprometerse y la potencia que todavía sigue teniendo la Iglesia y aquellos que la siguen o la temen. Da un poco de vergüenza, es uno de los puntos más oscuros de la política española. La eutanasia no es un acto de muerte, es un acto de vida, hacer que la gente no viva mal es un acto de amor.

«Desconfianza total»

A los políticos se les debería presuponer un comportamiento ético. ¿Es una utopía pensar así?

–Es muy difícil encontrarse con políticos que sean verdaderamente éticos. No conozco a ninguno que se dedique a la política en plan misionero, por hacer el bien. Es decir, que se tome en serio que si está ahí es porque es un recadista de los ciudadanos. Por lo tanto, mi desconfianza es total en este sentido. Una política que no tenga moral es vacía, acaba en puro oportunismo, se convierte en dominio de los ciudadanos y su máxima aspiración consiste en ganar las elecciones.

–¿Qué le preocupa más: una crisis de valores o una crisis económica?

–Los valores por excelencia son los morales y en eso sí creo que estamos todos suspendiendo. En un mundo que podría dar de comer a cuatro veces más que haya mil millones de personas que no llegan a fin de mes, ese no aprueba. En un país como el nuestro en el que hay gente trabajando doce horas o más con inseguridad respecto a su futuro en el trabajo y cobrando sueldos de miseria, se suspende también.

–¿Nos falta sentido común?

–El español es una persona de mucho sentido común en lo que atañe a un tipo de vida inmediata. Por ejemplo, España es un país de bares. A mí eso me parece mal si va en detrimento de que sea un país en el que se lee muy poco, que es cada vez más inculto... Ahí está el sentido común de estar a gusto. Ahora, creo que hay falta de sentido común en no ser suficientemente críticos y autocríticos.

–¿Es feminista?

–Si el feminismo es la reivindicación fuerte de la igualdad de trato, soy totalmente feminista. A la mujer, desde muchos ámbitos, se la ha tratado como menor de edad. Y los casos de violencia son extremadamente penosos y exigen unas medidas muy fuertes para combatirlos.

–¿Hay miedo en el hombre a perder privilegios?

–Sí, porque a mí me ha ocurrido también. Los que nacimos en el franquismo nos hemos educado en una sociedad muy machista. Hemos tenido una educación, o deformación más bien, nacional-católica y en el cristianismo dios es dios y no diosa, y los apóstoles no son apóstolas. Y eso queda, es una huella que es difícil de quitar. Razón de más para luchar contra ella.