San Miguel, la calle donde late Torremolinos

Numerosos turistas pasean por la emblemática calle de la Costa del Sol. /
Numerosos turistas pasean por la emblemática calle de la Costa del Sol.

Tres idiomas distintos por minuto ponen la banda sonora al corazón comercial del municipio

ISABEL BELLIDOmálaga

En 1967 las grandes pantallas españolas proyectaron a un joven Luis Eduardo Aute con peinado sesentero, chaqueta roja, frondosas patillas y la cerveza a medio acabar que cantaba en una terraza de la torremolinense Plaza de la Gamba Alegre, situada a espaldas de la calle San Miguel, una versión gala de su canción Los burgueses. La escena pertenece a la película Días de viejo color, dirigida por Pedro Olea y considerada como una de las cintas que mejor reflejó el ambiente de tolerancia, libertad y alegría de la época dorada de Torremolinos, según apunta también la imprescindible web Torremolinos Chic. Las vacaciones de Semana Santa de unos jóvenes madrileños sirven de excusa para tratar temas tabú por entonces, como las relaciones prematrimoniales, las drogas o la homosexualidad. Paradójicamente, el filme es tan colorido como las postales de aquella época, al igual que todas esas descripciones sobre la localidad que recogen libros como Hijos de Torremolinos, de James Michener.

Esas tonalidades retornan cada verano a la vía principal del municipio, esto es, a la calle San Miguel, que desde hace años sufre el invierno y el otoño como estaciones que la vacían y que la dejan desierta a las nueve de la noche. Sin embargo, pasear por esta céntrica calle peatonal durante estos meses estivales es sinónimo de caminar entre mujeres en bikini y hombres en bañador hasta el punto de no saber si van a la playa o si es que han optado por esas prendas como vestimenta guiri homologada, oír tres idiomas distintos por minuto y cruzarte con gente cargada con bolsas de distintas tiendas. Todo ello bajo la sombra de grandes toldos de lona de color blanco crudo.

También quien se dé una vuelta por allí este mes podrá contemplar la muestra temporal Torremolinos de cine. Se trata de veinte grandes carteles de películas rodadas en la localidad y, a veces, con ella como casi protagonista expuestos en la parte alta de la calle San Miguel, con ánimo de recordar la grandeza de un tiempo mejor. Algunas de éstas van desde los años 60 hasta los 2000 son El abominable hombre de la Costa del Sol, Torremolinos 73 o la ya mencionada Días de viejo color. Una excusa que rompe con la monotonía de la vía y que sirve para detenerse a mirar algo más que escaparates en esta calle que desde hace años contempla cómo sus negocios abren y cierran cada vez con más asiduidad. Así, los supervivientes conviven con comercios efímeros o enfocados al turismo. Atrás quedaron los tiempos en los que se podía leer en esos característicos carteles salientes lo de Discos-Record o Libros usados-Second hand books: ahora hay un par de establecimientos donde pequeños peces se alimentan de las impurezas de los pies de los extranjeros (porque ellos deben conformar el 99% de la clientela), multitud de tiendas de complementos y alguna de fundas de teléfonos móviles conviviendo con las joyerías siguen imperando en la vía, zapaterías y guanterías. Rosa Villar es dependienta de My Phone, que lleva sólo dos años abierta en la calle San Miguel. Dice que ahora en verano tiene tarea de sobra, pero que en invierno Torremolinos «está un poco muerto». «Se echa en falta tiendas de ropa joven. La gente viene y pregunta por ellas», comenta. Y no es la única. Stradivarius y Pull and Bear ambas ubicadas en calle San Miguel son las últimas supervivientes en la localidad del imperio Inditex desde la partida de Bershka, Zara y Mango. Alejandra González es dependienta del Stradivarius de Torremolinos desde hace diez años y alega que este verano «hay más turismo», pero lamenta que todo esté «lleno de personas mayores». «No hay ropa para nosotros aquí», sentencia.

Al otro lado de la calle está Pepa Montes al frente de La Casilla, de donde no se ha movido en cincuenta años. Dice que la vía «ha cambiado poco». «Antes las casas sólo podían tener un piso y ahora tienen dos o tres», apunta. Pepa vende soldaditos de plomo, figuras, artículos religiosos, casas de muñecas. Señala a los que siguen: Deportes Santa Gema («antes era perfumería y droguería»), la Panadería de Alonso Cabello («que hoy vende juguetes y licores») o los Romero («eran supermercado y hoy son licorería y heladería»).

La gerente de La Casilla echa de menos la alegría en el gasto, el mayor poder adquisitivo de los turistas de antes frente al todo incluido que ahora impera, pero también los bares a lo largo de la calle San Miguel. «Estaba La Tortuga, El Jockey, El Bar Miguel Había cuatro o cinco bares en pocos metros y eso siempre hace que la gente se mueva», opina. Ojo, aún quedan. La Bodega, incluso, cuenta con dos mesitas fuera del bar y si uno continúa bajando se encontrará con algunos más, como El Marqués Bodegón, hasta llegar a una Plaza San Miguel que a la hora de las cañas luce desierta. Choca a veces que la gran vitalidad de la calle porque la tiene coexista con rincones, locales, pasajes o incluso plazas vacías. Llama la atención, por ejemplo, que las escaleras mecánicas del Gimnasio Atlantis Fitness que dan a la calle estén fuera de servicio.

De aceras de chinos de la playa a la peatonalización total, pocos se quejan de su aspecto pese a la apariencia decadente que tienen algunos de sus callejones, ya que, además de su estética que, sin embargo, a muchos les resulta «auténtica», varios de ellos son contenedores de locales vacíos. Ram Sajnani, joven ceutí que veranea desde pequeño en Torremolinos, es de esta opinión, pues argumenta que «aunque el rollo esté un poco pasado, tiene encanto». «Hay algunos locales que se ve que están antiguos, pero me gustan así», opina. Al final, la clave estará en lo de siempre: conservar lo mejor del viejo color sin temor al nuevo porque al dorado también se llega mezclando.

 

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