La feria, de Martiricos al Parque de la mano del alcalde García Grama

El autor hace un exhaustivo repaso a lo que supuso el cambio de ubicación de la fiesta, su nueva concepción y los elementos que la definían

ELÍAS DE MATEO AVILÉS |

La llegada a la Alcaldía de Málaga de Francisco García Grana va a constituir un auténtico revulsivo para la Feria de Málaga. Desde mediados de los años cincuenta se constata la decadencia y el rechazo a Martiricos como ubicación. Desde 1956 muchos espectáculos del programa oficial tienen lugar en el Centro de la ciudad (plaza de la Marina y el Parque). Ya en 1958 se organiza toda una serie de espectáculos multitudinarios (batalla de flores, cabalgata anunciadora, festival de música y teatro, exposición de productos malagueños) todavía bajo el mandato del alcalde Pedro Luis Alonso.

Pero va a ser en el año 1959 cuando el nuevo alcalde y su concejal de fiestas, Ignacio Barrionuevo, pongan en marcha lo que ellos mismos calificarían en la prensa como «medida revolucionaria» y traigan la feria de agosto al Centro de la ciudad con la intención declarada de incorporar a todos los malagueños a la misma, independientemente de su origen social y geográfico. El éxito de la medida resultó apabullante. Los malagueños dejaron de tragar polvo al pasear por el real, y los feriantes, al crecer la afluencia de público, vieron aumentados los beneficios.

Un modelo cosmopolita

De todas formas, dado el alto valor botánico de los jardines de nuestro Parque, existía el temor en algunos medios ciudadanos de que se maltratasen las plantas y no se respetasen los jardines. Un optimismo desbordante inunda la apreciación que tienen los malagueños y los medios de comunicación de la feria de agosto a principios de los años sesenta. El modelo resulta cosmopolita e integrador de casi todas las líneas que en un momento u otro habían marcado la Feria de Málaga: historicismo, dimensión turística, tipismo andalucista, espectacularidad y proyección pública y popular. Año tras año, el alcalde se dirigía a los malagueños y forasteros resaltando el carácter abierto de la feria de agosto, su deseo de mejora, la confianza en el civismo de todos para respetar el Parque y el deseo de recuperar las tradiciones auténticamente malagueñas «sin pretender imitar ningún estilo ni dar a nuestra feria aspectos de otros sitios».

Además, se promocionaron las señas de identidad del folclore andaluz en general y malagueño en particular. Así, proliferaron las fiestas flamencas donde las señoras y señoritas vestían «el traje de gitana o de verdiales o mantón de Manila, y los señores, el típico sombrero de ala ancha», bailándose por doquier malagueñas y verdiales. Incluso las tiendas especializadas en sombreros anunciaban para la feria «los clásicos y típico sombreros flamencos».

Esta feria en el Parque, de imborrable recuerdo para todos los que la vivieron, contó además con un fuerte crecimiento de sus presupuestos. Del millón de pesetas dedicado a «festejos en general» de 1958, se pasa sucesivamente a 2.338.000 pesetas en 1959 para llegar hasta los cuatro millones de pesetas en 1962.

El real en el Parque

Desde 1942, la feria no se celebraba en el Parque. Una decisión audaz lo hizo posible en 1959, permaneciendo allí hasta 1967. Los primeros promotores calificaron la medida de «revolucionaria» y no exenta de polémica. Y el cambio fue, en principio, un éxito. El lugar era amplio, céntrico y cómodo («da gusto pasear con los nenes»). La amplia calzada central quedaba libre de aparcamientos y cerrada al tráfico rodado desde las cinco de la tarde hasta las siete de la mañana, convirtiéndose en paseo peatonal donde sólo podían circular, además de coches de caballos, los «simpáticos burro-taxis», invento de la época.

A ambos lados de la calzada central, y sobre los actuales paseos peatonales, se disponían casi cincuenta casetas. Con diferencia, la más extensa y dinámica era la municipal, que cada año se montaba sobre las instalaciones del recinto musical Eduardo Ocón. También continúa el auge de la caseta de la Peña Malaguista, que quedaba instalada a lo largo de toda la actual calle Roma, entre el Ayuntamiento y los jardines de Pedro Luís Alonso, con una amplia pista central de baile y espectáculos que permanecían aún después de la feria. Y junto a estas los nombres se agolparán en la memoria de los malagueños de más edad. De todas formas, dos sobresalen especialmente por sus actividades y peculiaridades: la del Club Taurino Malagueño y la de Los Cisnes, ubicada junto al estanque de estos que se funda justamente en 1959. Y además, hay que mencionar la de la Peña El Sombrero y muchas otras.

Por su parte, los carricoches y las atracciones mecánicas se disponían en torno a la actual plaza de Torrijos y avenida Cánovas del Castillo, cubierta por entonces de extensos solares.

En este periodo, la Feria de Málaga se desvincula en fechas del día de la conmemoración de la Reconquista (19 de agosto), celebrándose durante la primera semana de este mes, incluyendo incluso algunos años los últimos días del mes de julio. Su duración en este periodo fue siempre de nueve días, con la excepción de la edición de 1959, que tuvo una duración de ¡dieciséis días!

Grandes espectáculos

En 1959 y 1960, la Feria de Málaga va a presentar dos atracciones importantes que marcan un sentido espectacular, cosmopolita y moderno: la batalla de flores y la feria de muestras. La primera se convierte en el número fuerte del primer día de feria y tiene como escenario la Alameda Principal. Toda la calzada central quedaba acotada y dentro de ella circulaban las carrozas y los coches adornados. Se colocaban sillas en los laterales para el público. El acceso al recinto se efectuaba desde la rotonda de la estatua de Larios; se permitían los vendedores ambulantes de flores, serpentinas y confeti y se repartieron en cada edición más de 30.000 pesetas de la época en premios.

Las carrozas adornadas que merecieron premios y la atención del público representaban motivos malagueños como la Alcazaba, la Farola... En 1960, los principales premios correspondieron a la carroza presentada por el Club Mediterráneo, proyectada por el escultor Cristóbal Velasco y la presentada por los sindicatos oficiales.

También se va a desarrollar durante 1959 y 1960 el último intento de vincular la feria de agosto con una exposición industrial que ahora recibirá el pomposo título de Feria Oficial de Muestras. Se organizará en el Paseo de Palmeras del Parque este certamen de carácter económico. El proyecto, que era apoyado por el entonces gobernador civil Antonio García Rodríguez-Acosta, pretendía convertirse con el tiempo en la Feria Internacional de Muestras de la Costa del Sol. Las instalaciones fueron recorridas por más de cien mil personas.

El apogeo de los toros

La feria taurina de Málaga, que había tenido una etapa de auge en los años cincuenta de la mano del empresario Manuel Martín Estévez, se va a convertir ahora en la más larga y prestigiosa de España, incluso por delante de la de San Isidro de Madrid. Gracias al tesón y la profesionalidad de Martín Estévez, que fallece en 1961, y de su hijo y continuador, Manuel Martín Alemán, los festejos taurinos de agosto en La Malagueta pasan ahora de nueve en 1958 a catorce en 1964, de ellos once corridas y tres novilladas, no bajando ningún año de las nueve o diez corridas y una o dos novilladas.

Con respecto a los carteles ofrecidos, hay una clara continuidad con la etapa anterior. Las mejores figuras pasan a triunfar en La Malagueta. No falta cada año el ya consagrado maestro rondeño Antonio Ordóñez, que comparte a veces cartel con su cuñado y rival Luis Miguel Dominguín y que el famoso escritor Ernest Hemingway inmortalizó en su famosa obra Verano peligroso. Aunque fuera de abono, haría época el famoso mano a mano entre los dos matadores el 14 de agosto de 1959 en que, con toros de Juan Pedro Domecq, se cortaron ¡10 orejas, 4 rabos y 3 patas!

Ramillete de matadores

Junto a estos dos grandes maestros continúan toreando en la feria malagueña maestros consagrados como Miguel Báez Litri, Gregorio Sánchez o Antonio Bienvenida, a los que se une ahora una nueva generación de matadores de toros, también brillantísimos, como Paco Camino, Diego Puerta, Victoiano Valencia, Jaime Ostos, Julio Aparicio y Andrés Vázquez, a los que hay que añadir la siempre polémica figura de Curro Romero, ya matador de toros, o el revolucionario fenómeno de Manuel Benítez El Cordobés, que llegaría a la Feria de Málaga como novillero el 6 de agosto de 1962 y como matador de toros casi un año más tarde, el 30 de julio de 1963.

A los nombres ya citados hay que unir los de otros diestros también presentes en los carteles malagueños de estos años, como el ya veterano Manolo Segura, los también malagueños Manolé, que tomó la alternativa de mano de Julio Aparicio el 30 de julio de 1961, Paco Ceballos, Andrés Torres El Monaguillo, la gran esperanza de los aficionados malagueños del momento, el malagueño de adopción Miguel Mateo Miguelín o el novillero Antonio Segura El Malagueño. Entre los rejoneadores triunfaron en estos años Fermín Bohórquez, Álvaro Domecq (hijo), los hermanos Ángel y Rafael Peralta, junto a la figura local de Francisco Mancebo.

Teatro, música y danza

En 1958 comienzan su andadura espectáculos culturales de gran prestigio y trascendencia vinculados a la feria. Así, se inicia por iniciativa del nuevo gobernador civil, Antonio García Rodríguez-Acosta, el I Festival de Teatro, Música y Danza Costa del Sol. La positiva experiencia va a servir de aliciente para que durante unos años más (1959-1962) esos festivales de la Costa del Sol se incluyan dentro del programa de la feria de agosto. Con escenarios como el patio de la Aduana o los amplios jardines de los Baños del Carmen, tuvieron lugar conciertos, ballets y representaciones teatrales de una gran calidad.

Los malagueños pudieron admirar a la Orquesta Sinfónica de Madrid, dirigida por Vicente Spíteri con música de Beethoven, Turina, Granados y Halffter; a la Compañía del Teatro Bolshoi de Moscú interpretando El lago de los cisnes; al Ballet Nacional Finlandés de la Ópera de Helsinki; el Ballet de Ludmilla Tcherina, el Ballet Clásico Español de Antonio y la Compañía de Teatro Lope de Vega, dirigida por el célebre José Tamayo.

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