Reivindicación de una comarca

Centro humano y enclave geográfico, nadie puede arrebatarle ese rango, a pesar de su ancestral aislamiento, y de los síntomas de despoblación, dramática en el Valle del Genal

Antes y después de que el sociólogo Pitt Rivers (1971) definiera la ciudad de Ronda como capital subprovincial de su extensa comarca, numerosas publicaciones científicas han venido a plasmar la singularidad paisajística de una encrucijada ecosistémica, también humana, que trasciende los estrictos límites provinciales: es lo que conocemos, geográficamente, como Serranía de Ronda.

La variedad litológica y su complejidad tectónica, tan propias de la orogenia alpina, conforman un conjunto de sierras donde calizas mesozoicas, o 'sierras blancas', y mantos silíceos, o 'sierras pardas', son predominantes, junto con las rocas sedimentarias del Aljibe y la Depresión de Ronda, y la intrusión de peridotitas que constituye Sierra Bermeja. Por otra parte, la forma en espolón entre dos mares y la orografía propician un mesoclima de montaña mediterránea subhúmedo-húmedo: la 'Andalucía verde' (R. Tamames, 1978). Esas características físicas privilegian ecosistemas de quercíneas mediterráneas, y el pinsapar serpentinícola de Los Reales, único en el mundo sobre este tipo de roca, y su frágil cohorte de endemismos, abetal que se repite sobre las dolomías y calizas de la Sierra del Pinar en Grazalema, en amplios rodales de la Sierra de las Nieves, y algunos sueltos en Sierra Blanca. Crecen también especies lauroides, destacando el rododendro en las vaguadas más umbrías: he aquí plasmada esa idea de encrucijada biogeográfica, con taxones de las regiones eurosiberiana, mediterránea y macaronésica. Todo ello da lugar e identifica una comarca natural que se delimita claramente de las llanadas del surco intrabético al norte, del Guadalquivir al oeste, del Valle del Guadalhorce al este, y del Estrecho al sur.

El paisaje se enriquece con cultivos y arboledas en mosaico, con el castañar dominante en los nortes silíceos, las especies heliófilas en los sures, los regadíos en bancales y travertinos, los campos adehesados, las ganaderías extensivas en los pastizales, consecuencia de la aparición del hombre y sus usos desde tiempos prehistóricos, de la colonización romana y altomedieval en la meseta rondeña, y de la ocupación de los vacíos territoriales por los musulmanes beréberes que establecieron sus alquerías en las laderas, organizando parte del espacio como «islas de ager sobre un mar de saltus» (Benítez Sánchez-Blanco, 1982). Las sierras delimitarán el distrito de Takurunna, y tras la disolución del califato se constituyeron en efímero reino taifa. Más tarde, Ronda y su serranía pasan a manos castellanas, y a partir de esta nueva ocupación se alcanza una mayor utilización del espacio, consecuencia del aumento demográfico en las sucesivas centurias. Ambos fenómenos culminan la actual fisonomía del paisaje.

Ronda era y es capital de aquel vasto territorio que comprende el SE extremo de Sevilla, el oriente gaditano y la Garbía malagueña. A su indiscutible centralidad únese un indudable atractivo, tanto por los monumentos que la embellecen como por el bravío paisaje que la circunda. Un ideario romántico que la contempla como centro de ese mundo, casi inexplorado hasta Gibraltar, que los viajeros europeos quieren descubrir. Cientos de ellos acuden, desde Merimée a Hemingway, pues la ensoñación y el imaginario que emanan de esta ciudad y de la región que preside no hacen sino aumentar, como demuestra su actual pujanza turística.

Lo anteriormente expuesto no pretende ser un catálogo de intenciones para resaltar las bellezas y singularidades de la ciudad y su territorio, sino para reivindicar el nombre de Ronda como centro regional de sus sierras. Centro humano y enclave geográfico: nadie puede arrebatarle ese rango, a pesar de su ancestral aislamiento, y de los síntomas de despoblación, dramática en el Valle del Genal.

Pero las modas son contagiosas: a esa región montañosa que la geografía denomina Serranía de Ronda se la intenta desmembrar (¡la eterna atomización hispana!) con nomenclaturas imposibles: así, el triunfo del concepto 'Sierra de Cádiz', o de 'Sierra de Grazalema' (pinar, endrinal, propiamente), o la inventada 'Sierra Sur' de Sevilla, etc. A este respecto recordemos el polémico caso del 'Hospital de la Serranía de Málaga', o la existencia de dos CEDER, en Ronda hasta 2005, y el que persiste de Sierra de las Nieves, separando, por vía política, lo que constituye única comarca. Esa falta de rigor geográfico genera un grave despropósito: en la Sierra de las Nieves se ha llegado al error geoecológico de soslayar lo más valioso de Bermeja del futuro Parque Nacional, caso único mundial, ¡mundial!, de injusta desprotección. Todo ello plasma el intento de jibarizar los territorios arguyendo el concepto de 'administración eficiente', tan ineficiente en el fondo, porque lo que subyace es el economicismo oportunista, el egoísmo infame de la subvención y el privilegio de parte, la supremacía del localismo narcisista, en el sentido más despreciable de esa acepción.

La Serranía de Ronda se juega mucho en esta batalla de palabras y hechos. Hay que comenzar a defender su conjunto, marcado por la geografía y la tradición histórica. Una 'marca' que subyace, y subyuga, en su sola pronunciación: «Ronda, alta y honda, rotunda, profunda y alta...» la llamó Juan Ramón Jiménez, en una suerte de aliteración paisajística. Tal vez deberíamos acudir también al conocido adagio nominalista de Bernardo de Cluny: «Stat Roma pristina nomine...» («La primera Roma pervive en su solo nombre...»). Pues sustituyamos la palabra 'Roma' y convengamos en que la más genuina Ronda, con su «alta y profunda» Serranía, están ya más que consagradas en su solo y bellísimo nombre.

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