¿Cadena perpetua?

JOSÉ MARÍA CALLEJA

En el paisaje nacional emocionalmente devastado por el asesinato de un niño de ocho años. En el clima efervescente de pasiones, provocado por el crimen de una criatura, necesariamente indefensa, asesinada con todas las circunstancias agravantes de la responsabilidad criminal. En la imagen grabada de una madre ejemplar, que no quiere odios, cuando estaba en su derecho a poder exigirlos, que se queda con la bondad, con la buena gente, con las palabras y las canciones de personas buenas..., un grupo de padres y madres de criaturas igualmente indefensas, igualmente asesinadas con saña, nos ofrecen una conferencia de prensa en el Congreso de los Diputados.

Parece imposible no darles la razón, no empatizar con ellas, no decir que se pudran en la cárcel los autores malévolos de tan cruentos crímenes. Pero hay en el discurso verbalizado, por ejemplo, por el padre de Diana Quer, una convocatoria política, de denuncias a los considerados melifluos -«veo nerviosos a los de izquierdas», ha dicho-, de recogida de firmas a los cabales, de convocatoria a la gente para que los culpables paguen hasta el infinito.

Todo el respeto, toda la comprensión, todo el apoyo a gente a la que les han partido la vida criminales ágrafos emocionalmente, asesinos que no se sí tienen arreglo y que es posible que reincidan.

Bien, lo que no puede ser es que esto se convierta en un zafarrancho emocional en el que los que piensan, según mandato constitucionalmente establecido, que las penas son para pagar, claro, pero también para ver si se puede recuperar al criminal y convertirlo en ciudadano, se conviertan poco menos que en asesinos en serie, colaboradores necesarios de criminales realmente existentes.

Cuando ETA asesinaba un día sí y otro también, el bueno de Luis del Olmo «abría micrófonos» al denominado «quinto tertuliano» -éramos cuatro opinando en plantilla-. Todo el mundo pedía ¡pena de muerte! Es más que probable que, de haber hecho un referéndum en aquellos años de crímenes sin fin, «la gente» hubiera votado pena capital.

Acabamos con ETA sin necesidad de emplearla. El estado democrático español, moralmente y políticamente era superior, decíamos unos pocos, a quiénes querían reventarlo. Había que aplicar la ley y que fuera la policía y la justicia las que detuvieran y sentenciaran.

Hemos visto a dos mandos de la Guardia Civil hacer un ejercicio austero de pudor. Han contado los hechos, pero sin salirse de los márgenes en los que pudieran hacer daño a los padres, que lo estaban viendo, y sin dar un solo dato que pudiera entorpecer la sentencia. Ejemplar. Si ellos, que son los que más saben del asunto, si la madre del asesinado, que solo ha desplegado un discurso hermoso, no piden más, no veo qué sentido tiene ponerse campanudo.

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