Diario Sur

Ancestros y memoria. La cueva de El Toro

En los monumentos megalíticos que conforman el Sitio de los Dólmenes de Antequera, el visitante no solo queda impactado por la magnificencia y belleza de los mismos sino que, también, se pregunta cómo sus constructores pudieron concebirlos con ideas tan definidas que les lleva a diseñarlos con objetivos tan claros e individualizados. Así, su mirada a la Peña de los Enamorados, de Menga; al movimiento del sol y de las estrellas, en Viera; o, hacia ese grandioso paisaje de la Sierra de El Torcal, de El Romeral, muestran una vinculación emocional y precisa con su espacio vital.

Esfuerzo y constancia, belleza y solidez, ideología y sabiduría, memoria y perfección son términos que confluyen en este conjunto extraordinario de construcciones que, sin lugar a dudas, hay que entenderlo como excepcional, pues refleja también que estas poblaciones, a tenor de sus características arquitectónicas, aúnan y sintetizan claros elementos del mundo Atlántico y del Mediterráneo, expresión de su localización geográfica como nodo central de comunicación del sur peninsular.

La explicación habría que sustentarla en la fuerza que esa comunidad habría recibido de la tradición de sus ancestros, quienes ocuparon, domesticaron e iniciaron los primeros pasos hacia la humanización del paisaje donde se van a ir construyendo estos grandes recintos que van mucho más allá de simples contenedores funerarios.

Su complejidad y complicidad con el entorno no se puede explicar sin acudir al concepto de Memoria viva en un proceso de apropiación iniciado por las primeras comunidades agricultoras, pastoras y artesanas que, desde los inicios del Neolítico, se establecen y desarrollan en la zona, sea en la Vega o en El Torcal. Es en este último espacio, con la documentación obtenida en los trabajos realizados en la cueva de El Toro, donde se dispone de la información más completa de su realidad económica y social. Pero, también, de las manifestaciones simbólicas que se insertan en su vida cotidiana, como puede observarse en la manipulación de un cráneo humano con una evidente finalidad ritual, o en la Venus de El Torcal. Ésta, no solo ha de concebirse como un simple ejemplo del entramado ideológico de la comunidad, sino que va mucho más allá, pues supone una simbiosis entre el ser humano y su entorno, a través de la abstracción de la imagen de la mujer y de las formas características de El Torcal. Es decir, demostración de la necesidad de activar estrategias comunitarias vinculadas con ámbitos más simbólicos e identitarios que conformarán, desde los inicios del Neolítico en el marco de las Tierras de Antequera y en el VI milenio antes de la Era, una trama ideológica muy enraizada con el paisaje.

Con el Museo de Prehistoria de las Tierras de Antequera, que posibilitará transmitir ese conocimiento científico alcanzado a la ciudadanía, quedará patente la relevancia y el papel desempeñado por los ancestros para relacionarse culturalmente con su entorno. Comprenderemos así el nivel de desarrollo y organización social que explican la fuerza ideológica inherente en la planificación y diseño de construcciones tan excepcionales.