A la conquista del atril

Mariló Carrillo, Eloísa Domínguez, Silvia Olivero y María del Mar Muñoz, en la Sala Unicaja de Conciertos María Cristina. María Ángeles Rozas no pudo asistir a la foto.  :: salvador salas          :: salvador salas          :: salvador salas          :: salvador salas          :: salvador salas         :: virginia jiménez
Mariló Carrillo, Eloísa Domínguez, Silvia Olivero y María del Mar Muñoz, en la Sala Unicaja de Conciertos María Cristina. María Ángeles Rozas no pudo asistir a la foto. :: salvador salas :: salvador salas :: salvador salas :: salvador salas :: salvador salas :: virginia jiménez
  • Siguen siendo una rareza en el masculino mundo de la batuta, pero eso no las detiene. Cinco directoras malagueñas relatan su experiencia

Hablan con pasión de lo que hacen. «No es una profesión, es una vida». La adrenalina del atril, con decenas de ojos pendientes de cada movimiento de sus manos, no es comparable a nada. Pero la dirección de orquesta tiene un hándicap insalvable. Si un violinista tiene su violín en casa y un pianista reserva un rincón del salón para las teclas, muy pocas (las menos) son las batutas con agrupación propia. Solo queda un camino: «Llamo a las puertas constantemente, me rasco cuando me dan en las narices y vuelvo a llamar», dice echándole sentido del humor Silvia Olivero, de 42 años, una veterana en la tarima en Málaga.

A Eloísa Domínguez, de 26 años y con la carrera recién terminada, escuchar eso le «tranquiliza», no es la única en esa situación, pero también le «sorprende» constatar que pasen los años que pasen hay que seguir «buscándose un sitio». «Así es», le confirma Silvia. Como señala María Ángeles Rozas, de 39 años, «a orquestas de primera división no hay acceso, es muy complicado». Pero siempre hay que intentarlo. «Esto es un deporte. No puedes abandonar; si lo haces, pierdes», explica a continuación María del Mar Muñoz Varo, de 31 años. «Y cuando el gusanillo de la dirección pica, no te puedes quedar quieta», añade Mariló Carrillo, de 41 años.

Cinco directoras de orquesta malagueñas relatan su experiencia en una disciplina donde la demanda de atriles es muy superior a la oferta de agrupaciones. Una especialidad donde la valía es primordial, pero «también los contactos». «A veces van aparejados de talento y a veces no», admite Eloísa. Y un mundo tradicionalmente masculino donde ellas siguen siendo una rareza. «Estoy deseando tener arrugas y pelo blanco a ver si así algunos me respetan más y me dejan de llamar ‘niña’», confiesa Silvia.

No se confundan: ni se autocompadecen ni quieren que nadie lo haga por ellas. De hecho, por más que algunos cuestionaran que se quisieran dedicar «a lo del palito» -como en su día le dijeron a María del Mar-, las cinco viven de la música, tienen conciertos en la agenda, están al frente de bandas, enseñan a las nuevas generaciones y, además, ultiman ambiciosos proyectos. Pero eso no impide que sean conscientes de una realidad evidente con solo echar un rápido vistazo alrededor: ninguna mujer es batuta titular de ninguna gran orquesta andaluza. Solo tres han dirigido la Orquesta Filarmónica de Málaga en sus ya 26 años de historia, una de ellas ha sido María del Mar en el ciclo La Filarmónica frente al Mar en el Auditorio Edgar Neville. En el curso 18/19, en este mismo programa, estará en el atril Lucía Martín.

Trece alumnas en diez años

Llegan menos a la tarima porque también siguen siendo menos las que deciden orientar su carrera a esta especialidad: en los últimos diez años, se han matriculado en la cátedra de Dirección del Conservatorio Superior de Málaga (el único de Andalucía que la imparte), 13 alumnas frente a 43 alumnos. Este curso, por ejemplo, no hay ninguna entre los cinco nuevos aspirantes a directores.

Al margen de los números, defienden que la capacidad en el atril se impone independientemente del género. «Lo importante es dirigir con gesto fuerte, claro y expresivo. Da igual que el brazo sea de hombre que de mujer», expresa María Ángeles. Profesora de Grandes Agrupaciones en el Conservatorio Superior de Jaén, mantiene que en el nivel educativo y en lo que ella llama «segunda división» esto se asume con total naturalidad. Es cuestión de tiempo que esta imagen se normalice también en «la primera fila» y que no haya que «seguir retroalimentando un discurso» que suena a tiempos pasados, apostilla María del Mar. Pero queda camino por delante y sus propias experiencias y la manera en la que afrontan el ejercicio de su profesión lo demuestra.

«Este año no puede ser, ya hemos tenido a una mujer» o «Busco a un director español, no a una directora» son algunas frases que ha escuchado Silvia. «Que me digan que no sé hacerlo, que soy idiota o lo que sea. Pero que la excusa no sea que soy mujer», exige la batuta, la única en el departamento de Dirección de Orquesta del Conservatorio Superior de Málaga, la primera al frente de la banda de música de las Flores y directora invitada de diversas orquestas de España y Rumanía (un destino habitual entre los directores malagueños por la mediación del rumano Octav Calleya, exdirector de la OFM y maestro de las últimas generaciones desde su cátedra en el Conservatorio).

Silvia ejemplifica la manera en que se sube al atril de una forma muy clara: «Uso la talla M para vestir y la L para dirigir». Se preocupan por no llamar la atención, por ser «lo más neutra posible», que tanto el público como los instrumentistas vean a un individuo trabajando, no a un hombre ni a una mujer. «Yo elijo no vestirme femenina para evitar que me juzguen por eso. Quiero que miren solo a la batuta», reconoce Eloísa. Pero en este asunto hay debate. Para María del Mar la discreción es una exigencia tanto para mujeres como para hombres: «Si un director va con brillos, se reirán todos de él», argumenta. Y añade: «Me he sentido más juzgada por mujeres que por hombres».

«Pero hay personas así en todos lados y todas las épocas», lamenta Mariló Carrillo, a quien nunca se le pasó por la cabeza pensar que el sexo sería un problema para cumplir su objetivo. Ella ha vivido la ‘discriminación positiva’: hace apenas dos meses dirigió un concierto en Valcea (Rumanía) por el Día de la Mujer y el próximo año volverá al país, esta vez a Macau, para una celebración vinculada también a las mujeres.

La salida de la docencia

Todas ellas compaginan la dirección con la docencia, la salida profesional más estable en el inestable campo de la dirección. Y una cosa retroalimenta a la otra. «Tengo vocación de profesora, pero necesito dirigir porque cuanto más lo haga más podré enseñar», señala Eloísa, que imparte clases en Triarte al mismo tiempo que levanta la batuta en dos bandas de Granada. Puede que todavía sea difícil verlas de titular al frente de orquestas filarmónicas, pero cada vez son más en este tipo de agrupaciones. «Y como experiencia son muy interesantes», puntualiza Silvia.

A falta de una sinfónica profesional, la docencia les brinda también el «caramelo» de tener músicos a su disposición. María del Mar dirige, por ejemplo, la orquesta del Conservatorio Gonzalo Martín Tenllado, donde imparte clases. Hace dos meses dejó la titularidad de la Joven Orquesta Profesional de Málaga (JOPMA) para volcarse en otro proyecto didáctico: la creación de una academia orquestal. Y hasta 17 conciertos ha dirigido este curso María Ángeles con alumnos del Conservatorio Superior de Jaén. «Para mí esto es vida. No lloro por ninguna filarmónica», sentencia.

Definen la orquesta, sea cual sea, como «el mayor instrumento que existe», con una «versatilidad, gama de colores y capacidad expresiva sin límites». La felicidad, coinciden todas, es subirse al podio y hacer sonar la música de esa maquinaria «con el único instrumento que no suena», la batuta. Y ahí no hay géneros.

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