Diario Sur

El lado creativo del Big Data

Harald Klinke, Greg Niemeyer, Nuria Rodríguez Ortega y Juan Luis Suárez, ayer en el edificio The Green Ray
Harald Klinke, Greg Niemeyer, Nuria Rodríguez Ortega y Juan Luis Suárez, ayer en el edificio The Green Ray / Álvaro Cabrera
  • La Universidad de Málaga estrena un novedoso curso sobre el uso cultural de grandes bases de datos

  • Especialistas de varias disciplinas abogan por crear una «conciencia crítica» sobre la información personal facilitada en Internet

Cada dos veranos, un pequeño pueblo con apenas 500 habitantes, incrustado en la Sierra Bermeja, recibe a una decena de artistas contemporáneos que se quedan a vivir allí durante dos semanas. En ese tiempo los creadores realizan una obra y la dejan en la localidad. Claro que algunas se quedan, pero flotando en el aire y la memoria. Sucedió hace menos de un mes, en la última edición de los Encuentros de Arte de Genalguacil, cuando sonó el ‘Nocturno para Genalguacil’ compuesto por Fito Conesa partir de la información estadística ofrecida por el municipio malagueño durante el último siglo. Cada año era un compás; cada dato, una nota.

Conesa tradujo a lenguaje musical infinidad de tablas numéricas. Una de las vertientes creativas del Big Data –expresión que resume el almacenamiento y análisis de grandes bases de datos– aunque no es, ni de lejos, la única. «El Big Data tiene un componente creativo en muchas dimensiones. Está el arte digital que utiliza datos, pero también es creativo desde el punto de vista del investigador a la hora de decidir cómo modelar los datos y cómo diseñar mecanismos para hacer los datos productivos. Tener muchos datos en sí no es nada», reivindica la profesora de Historia del Arte de la Universidad de Málaga (UMA), Nuria Rodríguez Ortega, directora académica de ‘Digital Art History Summer School’, el novedoso curso que la UMA desarrolla esta semana en colaboración con la Universidad de Berkeley (Estados Unidos).

Justo desde la institución californiana llega Greg Niemeyer, profesor de Nuevos Medios en Berkeley. Ameno y dinámico, Niemeyer desgranaba ayer algunos usos aplicados a la cultura de esas ingentes bases de datos: «Puedes usar los datos de muchos modos. Si eres un museo, por ejemplo, puedes preguntar al público cuál es el cuadro que más le gusta y cuando lo averiguas puedes ‘esconderlo’, para que la gente vea todo lo demás antes de encontrarlo y así plantear una experiencia diferente. O puedes decir ‘De acuerdo, este es el cuadro más conocido, voy a colocarlo al principio’. Todo depende del significado que quieras darle a esos datos».

Tira de ese hilo Harald Klinke, profesor de Historia del Arte Digital en la Universidad Luwing Maximiliam de Múnich (Alemania): «Incluso objetos que hasta ahora no se habían exhibido porque no se consideraban arte pueden cambiar esa consideración, porque con esta información puedes obtener elementos para determinar que sí merecen esa consideración».

«Sí, como fotos de perros y gatitos...», bromea Niemeyer, en alusión a la gran cantidad de fotos de estos animales domésticos que circulan por las redes sociales, tan denostadas desde ciertas tribunas. Pero aquí no parece haber sitio para los prejuicios. «Una interacción de Facebook o Twitter también puede ser cultura», esgrime Juan Luis Suárez, profesor de Estudios Hispánicos en la Western University de Canadá y director de CulturePlex Lab, una plataforma multidisciplinar dedicada a la innovación digital aplicada al terreno cultural.

Datos para medir la belleza

Una de las múltiples investigaciones que ha desarrollado Suárez se centraba en la evolución del canon de belleza a partir de la representación de esta belleza en el arte. El investigador español explica que, en lugar de estudiar las pinturas ‘en directo’, tomaron una base de datos de cientos de miles de imágenes de esas pinturas.

«Se utiliza un algoritmo como el de reconocimiento de caras de Facebook y luego se identifican una serie de puntos», detalla. El algoritmo, el arcano indescifrable para legos en la materia que tiene detrás, él también, un componente humano. «Hay cuestiones culturales e ideológicas que están detrás de la creación de los algoritmos y la manera en que lo diseñamos también tiene un discurso», ilustra Rodríguez Ortega.

Datos, datos, datos... Cualquiera ofrece a diario multitud de datos, muchos personales. Un teléfono móvil es un certero localizador; el historial de búsquedas en Internet desvela qué nos interesa en ese momento; las conexiones a las plataformas digitales de contenidos audiovisuales dicen qué nos gusta ver, a qué hora y durante cuánto tiempo... Y las compañías usan esa información para tomar decisiones al respecto. Pero, ¿y nuestra privacidad?

«Como todo fenómeno cultural, tiene una doble vertiente», ofrece Rodríguez Ortega, quien aboga por crear una «conciencia crítica» en la ciudadanía para conocer «qué son los datos, cómo se comportan y para qué sirven para que cuando entregues tus datos –o no– tengas más criterio sobre esa decisión».

Una toma de conciencia también reivindicada por Niemeyer, poco amigo de dramatismos. «Estar asustado me parece estúpido», defiende el profesor de Berkeley antes de recordar posibilidades como el encriptado de la información o la simple opción de no permitir el acceso a esa información cuando pregunta la compañía de turno.

Y cierra: «El Big Data puede parecer abstracto, pero llega a la realidad muy rápido». Aquí, otro ejemplo.