El viaje al ‘mundo real’ de Nena Paine

AQUÉL VERANO DE...

Pocos como Nena estiran tanto el día (y las ganas) para llegar a todo. También los veranos, que cada dos años reserva para irse de voluntaria. Senegal y Filipinas la han marcado

Nena, en el Cottolengo de Payata con dos de los niños con parálisis cerebral/SUR
Nena, en el Cottolengo de Payata con dos de los niños con parálisis cerebral / SUR
Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

No todos tienen la suerte de poder identificar el momento ése en el que la vida hace ‘clic’ y descubres que hay dos mundos: el que vives y el real. Y, más aún, de poder adaptar el ritmo a esa realidad para no perder ni un minuto en lo que no es esencial. Mercedes García Paine tiene claro cuándo le ocurrió aquello: fue cuando su madre, Nena para todos (igual que ella), se le fue en ocho meses. Así, casi sin tiempo de hacer balance. «Aquello me transformó», cuenta con la herida aún abierta. ‘Aquello’ y una vocación solidaria que sus padres –sobre todo su padre, médico– se habían encargado de alimentar con el ejemplo desde bien pronto: qué es si no que una niña de diez años decida de pronto hacerse cargo, en la medida de sus posibilidades, de la situación de una vecina a rebosar de problemas y con dos nietas a las que criaba sola. Su padre le había dado 5.000 pesetas para que le hiciera una «buena compra», investigó un poco en la vida de esa señora y desde entonces decidió que en esa casa no faltarían ni Reyes Magos ni regalos de cumpleaños mientras sus ahorros se estiraran lo suficiente.

Luego vino la carrera de Periodismo, una estancia repleta de éxitos profesionales en Melilla de la mano de Javier Imbroda y como gerente de su club de baloncesto y de pronto ese ‘clic’ del que ya no se ha desenganchado. De hecho, su asociación Nena Paine es el resultado de aquel cambio vital que comenzó con unas clases de refuerzo desinteresadas en el salón de su casa a un chaval con problemas académicos y que hoy, en un puñado de años, se ha convertido en el salvavidas de más de cien familias con el agua y la crisis al cuello y de otros cientos de chavales que gracias a ella han elegido la escuela en lugar de la calle. Y todo desde el corazón de Ciudad Jardín, desde donde Nena sigue mirando al resto del mundo convencida de que «el nuestro no es el mundo real, porque ése está en el otro lado».

«Hay niños que para llegar a su cole tienen que recorrer descalzos varios kilómetros»

A ese mundo real, al de un pequeño pueblo en Senegal, se fue Nena en 2014 por primera vez, ampliando su labor de aquí con la del voluntariado de allá y con la que promete cumplir como un reloj cada dos años. La oportunidad le llegó de la mano de un senegalés que había conseguido alcanzar la costa mediterránea en cayuco y que aspiraba a que los chavales de Gandiol, su tierra, no se la jugaran como él, sino que se quedaran allí para crecer y hacer crecer. Así que invitó a Nena y a otro grupo de unas treinta personas a que formaran parte de la primera fase de trabajos para construir una escuela en el terreno. «Me fui además con mis dos sobrinos, Miguel e Inés, de 15 y 16 años, para que conociéramos juntos esa otra realidad», recuerda Nena. Aquella realidad estaba en otro continente, a un largo viaje en avión y «a más de 14 horas de viaje en una furgoneta destartalada que avanzaba a diez kilómetros por hora». Y allí descubrió que la educación es la mejor herramienta para solucionar problemas y que se puede ser moderadamente feliz con lo imprescindible, «porque hay cosas superfluas que no conocen y que por lo tanto no echan de menos», reflexiona. Aún así, su trabajo a pie de campo –y nunca mejor dicho, porque la primera fase consistía exactamente en preparar el terreno «y estar metidos en barro y en porquería de sol a sol»– ha resultado fundamental para dar una oportunidad a decenas de chavales que «van al cole a diario descalzos y recorriendo varios kilómetros para llegar al aula».

De aquellos días conserva «las mejores experiencias» –«nunca he dormido mejor que allí, tumbada en un fino colchón de espuma con el sonido del mar», celebra– pero también otras muy difíciles de encajar: le ocurrió con una visita a un poblado polígamo cuyas casas albergaban a razón de una familia entera por habitación. «Conocí a hombres que vivían con sus diez mujeres y que habían tenido hijos a la vez con sus propias nietas. El que nos hizo de guía, de hecho, estaba casado con su nieta», recuerda perdiendo la sonrisa por primera vez en el relato. «Eso nunca lo entenderé», resuelve.

Hablar Nena (García) Paine en Málaga es hablar de una incansable labor social

De las dos experiencias humanitarias que ha tenido hasta el momento, ha sido sin embargo la segunda, en Filipinas, la que más ha marcado a Nena, acostumbrada a ver (casi) de todo, pero no a asumir que existen barrios en ese ‘mundo real’ en el que la gente vive –literalmente– de la basura. Aquella lección la aprendió el año pasado en Payata, un barrio periférico de Manila donde viven 300.000 personas en condiciones de «pobreza extrema» y donde los niños que ‘sobran’ (discapacitados, abandonados o enfermos) son enviados directamente por sus familias a una casa de acogida cercana donde el padre Julio cumple con el milagro cotidiano de llegar a todos (también a los del pueblo). «Allí cada minuto se muere un niño, de ahí sí he venido muy ‘tocada’ y con una crisis moral muy fuerte», dice llevándose la mano a la cabeza.

Aún así, Nena reunió la fuerza, el equipo y la financiación necesaria para poner en marcha un campamento de verano para los niños con discapacidades menos severas. El regalo en medio de tanta desolación, «el vínculo con Angelo y Mathew, ambos en silla de ruedas, que en los días que estuvimos allí aprendieron a leer a través de sus pies». Y que tuvieron la suerte –ellos sí– de dar con ese tipo de personas como Nena que no viajan en sus vacaciones para desconectar del ‘mundo real’, sino para todo lo contrario.

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